domingo, 30 de enero de 2011

Villa romana de Los Términos, en Monroy


Si bien las tierras que componen actualmente Extremadura fueron primeramente escenarios de feroces combates en los que se decidía sobre el futuro de la expansión de Roma por Iberia, tiempo más tarde, cuando la Península había terminado anexionándose al futuro Imperio, fue escenario de una de las romanizaciones más amplias y profundas que se dio en el sur de Europa. Roma conquistaba ahora difundiendo su cultura entre los pueblos sometidos, creando nuevas ciudades, y exportando sus leyes, lengua, religión e ideas sobre todos los aspectos de la vida diaria.

Ciudades como Emérita Augusta, Norba Caesarina, Metellinum o Caurium, entre otras, suponían en la que entonces se denominó Lusitania, puntos claves donde ver y desde donde expandir la cultura romana. Entre ellas, nuevas vías abrían caminos a través del bosque mediterráneo, cuales arterias que transportan el pensamiento clásico dando vida a una nueva etapa de la historia. Y entre urbe y urbe, apareciendo como centros donde combinar la explotación agrícola con la ganadera, cientos de villas se levantaban romanizando también los campos y el medio rural. Roma llegaba así a todos los rincones de su vasto territorio.



Cercana a la antigua colonia de Norba Caesarina, y dentro de los actuales límites del municipo de Monroy, la villa romana de Los Términos (nombre que recibe por hallarse dentro de la finca con la misma denominación), reaparece ante nuestros ojos, tras su descubrimiento en los años setenta del pasado siglo, mostrándose como una de las villas romanas mejor conocidas de la Península Ibérica, gracias a su profundo estudio y excavación. Con una extensión aproximada de 5 hectáreas, el conjunto se divide a su vez en dos complejos, norte y sur respectivamente, separados por el cauce de un arroyo, fuente natural que le servía de abastecimiento.


Arriba: detalle del peristilo, centro del área residencial de la villa, donde aún pueden observarse varios fustes de columnas marmóreas.
Abajo: uno de los huecos habilitados para situar las columnas del peristilo, con detalle de las baldosas de barro marcadas que lo cubrían.


El complejo sur consta básicamente de un gran patio central o zona de tránsito, para cuya construcción se procedió a un previo allanamiento del terreno. Alrededor del  mismo se levantaron diversas estancias, que podemos subdividir a su vez en varios espacios diferenciados, siendo de ellos el más importante y a la par mejor conservado la zona residencial o vivienda del señor. El resto de estancias estarían orientadas al servicio de dicha vivienda, contando así, entre otros, con un espacio de talleres artesanales, y unas termas.

La zona residencial o vivienda del señor se construyó en el lado oriental del complejo sur, dando su acceso principal al gran patio central. Siguiendo con el esquema básico de las viviendas romanas, también ésta tomaba como centro del edificio un patio porticado o peristilum, del que se conservan diversas columnas  marmóreas, así como baldosas de barro y lajas de pizarra que servían para su  pavimentación. El resto de estancias y habitaciones se distribuían alrededor de este peristilo, contando entre ellas con dormitorios, cocina, estancias para el servicio, y un destacado tablinum o salón de reuniones, rematado en forma absidiana, en el que se halló el más importante de los mosaicos descubiertos en el yacimiento.


Arriba: reconstrucción en maqueta de la zona residencial de la villa, que podemos ver en la sala 4 del Museo Provincial del Cáceres.

Otro espacio destacado del complejo sur son los talleres artesanales, levantados en el flanco septentrional del mismo, y cercanos a las termas. El edificio constaría de planta rectangular, y dentro del mismo un pasillo central, al que se accedía desde el gran patio, daría paso a los cuatro talleres, dos a cada lado del mismo. Gracias a los objetos hallados en el interior se ha podido identificar tres de ellos con una carpintería, una fragua y un alfar. Su producción estaría destinada al uso diario de la villa, así como a un posible comercio con mercados de la zona.


Arriba: vista general de los talleres artesanales ubicados en el complejo sur.
Abajo: varios de los objetos descubiertos en los talleres de la villa se exponen en la sala 4 de la sección de arqueología del Museo Provincial de Cáceres. Destaca el mango de pátera rematado con cabeza de carnero, así como instrumental quirúrgico o varias campanillas de bronce.


El complejo norte, levantado sobre una colina, está considerado como la zona de primera ocupación, orientada a la plena actividad económica de la villa. Peor conservado que el complejo sur, entre sus construcciones encontramos graneros, cuadras y corrales, talleres, así como sencillas viviendas destinadas al personal, de reducidas dimensiones y modestos materiales constructivos.


Arriba: vista general de algunas de las viviendas del complejo norte, destinadas al personal de la villa.
Abajo: hogar con el que contaba una de las viviendas, dispuesto en el suelo, sobre baldosas de barro y delimitado por lajas de pizarra.


En la cima de la colina sobre la que se asienta el complejo norte, y zona más septentrional del mismo, se conserva un hórreo o granero, aislado del resto del yacimiento. Destinado a la conservación del grano de la explotación, constaba con una planta rectangular realizada a base de lajas de pizarra sobre las que se depositaba el mismo. Las pizarras estaban colocadas a base de puente entre varios muros paralelos y de igual longitud, que las elevaban del suelo, creando así cámaras de aire que evitaban la humedad y el deterioro de la cosecha. El aislamiento del hórreo favorecía esta ventilación, a la par que lo separaba de otros edificios donde se manejaba el fuego, intentando así, en caso de incendio en el complejo, salvaguardar la producción para la que tanto se había trabajado y sobre la que se movía la vida diaria de la villa.

Abajo: vista general del hórreo de la villa, en la que se aprecian los muros paralelos, así como los huecos o cámaras de ventilación entre los mismos.


Cómo llegar:

Para acercarnos a Monroy desde Cáceres, la ruta más rápida consistiría en tomar la carretera EX-390, en dirección a Torrejón el Rubio. Una vez pasado el cauce del río Almonte, y siguiendo siempre recto, encontraremos más adelante, y a la derecha, el desvío al municipio. Una vez en el mismo, y antes de llegar al pueblo, veremos, de nuevo a mano derecha, un camino delimitado por una verja, por el que se accede al yacimiento. Tras abrir y cerrar el vallado, pensando siempre en el ganado que por allí nos podemos encontrar, seguiremos el sendero, mal asfaltado pero bien indicado, que nos lleva a nuestro destino. Al final del mismo veremos la villa romana, cerrados ambos complejos  por sendos vallados que los protegen de las incursiones del ganado, pero que nos permite acceder a través de varias puertas habilitadas para ello. Diversos paneles informativos ubicados por todo el recinto nos explicarán lo que estamos viendo, haciéndonos más presente un pasado que es nuestro.

sábado, 22 de enero de 2011

Murallas romanas de Cáceres


Arriba: Arco del Cristo, antiguamente llamado Puerta del Río, única puerta de la muralla romana que se mantiene en pie.

Tres enclaves: Castra Caecilia, Castra Servilia y Norba Caesarina. Dos yacimientos: Cáceres "el Viejo" y Cáceres intramuros. Así podríamos resumir el origen de la ciudad de Cáceres, confirmándose, tras las investigaciones desarrolladas a partir del hallazgo del yacimiento arqueológico romano bajo el Palacio de Mayoralgo, en 2001, su autoría romana. Se descarta así la hipótesis que barajaba la posibilidad de la existencia de un castro aborigen en la colina sobre la que se levanta el Cáceres monumental, previo a la llegada de Roma.
Sobre Castra Caecilia y Castra Servilia existen discrepancias a la hora de situarlos en el mapa actual. No ocurre así con Norba Caesarina, ubicada casi por unanimidad en lo que hoy conocemos como Cáceres Monumental, o casco antiguo de la ciudad. Si bien pudiera pensarse que donde más tarde se levantó la colonia, ya se encontraba uno de los campamentos, o edificaciones romanas previas, de lo que no cabe casi duda es que en el siglo I a. C. se fundó la colonia de Norba Caesarina para acoger a los soldados veteranos procedentes de la antigua Norba. Sobre el año de su fundación se barajan dos hipótesis: el año 35 a. C., por parte de Cayo Norbano Flaco, o bien el 25 a. C., por Lucio Cornelio Balbo. A la colonia se le agregarían los dos campamentos militares ya mencionados.


Arriba: la llamada Torre del Horno, erigida por los almohades, muestra los basamentos romanos sobre los que fue levantada.

La colonia de Norba Caesarina, o Norbensis Caesarina, se fundó en un lugar clave para controlar el espacio extendido entre los ríos Tajo y Guadiana, enclave que además contaba con acuíferos permanentes, en lo que hoy se conoce como el Calerizo, donde las aguas subterráneas brotan a lo largo de todo el año e incluso en épocas de sequía. Contó con una estructura rectangular atravesada por el cardo y decumano, propios de la planificación urbanística romana (más bien un trapecio irregular acondicionado al terreno, de unos 500 por 300 metros de ejes mayor y menor, respectivamente), y se le dotó con una fuerte muralla defensiva, realizada principalmente a base de sillares graníticos. Cuatro puertas daban acceso a su interior, abiertas en la mitad de cada uno de los cuatro flancos de la colonia, defendidas por torres albarranas y orientadas a cada uno de los cuatro puntos cardinales. Así, la llamada Puerta de Coria se orientaba al Norte, la de Mérida al Sur, la del Río (actual Arco del Cristo) hacia el Este, y una más hacia el Oeste, en lo que hoy es el Foro de los Balbos. La Vía de la Plata, que llegaba a la urbe desde Mérida para dirigirse hasta Astorga, avanzaba por el flanco este junto a las murallas, en lo que hoy es la calle Caleros, mientras que dos ramales accedían a la colonia a través de las puertas de Mérida y del Río.



Arriba y abajo: restos de lienzo de la muralla romana en la Plazuela del Socorro, descubiertos tras demoler las casas que los ocultaban.



Tras la decadencia romana y posteriores avatares de la historia, la muralla romana de Cáceres fue reutilizada por los sucesivos ocupantes de la ciudad, siendo así cómo los almohades, en el siglo XII, construyen sobre ella nuevas torres y lienzos a base de tapial, respetando en muchos tramos los antiguos basamentos romanos. Se conservaban también en la Edad Media tres de las cuatro puertas romanas, demoliéndose después, en pleno siglo XVIII la de Mérida (año de 1.751,  y según Real provisión de Fernando VI, que también permitía el derribo de una parte del lienzo norte de la muralla, entre el ángulo NO y el Arco del Socorro). Un siglo más tarde (año de 1.879) se derribó la Puerta de Coria o del Socorro, exponiendo como motivos la falta de mérito artístico de la construcción e incompatibilidad con la limpieza de la población, y siendo la iniciativa llevada a cabo por Muñoz Chaves, desoyendo el oficio de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando que intentaba impedir el atropello. La Puerta del Río, por suerte y seguramente debido a su situación más apartada, se conservó, pudiendo hoy en día disfrutar de ella, como triunfo de un pasado romano en que comenzó a escribirse la historia de esta insigne ciudad.



Arriba: en las traseras del Palacio de los Toledo-Moctezuma, en lo que fue antaño el ángulo NO del recinto amurallado, se conservan algunos sillares graníticos de la antigua muralla romana, que lograron escapar al derribo ejecutado en el siglo XVIII.

Cómo llegar:

Actualmente son tres los aspectos de la muralla romana de Cáceres de los que podemos disfrutar. En el flanco oriental de la misma se ubicaría el más importante de todos: la llamada Puerta del Río o Arco del Cristo. En el lado norte, restos de lienzo y sillería granítica, y en el más occidental, basamento romano en los pies de diversas torres defensivas medievales.



Arriba y abajo: detalles de los sillares romanos que constituyen el denominado Arco del Cristo.



La Puerta del Río, más conocida como Arco del Cristo, se levantó en el siglo I d.C. Defendida por una torre adosada, una vivienda ocupó más tarde su zona superior, cuando la muralla de la ciudad se destinó a sostener y cobijar inmuebles. En la cara intramuros del mismo, una hornacina recoge un lienzo sobre Cristo crucificado, óleo del que recibe el nombre actual. Podemos llegar a él bajando la Cuesta del Marqués, desde la Plaza de San Jorge, corazón del barrio monumental, o subiendo la calle de Fuente Concejo desde la ribera del Marco, riachuelo del que tomó el nombre primitivo.


Arriba: detalle de diversos sillares en los restos de muralla romana de la Plazuela del Socorro.

En el flanco norte de la muralla, a pesar de las diversas órdenes de derribo contra sus lienzos y la desaparición de la llamada Puerta de Coria, la construcción de varias casas sobre los muros de la misma permitió, tiempo después y tras la demolición de éstas, que se recuperase una porción de la muralla original, datada entre los siglos III y IV d. C. Se localiza en lo que hoy es la Plazuela del Socorro, a la que se llega desde la Plaza Mayor recorriendo la calle de Arco España, o desde la Plaza de Santiago subiendo la calle de Godoy. Igualmente, si partimos desde la Plaza de Santa María a través de la calle Tiendas, llegamos al yacimiento, y si seguimos en línea recta las hileras de los sillares, girando a la izquierda intramuros, veremos al final de la calle, en las traseras del Palacio de los Toledo-Moctezuma, algunos sillares romanos que también pudieron sortear los designios de la historia.


 Arriba: basamento romano en los pies de la almohade Torre del Aver.

La zona más occidental del amurallado presenta por su parte vestigios romanos en forma de basamento a base de sillarejo granítico, en la práctica totalidad de las torres almohades subsistentes que allí se levantan. Así, podemos adivinar sillares romanos en los pies de la Torre de Bujaco, y en aquella denominada de la Yerba, ambas situadas en la Plaza Mayor. Sin embargo, el basamento más claro podemos disfrutarlo bajo la Torre del Horno, localizada en la Plaza de las Piñuelas, traseras del edificio sede del Ayuntamiento, así como en la Torre del Aver, ubicada ésta en la calle del Postigo, a la que accedemos desde la Plaza de San Juan, en cruce con la calle de Gallegos. Otras torres y cubos de éste y otros flancos conservan igualmente sillarejo de origen romano en sus bases, pero, engullidas entre viviendas posteriores como están, no es posible acceder a ellos. Quién sabe si lo que hoy nos impide disfrutar de estos vestigios, no esté sino salvaguardándolo, una vez más, para la posteridad.


Arriba: sillar almohadillado bajo el tapial cercano a la Torre del Horno, presumible manufactura romana.

sábado, 15 de enero de 2011

Castro vetón de Villasviejas del Tamuja



Entre encinas y retamas, bajo el silencio de la dehesa sólo roto por el trascurrir tranquilo de las aguas del río Tamuja, y los ecos lejanos del ganado bovino de la comarca, el castro vetón de Villasviejas del Tamuja descansa, recordando mejores tiempos cuando los vetones, pueblo prerromano de cultura celta, lo fundaron sobre una serie de colinas de fácil defensa, llegando a acuñar moneda propia en su época de máximo esplendor, dándole vida a uno de los poblados más importantes de la Extremadura antigua.
Cercano al actual pueblo de Botija, en plena comarca de Montánchez, el castro de Villasviejas del Tamuja se ha identificado tradicionalmente con la ciudad vetona de Tamusia, levantándose durante la II Edad del Hierro, y habitándose desde el 400 a. C. hasta el siglo I a. C., dándose su abandono tras la conquista y posterior romanización de la zona. Sin embargo, la riqueza minera de la misma, que propició la fundación del castro como centro de explotación de los yacimientos de plomo argentífero de la comarca, siguió apreciándose en época romana, llevando a la cercana colonia de Norba Caesarina a seguir con su explotación hasta el siglo II d.C., lo cual ha llevado a creer que junto al castro pudo erigirse un posterior recinto romano, siendo por tanto el actual yacimiento arqueológico una dípolis u "oppida".


Arriba: Vista general del yacimiento de Villasviejas del Tamuja.
Abajo:  En las zonas excavadas del interior del castro, aún pueden encontrarse granitos usados en la vida cotidiana del pasado.



El castro de Villasviejas del Tamuja contó para su defensa con una muralla de la que apenas se conservan lienzos o retazos, si bien los bloques graníticos y pizarras usados en la construcción de la misma fueron reutilizados tardíamente en la construcción de linderos y presas cercanos, así como en los muros de separación de los campos de labor que ocuparon los terrenos del yacimiento. Pueden observarse aún hoy en día restos de muralla conservados en el lado occidental del castro, junto a la ribera del río Tamuja, siendo ésta zona la más escarpada y de defensa natural del mismo. Por otro lado, las recientes excavaciones han sacado a la luz viviendas del interior del poblado, así como dos necrópolis, con abundante e interesante material arqueológico.



Arriba: Restos de muralla del castro, cercanos a la ribera del río Tamuja.
Abajo: Muros internos del poblado, junto al adarve.



Los vetones, pueblo prerromano, habitaron el oeste de la Península Ibérica, asentándose entre los ríos Duero y Guadiana, en lo que actualmente serían tierras de las provincias de Zamora, Salamanca, Ávila, Cáceres, Toledo, y frontera portuguesa de las mismas. De estructura social jerarquizada, contaban con una importante base militar, estando su economía dedicada a la agricultura, artesanía y comercio, pero principalmente a la ganadería. Como muestra de ello, sus manifestaciones artísticas más importantes y conocidas son los llamados "verracos", esculturas zoomorfas que representan toros y cerdos, e incluso en algunos casos jabalíes. La función de éstos ha sido muy debatida, pudiendo tener un fin conmemorativo o religioso, o bien como señalización de zonas o fronteras de las poblaciones. En el caso de Villasviejas del Tamuja se conservan en buen estado dos verracos, uno de ellos ubicado en las escalinatas de acceso al I.E.S. El Brocense de Cáceres (imagen inferior), y otro en la Sala 3 del Museo Provincial de la misma ciudad, donde podremos también disfrutar de los ricos restos arqueológicos que se han rescatado del yacimiento, así como de sus necrópolis: urnas, recipientes para líquidos, cerámica diversa, puñales, etc.



Cómo llegar:

Partiendo de Cáceres, el trayecto más recomendable para llegar a la localidad de Botija es a través de la carretera EX-206, en dirección a Miajadas. Justo a la altura de Torremocha encontraremos el desvío que, a mano izquierda, conecta con Botija. Una vez en el pueblo, la carretera nos conducirá a un cruce de caminos, donde la continuación recta de la misma nos llevaría a Plasenzuela, el desvío a la derecha al centro de la población, y el de la izquierda, a la dehesa boyal. Será este último el tramo que escojamos, y tras pasar el paso canadiense, un camino acondicionado nos sumirá en la dehesa, rumbo al yacimiento. El vehículo tendremos que dejarlo en una zona habilitada al final del trayecto asfaltado. Allí, la ruta sigue hasta la zona arqueológica, delimitada por un vallado que podemos superar. Una vez dentro, y siguiendo el mismo camino, nos adentraremos en el castro, vislumbrando restos de materiales del mismo reutilizados en los muros de los campos de labranza que lo ocupan, y la zona de excavaciones sobre la ribera del río Tamuja, donde con el tiempo se recuperará lo que en otro tiempo fue orgullo del pueblo vetón, para orgullo actual de Extremadura.


Arriba y abajo: Diversos ejemplos de cerámica procedente del yacimiento de Villasviejas del Tamuja y sus necrópolis, expuestos en la sala 3 del Museo Provincial de Cáceres, sección de Arqueología.



martes, 11 de enero de 2011

Dolmen de Lácara


Uno de los más significativos ejemplos que demuestran que, ya desde antaño, las tierras de Extremadura eran queridas y admiradas por el ser humano, que deseaba hacer de ellas su hogar, es el gran número de dólmenes que, aún hoy en día, pueblan nuestra región, salpicando prácticamente, en mayor o menor medida, cada una de las comarcas que nos conforman.
El megalitismo, nombre dado al sistema de construcción a base de grandes losas y moles de piedra que se dio durante el Neolítico, expandiéndose a lo largo de varios siglos y etapas postpaleolíticas posteriores, tiene en Extremadura uno de sus más importantes enclaves. Originario, según algunos estudiosos, de la zona atlántica europea, de donde se fue expandiendo hacia la cuenca mediterránea, en las tierras extremeñas muestra también esa proliferación geográfica, ubicándose su mayor número de construcciones en la zona occidental, cercana al Atlántico, de donde van ramificándose hacia otras comarcas más interiores.
Uno de los más bellos ejemplos del megalitismo extremeño lo encontramos en la comarca de Lácara, zona central de Extremadura, limítrofe al norte con la provincia cacereña y cercana a la ciudad de Mérida. Allí, en medio de una rica dehesa, se levanta desde el Calcolítico el conocido como Dolmen de Lácara, adquirido en diciembre de 2.009 por la Junta de Extremadura, y considerado el mayor dolmen de nuestra región, y uno de los más importantes de la Península Ibérica.



Arriba: imagen del largo corredor cubierto con dinteles que daba acceso a la cámara, estupendamente conservado en el dolmen de Lácara.
Abajo: vista desde el corredor de la cámara mortuoria, peor conservada que el anterior, pero donde aún un ortostato de grandes dimensiones (losa vertical) se mantiene en su ubicación inicial y tamaño original, dando idea de la majestuosidad del monumento.



Tipológicamente, el dolmen de Lácara correspondería al de cámara con corredor, donde un largo pasillo, compuesto por dos filas paralelas de ortostatos de baja altura, cubiertos por losas en forma de dintel, daría acceso a una alta cámara funeraria, originariamente cubierta de una gran losa, a manera de cúpula pétrea, sujetada por otros tantos bloques. Exteriormente, el conjunto estaría a su vez cubierto de arena, tierra y piedras, formando un túmulo del que aún quedan vestigios, usado para fines religioso-funerarios por la comunidad, como demuestran los  restos de ajuares del Calcolítico y la Edad del Bronce hallados en su interior y conservados en el Museo Arqueológico Provincial de Badajoz.

Cómo llegar:

Para visitar el dolmen de Lácara debemos dirigirnos a la comarca de igual nombre, cercana a Mérida, y tomar la carretera EX-214, que une Aljucén con la Roca de la Sierra. En la mitad de este trayecto se encuentra La Nava de Santiago, y a su vez sobre la mitad del tramo que va desde Aljucén a la Nava de Santiago, a unos 10 kilómetros en cualquiera de los sentidos, hallaremos el acceso al dolmen, en el margen derecho de la carretera en dirección a Aljucén, y viceversa. Una señal de tráfico en dicho margen nos señala la entrada al monumento, debiendo parar en ese mismo punto (por lo que no es recomendable conducir a gran velocidad sobre esta altura), encontrando un moderado margen en tierra donde estacionar el vehículo. Allí, dos verjas nos darán la bienvenida, hallándose juntas pero dando entrada a dos fincas distintas. La de la izquierda, para viandantes, es por la que debemos adentrarnos, siguiendo a continuación un camino sin acondicionar que parte perpendicular a la carretera, y que se proyecta en todo momento junto al vallado de separación de fincas, que conservaremos siempre a nuestra derecha. Más adelante el camino, así como el vallado se curvarán hacia la izquierda, encontrando quizás algún cartel realizado por los alumnos de un colegio donde se nos avisa de la cercanía del dolmen. Pasaremos finalmente junto a unas casas en ruinas, que nos avisan de la llegada a nuestro destino y final de nuestro camino, principio de un regreso a nuestro pasado.



Arriba: vista general del dolmen de Lácara tomada desde los restos del túmulo que aún sobrevive en el exterior de este monumento, declarado Monumento Nacional en 1.913, actual Bien de Interés Histórico y Cultural con la categoría de Monumento entre los catalogados en la ciudad de Mérida.
Abajo: entre los ajuares encontrados dentro del dolmen de Lácara destaca una rica colección de puntas de flechas labradas en diversos materiales líticos de gran calidad, que se exponen entre las vitrinas de la Sala dedicada a la Prehistoria en el Museo Arqueológico Provincial de Badajoz, una visita recomendable y complementaria al dolmen para conocer más aspectos de esta etapa histórica de nuestra región.

martes, 4 de enero de 2011

Grabados rupestres de Los Barruecos


A apenas 14 kilómetros de la ciudad de Cáceres, y dentro del término municipal de Malpartida de Cáceres, se encuentra el que en 1996 fue declarado por la Junta de Extremadura Monumento Natural de Los Barruecos, un amplio paraje natural donde el agua, la geología, la flora e incluso la fauna se combinan, dando como resultado un paisaje inigualable donde descubrir, junto al frescor de sus charcas, un conjunto único de bolos graníticos, entremezclados sabiamente por la naturaleza en un laberinto donde perderse libremente para disfrutar de lo natural.
Si bien el visitante actual se sorprende y maravilla al llegar al lugar, no es de extrañar que el hombre de antaño, y desde tiempos remotos, decidiese hacer del mismo su hogar, dejándonos su huella arqueológica para enriquecer aún más esta joya. Así, entre berrocales, encontramos vestigios que van desde épocas postpaleolíticas, hasta fábricas contemporáneas, incluida una destacada colección de tumbas antropomorfas tardorromanas, que comentaremos en su momento.
Uno de los vestigios más antiguos, y que conformarían junto a diversas pinturas rupestres uno de los núcleos de arte rupestre postpaleolítico más importantes de Extremadura, son los grabados  rupestres, también conocidos como "cazoletas". Datados entre el Calcolítico y la Edad del Bronce, se trata principalmente de incisiones en la roca granítica, habitualmente a los pies de un bolo granítico, bien comprendidas por cavidades cóncavas sueltas (cazoletas), o bien unidas entre sí por surcos. Al parecer, según diversas opiniones y a la vista de hallarse restos ferruginosos en el interior de algunos de los huecos, podría tratarse de concavidades utilizadas para la metalurgia.


Arriba y abajo: imágenes generales de una de las rocas graníticas que mayor número de grabados guarda.


Aunque los grabados están ubicados a lo largo de todo el Monumento Natural, muchos de ellos son de difícil localización y visualización. Sin embargo existe una excepción, que es la que desde aquí quiero recomendar al lector y caminante, mostrada en estas imágenes. Concretamente se puede hallar con facilidad una roca granítica abundantemente grabada cerca del Barrueco de Abajo, en un conjunto berrocal separado del principal (Peñas del Tesoro), pero unido a una zona de aparcamientos habilitada para el visitante.


Arriba: detalle del panel mostrado en las imágenes superiores, donde se observan las cazoletas, los surcos, y los restos ferruginosos en una de las concavidades.

Cómo llegar:
Para llegar a esta zona debe seguirse el camino principal de acceso al Monumento desde el pueblo. Una vez llegados al cruce donde se localizan el Museo Vostell y el Centro de Interpretación, seguiremos adelante sin tomar ninguno de los dos desvíos, cuidándonos en adelante del ganado que puede pastar suelto junto a la vía. El mismo camino se curva hacia la izquierda, bordeando el Monumento, descubriendo no muy lejos una entrada a nuestra izquierda, preparada para poder acceder con el vehículo. Aquí, un camino nos lleva en línea recta y mirando hacia la charca, hasta un aparcamiento ubicado a la derecha y final del mismo. Justo en una esquina de éste, veremos un conjunto granítico, con varios bolos que la erosión ha decorado a base de taffoni (imagen inferior). Allí, en la roca granítica que sustenta una de estas gran moles de piedra, nos aguardan los grabados, cantándonos en su silencio la aventura de sus numerosos siglos de historia.



Presentación

Dicen que "viajar es un placer", y si ya el hecho de desplazarse le es grato a un ser humano sedentario, quizás movido por ese espíritu nómada que un día perdió, si le añadimos al viaje unas dosis de arte, historia y en definitiva, cultura, al menos para mí el placer se multiplica incalculablemente. Sumamos a la libertad de la que podemos disfrutar recorriendo los caminos que nos separan de nuestra rutina, el saber que unos aprendieron y las ideas que otros nos dejaron para que podamos ampliar nuestros horizontes culturales, progresando nuestra mente, y con ello la de nuestra especie y civilización.

Extremadura, resultado del cruce histórico de diversas culturas que fueron forjando nuestra identidad y nuestras señas, guarda entre sus dehesas, riberas y montes vestigios de un pasado que intentan conservar la misma fuerza de aquellos hombres que los forjaron, intentando con ello resistir el olvido de los tiempos. Aguardando al caminante, nos abren las puertas al pasado para poder comprender y conocer mejor nuestro presente, ayudándonos a seguir el camino hacia el futuro.

Con este blog intentaré, desde la humilde posición de un caminante que intenta enseñar lo que el camino le mostró, para que otros puedan volver a descubrir lo que el camino le aguarda, dejaros una relación de aquellos monumentos con que el hombre, a su paso por Extremadura, fue salpicando nuestra región en cada uno de sus rincones y caminos, para hacer aún más bella la más hermosa de las tierras de Iberia, y más rica en historia, arte y cultura con cada una de las generaciones que tenían la ventura de disfrutarla. Y que así, el lector pueda convertirse en caminante, y conseguir que, a la par de disfrutar del placer de viajar, pueda conocer las raíces de nuestra cultura descubriendo los monumentos que los caminos extremeños guardan para la posteridad.


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