sábado, 10 de diciembre de 2011

Tesoros del camino: vestigios romanos en la fachada del Palacio de los Lastra, en Torremejía. Parte 1ª


Arriba: junto a la portada principal del Palacio de los Lastra, también llamado Palacio de los Torres Mejía o de los Mexía, surgen los restos de tres torsos togados romanos sorprendiendo gratamente al caminante, destacando entre la mampostería del muro por su blanco mármol y su buen estado de conservación.

Una vez que Roma ocupa y conquista la totalidad de la Península Ibérica en lo que por entonces se denominó Hispania, uno de los primeros acometidos que se llevaron a cabo, para mejor organización, explotación, gobierno, y en definitiva romanización de las nuevas tierras que habían pasado a engrosar el listado de las regiones latinas, fue la división del territorio en diversas provincias, con capital administrativa en cada una de ellas. Divididos inicialmente los primeros terrenos conquistados en el Sur y Levante peninsular en dos provincias, conocidas como Citerior y Ulterior, haciendo referencia a la más cercana y la más lejana a Roma respectivamente, con la posterior ocupación de los territorios lusitanos se expande la provincia Ulterior por las tierras occidentales alcanzando el océano Atlántico. Poco después y tras derrotar a cántabros y astures, la Hispania Citerior sufrirá un crecimiento similar, ocupando todo el Norte peninsular.

Ante la nueva magnitud que la provincia hispana Ulterior había adquirido, Roma determina subdividirla a su vez, separándose la Baética de la Lusitania en el año 27 a.C. y bajo el mandato de Octavio Augusto. Mientras que la primera ocuparía lo que hoy en día serían las tierras medias y occidentales andaluzas, gran parte de la provincia de Badajoz y algunos territorios de La Mancha, la Lusitania se extendería por el resto de Extremadura, provincia de Salamanca, porciones de las provincias de Zamora, Ávila y Toledo, y las tierras del estado de Portugal ubicadas al sur del río Duero. A su vez y para una mejor organización jurídica, en cada provincia surgieron diversos conventos jurídicos que se repartían la totalidad provincial. En el caso de la Lusitania contaríamos con tres: el Conventus Emeritensis, con capital jurídica en Emérita Augusta, el Conventus Pacensis, con capital en Pax Iulia (actual Beja, en Portugal) y el Conventus Scalabitanus (con capital en Scalabis Iulia (actual Santarem portuguesa). Emérita Augusta sería además la capital administrativa de toda la provincia, y centro destacado de negocios y cultura.



Arriba: contando con ocho piezas arqueológicas de origen romano el exterior del Palacio torremejiense de los Lastra, siete de ellas en la fachada principal, tres togados se alojan a la derecha de la portada de acceso, siendo de este trío el ubicado a la izquierda el más fragmentado de ellos.


Arriba: de los tres togados romanos que subsisten engullidos en el muro oriental del Palacio de los Mexía, es el central el de mayor tamaño, figurando no sólo el torso del personaje sino también las piernas del individuo que representó.
Abajo: el tercer togado, ubicado a la derecha del grupo, podría considerarse como el mejor conservado de ellos, pudiendo apreciar en la escultura curiosos detalles como el anillo que el sujeto porta en el dedo anular de su mano izquierda.



Ocupaba el Conventus Emeritensis la zona oriental de la Lusitania, coincidiendo prácticamente con lo que hoy sería la porción de esta provincia romana situada sobre actuales tierras españolas. Si bien esta provincia conoció una amplia  y profunda romanización generalizada en sus dominios, destacó especialmente en ello el territorio emeritense, centrándose el mayor foco de latinización en los territorios ubicados al sur del Sistema Central, principalmente al sur del río Tajo, brillando en ello la capital y su periferia, una ciudad que emulaba a la propia Roma en un rico enclave bañado por las aguas del río Guadiana, que propició la aparición de numerosas villas en sus contornos donde practicar el cultivo de los tres productos que conforman la trilogía mediterránea: trigo, vid y olivo. El trazado de la Vía de la Plata a lo largo de esta subdivisión o convento, así como la prolongación de dicho camino hacia el sur a través del "Iter ab Hostio Emeritam Uxue Fluminis Anae", no hizo sino apoyar la existencia de estos centros económicos rurales, potenciando el progreso de la capital lusitana, el de su comarca y la romanización de la zona.

Tal etapa histórica no podía desaparecer sin dejar vestigios diversos, dispersos y abundantes, resultado de una romanización plena sobre la que se basó la cultura hispana posterior. El devenir de la historia de estas tierras no hizo sino regenerarse sobre sus mismos cimientos latinos, surgiendo nuevamente cultivos mediterráneos allí donde Roma explotó con esa misma intención los suelos, volviendo viajeros y peregrinos sus pasos por donde los mercaderes romanos escribieron su camino, en un resurgimiento continuo de la vida y del progreso de este enclave sobre los cimientos del pasado cuya mejor representación material bien podía ser la fachada del Palacio de los Lastra, también conocido como de los Torres Mejía, o de los Mexía, en la localidad a la que este linaje dio nombre y donde los mismos impulsaron en el siglo XIV  la repoblación de esta zona enclavada al sur de la ciudad de Mérida, un siglo después de su reconquista por parte del reino cristiano de León.



Arriba: de menor tamaño que el resto de los vestigios romanos que subsisten en el Palacio de los Torres Mejía, una pieza de mármol aparece aislada en la fachada occidental, procedente de algún relieve o escultura con el que se quiso representar un fiero animal o un ser mitológico.


Pertenecía el municipio emeritense y durante la Baja Edad Media a esta noble familia de los Mexía, siendo Torremejía un lugar de señorío de los mismos, levantado donde antaño los romanos presuntamente erigieron una torre vigía que controlara y vigilara en pro de la seguridad de los viajeros el continuo devenir de caminantes por el ramal sur de la Vía de la Plata. Cuando don Gonzalo Mejía funda la población en 1.370, vuelve a edificar nuevamente una atalaya por los mismos motivos que siglos atrás llevaron a Roma a tomar tal decisión. Una construcción que revive el porvenir de la localidad como antaño la anterior hiciera nacer junto a ella un núcleo de población asociado a la vía de comunicación mencionada y a la que servía. Una clara muestra del resurgimiento de la vida en esta romanizada zona sobre los cimientos de un pasado que no deja de reaparecer y retornar.

La construcción en el siglo XVI de una casa-palacio junto a la Torre de los Mexía, conocida popularmente como Torre de los Mojinetes, retoma este espíritu de resurgimiento sobre un pasado clásico, apoyado además en los ideales del Renacimiento que por entonces inundaban España y bajo cuyas teorías artísticas se levanta este monumento. Tras conocer varias reformas y haberse visto modificado con el paso de los siglos y las diversas tendencias artísticas de la Edad Moderna, el Palacio de los Lastra, actual albergue para peregrinos tras su compra y restauración por parte de la Junta de Extremadura, presenta hoy en día la misma portada de acceso con que se dotó al edificio en 1.525, fecha bien datada al rezar en la propia construcción y leerse en una inscripción allí mismo depositada. Es en esta franja que comprende la portada, así como en el lado derecho contiguo a la misma, donde siete piezas arqueológicas fueron colocadas para decoración del lugar a imitación del gusto italiano, que dictaba el uso de estos vestigios romanos no sólo como respeto y admiración por unas piezas fabricadas en una época clásica ahora consideradas a más, sino además como sustento propagandístico de las raíces nobiliarias de la familia sostenidas por un pasado imperial.



Arriba: aspecto general de la fachada oriental del Palacio de los Lastra, muro donde se concentra la práctica totalidad de la decoración exterior del edificio y donde se alojan siete de las ocho piezas arqueológicas romanas que aquí se conservan, enriqueciendo este monumento declarado Bien de Interés Cultural por la Junta de Extremadura (DOE 08/04/1995).


Subdivididas estas siete piezas en dos grupos diferenciados tanto por su ubicación como por su entidad, aparecen ante nosotros cuatro aras sobre la puerta de acceso al palacio, y tres esculturas sobre togados romanos a la derecha de la portada y formando junto a ella parte de la fachada del edificio. Son tres imágenes de bulto redondo,  labradas en un blanco mármol y usadas como sillares del monumento, engullidas en el muro oriental del mismo y colocadas en línea horizontal, seguidas unas de otras, posiblemente halladas en las cercanías del lugar, reliquia de alguna antigua villa latina, o incluso resto recuperado del suelo que engulle el pasado de la ciudad emeritense. Será el togado ubicado a la izquierda de los tres el más fragmentado, sobreviviendo del todo que formaría la escultura apenas varios pliegues de la toga que simulaba cubrir al marmóreo personaje. En el centro tenemos la talla de mayor tamaño, conservado no sólo el torso sino además parte de las piernas del individuo. Aún siendo menor que la anterior y compuesta únicamente por el torso del viril personaje que representaba, la tercera escultura destaca entre todas por ser la mejor conservada, mostrando aún detalles de su representación que las otras estatuas han perdido, como es el anillo engarzado en el dedo anular de la mano izquierda del sujeto retratado.

En la cara opuesta a la fachada, pared occidental del edificio junto a la que sobrevive la torre medieval que puso nombre al pueblo, una octava pieza arqueológica sorprende nuevamente. También esculpido en mármol blanco pero de menor tamaño que los demás y género de representación distinto, simula las garras de un animal salvaje o mitológico. Un original sillar a destacar en la fachada oeste, como los togados lo hacen en el muro este, metáfora material del resurgimiento que en estas tierras tiene la vida sobre su pasado, un pasado latino que dio origen y sustento a la cultura del presente, como en el Palacio de los Lastra los vestigios romanos sujetan los muros de la vivienda de una nueva nobleza que sustituyó a la anterior, sobreviviendo unos mientras sujetan a los otros para enfrentarse en conjunto al transcurrir de la vida, sin dejar por ello de sorprender al caminante que encuentra así vestigios de un pasado que engendró a otro pasado que concibió al presente, convirtiéndose por todo ello en un tesoro en el camino.


(La descripción del resto de vestigios romanos ubicados en la fachada oriental del Palacio de los Lastra, en Torremejía, contando cuatro aras epigráficas, aparecerán en una nueva entrada perteneciente a la serie de Tesoros del camino, continuación o parte 2ª de ésta).

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