martes, 16 de enero de 2018

Puente de la Mesta, en Villarta de los Montes


Que nunca llueve a gusto de todos, es un dicho que encierra una gran verdad no sólo en lo metafórico, sino inclusive en el sentido más literal de la expresión. Si bien las escasas precipitaciones que han tenido lugar a lo largo del pasado año, derivadas de una ausencia prolongada y generalizada de lluvias por todo el territorio peninsular, han provocado un alarmante descenso del agua almacenada en los embalses de todo el país,  la bajada de aguas ha permitido, dejando atrás preocupaciones por posibles futuras restricciones en los suministros, la salida a la superficie de infinidad de bienes inmuebles, monumentos e inclusive añejas poblaciones fantasmas que, tras la construcción de algún cercano pantano, quedaron sepultados bajo la masa acuífera que los mantuvo ocultos cual losa sepulcral, devolviéndoles por una indeterminada temporada a la superficie y realidad, cumpliendo con las expectativas de curiosos y como gozo de amantes de herencias culturales pasadas. Extremadura, donde tan vasta geografía se ve salpicada por un amplio número de embalses cuyas considerables dimensiones le otorgan el posicionarse como la región con mayor kilometraje de costa de agua dulce de España, no es ajena a esta situación. Cuenta la comunidad con infinidad de casos de patrimonio sumergido que, en no pocos casos, en los últimos meses ha resucitado de su tumba acuática. La población de Talavera la Vieja, bajo la masa acuífera del pantano de Valdecañas, la Torre de Floripes inmersa en el embalse de Alcántara, o los puentes de Don Francisco, en la confluencia de los ríos Almonte y Tamuja, son algunos de los más conocidos ejemplos de patrimonio inundado en la cuenca hidrográfica del Tajo. El Puente de la Mesta, en la localidad de Villarta de los Montes y habitualmente oculto por las aguas del embalse de Cíjara, destaca en la del Guadiana.


Sería el 1 de enero del año 1.956 cuando, siguiendo los planteamientos del Plan Badajoz en pro de implantar el regadío en las vegas y cercanías del río Guadiana a su paso por Extremadura, se diera por finalizada la construcción sobre el cauce de este destacado lecho fluvial de la presa que, en el enclave conocido como Portillo de Cíjara, entre los términos municipales de Alía y Herrera del Duque, daría lugar al bautizado como Embalse de Cíjara, afectando no sólo a diversos municipios de la Siberia pacense como Villarta de los Montes o Helechosa de los Montes, sino inclusive alcanzando tierras cacereñas, asomando la aliana pedanía de Cíjara a sus aguas, e incursionándose en tierras castellano-manchegas bañando términos municipales como los de Anchuras o Puerto Rey. Con la creación del pantano, que en su capacidad total alcanzaría los 1.505 hm3, se llegarían a cubrir de una ingente masa acuífera  hasta 6.565 hectáreas de tierra interior, alcanzando los 25.180 km2 donde, entre vegas, campos, arboledas y cultivos quedaría condenado a sucumbir ahogado, sentenciado al desuso y semidesaparición de manos de las aguas embalsadas, un puente cuya importancia artística compite con su relevancia histórica y la vinculación popular que lo mantenía unido a una comarca a la que sirvió como pasarela de unión y comunicación no sólo con las vecinas tierras castellanas y manchegas, sino con el resto de un país del que procedían cada año ingentes ejércitos de cabezas ovinas en pro de los pastos del invierno extremeño, retornando con el buen tiempo de nuevo a sus orígenes por este salvaconducto que permitía el paso sobre el cauce del Guadiana, dejando atrás una simbiosis cultural entre pueblos que afectarían y marcarían huella en el saber particular y herencia de estos lares.


Arriba y abajo: menguadas drásticamente las aguas del embalse de Cíjara, la bajada del nivel acuático ha permitido resurgir de su tumba fluvial el villarteño puente de la Mesta, permitiéndole por un tiempo indefinido volver a saborear las luces del atardecer como durante siglos disfrutó, desde su creación en el medievo hasta su condena al desuso y desaparición a raíz de la inauguración en 1.956 de la presa homónima al pantano.


El Puente de la Mesta tomaría como nombre propio el de la institución que, fundada en 1.273 por mandato del castellano rey Alfonso X el Sabio, reuniría bajo el título de Honrado Concejo de la Mesta, inicialmente Real Sociedad de ganaderos de la Mesta, a pastores y ganaderos castellanos y leoneses en pro de defender sus negocios y, con ellos, la explotación y mercado de la lana que tan generosos beneficios generaba a la Corona. Entre las medidas dictaminadas como protección de las actividades económicas de mencionado concejo, popularmente conocido sencillamente como la Mesta, se defendería la tradicional trashumancia ejercida año tras año y centrada en el traslado de los ganados, básicamente ovinos, desde sus puntos de origen localizados fundamentalmente en la Meseta castellana, hacia Extremadura y tierras del Sur peninsular, huyendo del duro invierno y retornando a las provincias norteñas cuando el estío conquistaba los puntos meridionales. Un viaje seminómada de raigambre en la historia peninsular que, tras la definitiva reconquista de los enclaves extremeños y manchegos, alejada la frontera andalusí hasta la Granada nazarí, comenzaba a encontrar una creciente dificultad a la hora de pastorear en los territorios tomados e inicialmente comunitarios y pertenecientes a la Corona, al irse poco a poco delimitándose, roturándose y cayendo éstos en manos particulares.

Además de la propia creación del concejo en sí, cuyos integrantes disfrutaban de privilegios que favoreciesen su quehacer, recibiendo prebendas que les beneficiaban frente a otros muchos gremios y ocupaciones, las medidas implantadas en pro de su trashumancia y, con ella, de la explotación de los rebaños asociados dentro de la Mesta, si bien no pudieron remediar el reparto y privatización de primitivos terrenos comunales que, en su condición de regios, eran de manera asidua utilizados por el propio monarca como moneda de pago a favoritos y hacedores, fueron registrando una legislación que defendía los intereses de los ganaderos mancomunados tanto en las zonas de paso como en las comarcas de destino del pastoreo foráneo que ejercitaban, en tal alto nivel favoritista que revelaría una clara predilección de las autoridades por la agrupación, en detrimento tanto de agricultores como de las propias industrias pecuarias no asociadas y existentes en los enclaves receptores de sus anuales migraciones. Preferencias que conllevaron no pocos altercados y disputas judiciales, mas inclusive la conformación geográfica y económica de las tierras influenciadas y afectadas por la presencia de la Mesta en ellas, hasta el punto de ser ésta piedra angular del devenir histórico de las mismas, entre las que destacaría muy notablemente y por encima del resto de enclaves peninsulares receptores la región de Extremadura.


Arriba y abajo: vista detallada, aguas abajo (arriba) y aguas arriba (abajo), de los cinco arcos más meridionales del puente de la Mesta, confraternizados con sus cuatro hermanos septentrionales contiguos en su estilo artístico, cuyo diseño en arco apuntado, constituidos por ladrillo y enmarcados en alfiz, presenta una simbiosis entre lo gótico y el mudéjar.



Si la voluntad real desde unos primeros tiempos de reconquista e inicial ocupación y colonización cristiana propició en las tierras que conformarían Extremadura el reparto y otorgamiento de grandes lotes de terreno a las Órdenes militares, cabildos episcopales, monasterios y Concejos, la llegada de la Mesta traería consigo la inclinación hacia el adehesamiento de infinidad de fincas que, en los casos comunales, pretenderían defenderse así de la vorágine de los rebaños que con la anual llegada de la agrupación devastaban los terrenos comunitarios, mientras que en las haciendas privadas sería resultado de la adecuación de las parcelas al pastoreo de las rehalas ajenas, ofrecidos los campos en uso bajo arrendamiento. Alquiler terrenal autorizado para los rebaños foráneos, pero vedado en no pocos casos y no escasas épocas a las ganaderías autóctonas, que también verían cómo la trashumancia inversa, desde Extremadura hacia tierras norteñas en épocas de estío, era abolida o legalmente entorpecida, hasta el punto de tener que desviar en diversos momentos históricos la migración ovina hacia la vecina Portugal. Exclusión legislativa que, unida al latifundismo y al mayoritario adehesamiento privado frente al minoritario adehesamiento comunal, derivaría en el empobrecimiento y atraso económico de la región, cuyos ganaderos se veían discriminados frente al nepotismo recibido por la Mesta, mientras que los agricultores, dedicados a una actividad ciertamente escasa en la zona frente a la preponderante ganadería, no podrían hablar mejor. Pocas tierras roturadas, escasa posibilidad de adquisición o arriendamiento de fincas para la labranza al estar destinadas mayoritariamente al pastoreo, y el peligro constante, en no pocas ocasiones, del paso de los rebaños del concejo mesteño por los terrenos sembrados, víctimas de la saturación de caminos y cordeles por el ingente número de cabezas que componían las cabañas, aún cuando las cañadas reales fueran diseñadas no sólo para el traslado de reses, sino como solución al expolio de sembrados.


Arriba y abajo: debido al desnivel existente entre ambos márgenes originales del río Guadiana, el diseño del Puente de la Mesta ofrece un plano en rampa, descendente tras un primer tramo recto nacido de la unión del viaducto con la orilla izquierda del cauce, abierta la calzada a modo de embudo en su término meridional, como si la vía de poco más de dos metros de anchura que discurre por el viaducto quisiera abrazar el alto terreno al que queda unido el mismo.



Arriba y abajo: al contrario que en el margen derecho, donde la orilla quedaba al mismo nivel que el lecho fluvial, los terrenos del lado izquierdo se suspendían a no poca altura de la corriente, irguiéndose el puente y abriendo el monumento su calzada sobre la cúspide meridional, conservándose en considerable buen estado parte del pavimento original y la delimitación que marcaba en este enclave la frontera entre tierra y obra de ingeniería (arriba), sin que falten, por el contrario, derrumbes y socavones en la estructura del viaducto que amenazan la continuidad del puente (abajo), ya tiempo atrás por las aguas del embalse condenado.



Junto a los compendios legislativos y las ayudas fiscales proclives a la defensa y porvenir de la Mesta, se contaban las cañadas reales como una de las más reseñables medidas tomadas por la monarquía en pro del concejo ganadero y su actividad, al marcar las veredas por las que discurrir durante la migración trashumante, cubiertas por una particular protección gubernamental que las convertía en caminos amparados donde el paso del ganado mesteño prevalecía, delimitados tanto en favor de su custodia como en  salvaguara en la medida de lo posible de las labranzas de los terrenos colindantes, configurándose como auténticas líneas de vertebración de una actividad histórica que serviría no sólo en lo económico sino también en lo social, convertidas las rutas en un medio de unión poblacional entre regiones peninsulares donde no faltaría, como en toda senda de unión entre focos culturales distantes, el préstamo de ideas y conocimientos ajenos en derredor mayoritariamente de un mundo pastoril, humilde pero sabio.

Creadas, como la Mesta y en clara relación y consonancia con ella, en 1.273, eran diez las principales cañadas reales de la Corona de Castilla, de mayor recorrido y relevancia que las existentes en otros reinos medievales peninsulares, trazadas en el reino de Navarra o dentro de la Corona de Aragón respectivamente. Sus puntos de origen partían de provincias tales como León, Zamora, Burgos, La Rioja, Soria o Cuenca, donde recogerían ganaderías locales así como rebaños de regiones cercanas, tales como Asturias. Las tierras de destino, aunque variadas dentro de la mitad Sur peninsular, se centraban principalmente en Extremadura, finalizando la migración de las cabañas norteñas fundamentalmente en las dehesas centrales y surorientales de la región, cercanas a localidades como Alburquerque, Alcántara, Trujillo, Badajoz o Granja de Torrehermosa, así como en comarcas prácticamente destinadas a cobijar las rehalas mesteñas, despuntando La Serena, cuyo paisaje estepario, conocido antaño como Real Dehesa de la Serena, aún hoy en día responde a la adecuación de las fincas y baldíos a un pastoreo a gran escala.


Arriba y abajo: mirando desde la orilla derecha del Guadiana el puente de la Mesta tanto en su flanco occidental o aguas abajo (arriba), como por su lado oriental o aguas arriba (abajo), puede apreciarse a simple vista no sólo la generosa longitud de la obra de ingeniería, que alcanza los 225 metros, sino inclusive la diversidad reinante en cuando a la amplitud de la luz entre los veintisiete arcos que sustentan el monumento.



Arriba: partiendo de la orilla izquierda, los primeros nueve arcos, divididos en sendos tramos de cinco y cuatro ojos respectivamente, destacan frente a sus hermanos septentrionales tanto por su diseño apuntado como por la mayor envergadura de sus dimensiones, constituyendo la porción más añeja del viaducto, conservada por mantenerse sana durante las obras de reconstrucción a la que sería sometida el inmueble a finales del siglo XVI, tal y como se dictaminaba en las instrucciones recibidas en 1.574 por el maestro de obras que dirigió la restauración renacentista del puente.

Abajo: necesitada de reparación la construcción medieval, se reedificaría durante el último cuarto del siglo XVI la mitad meridional del viaducto, alargándose la cañada descendente hasta la orilla derecha del río a través de una pasarela sustentada por dieciocho arcos donde, antecedido por tres ojos ligeramente apuntados, sobresale un arco escarzano de dieciséis metros de apertura al que sigue un rosario de arcos de medio punto cuya menudez les hace ser considerados por diversos autores más aliviaderos que auténticos ojos del puente en sí.


Recibían básicamente las comarcas pacenses orientales las cabañas procedentes de las tierras de León y de las norteñas provincias castellanas palentina y burgalesa, al desembocar en esta franja de Extremadura la Cañada Real Leonesa Oriental, nacida en la leonesa comarca de Riaño y finiquitada, tras atravesar territorios de Palencia, Valladolid, Segovia, Ávila, Toledo y Cáceres, en Montemolín, así como la Cañada Real Segoviana, que tras nacer entre La Rioja y Burgos, y dejando atrás las provincias de Segovia, Madrid, Toledo y Ciudad Real, entra en la Siberia extremeña camino de Granja de Torrehermosa y la Campiña Sur, accediendo desde La Mancha a través del término de Villarta de los Montes, estrechamente vinculada la población con la Mesta y la actividad pastoril. No obstante, se baraja como origen primitivo del municipio el asentamiento en la zona de pastores mesteños que, apiñando sus construcciones en torno a un mismo núcleo, posiblemente a finales del siglo XIII y poco después de aparecido el concejo que los agrupaba, fundarían una inicial aldea, quizás no lejos del río ni del vado por el que se cruzaba antaño el mismo, que alejada del cauce fluvial como medida de seguridad y salubridad fuera germen, en una "villa alta" ubicada entre colinas y distante media legua al Sur de la vega fluvial, de la posterior población. Atravesada por la propia cañada real, urbanizada hoy en día como calle Real, en su tramo poblacional más septentrional toma el camino regio el nombre de calle de Nuestra Señora de la Antigua, por dirigirse tal vía del pueblo hacia la ermita de la patrona del lugar, ubicada en un cercano enclave separado de Villarta por el río Guadiana, siguiendo el trazado del camino trashumante que en la zona del santuario encontraba un descansadero para pastores y rehalas del concejo ganadero. Desdibujada la cañada original a la altura del lecho fluvial a raíz de la construcción del embalse de Cíjara, quedaban unidas antaño ambas orillas por un viaducto medieval construido para tal fin, conocido como Puente Viejo de Villarta de los Montes o, más popularmente, como Puente de la Mesta.


Arriba y abajo: el puente de la Mesta, fraccionado en tramos si se tienen en cuenta como puntos divisorios los torreones pareados que, a modo de simbiosis entre pilares y tajamares, lo defienden a lo largo de todo su recorrido, parte del margen izquierdo en una inicial sección recta sustentada por los cinco arcos más meridionales, donde aún se conserva gran parte del petril así como el empedrado originales de la calzada.



Arriba y abajo: conjugando sus labores constructivas como pilares de sujección y tajamares defensivos, son varios los torreones que complementan el monumento villarteño, de planta semicircular y similar fábrica compositiva que la del resto del inmueble, marcando el pareado más meridional el punto de inflexión a partir del cual la rectitud de la calzada comienza a descender para alcanzar la orilla derecha a similar altura que el cauce original del río.



Las primeras noticias del Puente de la Mesta, ampliamente estudiado por el cronista de Villarta de los Montes D. Theófilo Acedo Díaz, datan de 1.425. Basadas en una referencia a diversas obras de reparación necesitadas y ejecutadas sobre un puente elevado sobre el cauce del río Guadiana, hacen presuponer la construcción del viaducto a lo largo del siglo XIV, una vez registrado y asentado el concejo mesteño en Castilla, así como fundada la población villarteña. Fecha a barajar si se tiene en cuenta la denominación primitiva de la población, datada supuestamente a finales del siglo XIII y conocida antiguamente como Villaharta de Estimillas por su cercanía al hasta entonces lugar de paso natural del río Guadiana, bautizado como Vado de Estimillas y junto al que se levantaría el viaducto medieval, significando su edificación, y salvo en caso de evasión de peaje, el imparable desuso de un vado contemporáneo a la fundación del poblado. Sin tener noticias de su autoría, ni del mecenas o entidad precursora encargada del costeo de las obras, la nomenclatura popular dada al viaducto, así como el uso del mismo por una ingente cantidad de cabezas ovinas traídas a la zona durante el anual traslado trashumante por muchos de los ganaderos agrupados en el Concejo de la Mesta, permiten pensar que el inmueble fuera construido bajo la pretensión de servir a la asociación mesteña a lo largo de sus periódicas migraciones, salvando el paso del río sin necesidad de depender de barcas, ni tener que caer en el riesgo de superar un vado que, dependiendo de la metereología, podría ser difícil de atravesar a pie o haciendo uso de carretas y carromatos.


Arriba y abajo: el segundo dúo de torreones, a contar partiendo desde la orilla izquierda, recalca el punto de unión entre la sección de los grandes arcos meridionales de diseño apuntado, y el resto de la obra de ingeniería dotada de ojos de menor envergadura, considerados por tal motivo como aliviaderos frente a la arcada fidedigna hallada en el tramo sureño.




Arriba y abajo: aunque de planta semicircular y compartiendo con sus hermanos meridionales labores como pilares y tajamares del puente, los tres dúos de torreones que figuran en la zona más sententrional de la obra no sobresalen constructivamente como aquéllos, antojándose continuidad estilística que del viejo viaducto medieval se quiso rescatar para ser después repetida en la obra renacentista.



La existencia de unos planos del puente villarteño fechados en 1.573 hace pensar a diversos estudiosos la probabilidad de ser éste el dibujo original del que partiese la construcción del viaducto que hoy en día subsiste, elevado en la Edad Moderna y no durante la Baja Edad Media., construido quizás en reposición de alguno anterior al que sustituyera en uso. Inclusive, y en respuesta a la constancia escrita conservada que remite a la necesidad de obra y reparación de un denominado puente de Villarta en 1.563, se baraja la posibilidad de referencia al viaducto ciudadrealeño que en Villarta de San Juan salva las aguas del río Cigüela, descartando la existencia por entonces de un puente sobre el Guadiana en el término extremeño. Sin embargo, algunas notas dejadas sobre los planos por el arquitecto y autor de los mismos, el santanderino H. González, junto a las instrucciones y directrices recibidas en 1.574 por el maestro de obra J. Espinosa, así como las ligeras desigualdades existentes y aún hoy visibles pese a la erosión acuática que sufre el monumento, entre el diseño presentado por lor arcos septentrionales frente al estilo arquitectónico de sus hermanos meridionales, se permite suponer la llevada a cabo sobre un puente medieval de unas obras de reconstrucción de parte del mismo que de esta manera, lejos de ser obra de nueva planta del siglo XVI, conjugaría una planta inicial medieval preexistente, de corte gótico-mudéjar, con otra renacentista unida a ésta, dando como resultado final un puente de 225 metros de longitud, 2,20 metros de anchura en su calzada central, sostenido por 27 arcos de diferentes tamaños y envergadura, donde los ojos de los nueve más sureños quedan coronados por arcos apuntados, continuados por otros tres donde el arco de medio punto parece querer despuntar, enlazados con los catorce arcos septentrionales restantes a través de un alargado y llamativo arco carpanel de dieciséis metros de luz, enclavado en la zona central del puente y erigido como posible punto de unión entre la obra nueva y lo respetado del inmueble original, que en las instrucciones recibidas en el último cuarto de siglo por el maestro de obra serían diferenciadas bajo la denominación de "lo sano".

Esta porción "sana", correspondiente a la mitad meridional del viaducto, mostraría el estilo original del que disfrutaría el monumento, diseñado en una simbiosis donde se conjuga el gótico con lo mudéjar, en un resultado artístico no poco frecuente en el Oriente extremeño ni zona de influencia del cercano monasterio guadalupense. Los arcos, con armazón de ladrillo, reciben la carga del relleno de mampostería restante que conforma el puente, enmarcados los ojos por un alfiz, también enladrillado, cuya idea decorativa se repetiría en los arcos añadidos durante las obras de restauración del siglo XVI a modo de continuidad estilística, de la misma manera que los arcos más modernos, aunque de medio punto, siguen ofreciendo una constitución de ladrillo similar a la sureña, reiterada igualmente la solución pétrea para el resto de la fábrica. Difieren entre sendas porciones el grado de elevación de la correspondiente calzada que la cruza. Mientras que en la sección meridional o primitiva, dividida a su vez en dos tramos, de cinco arcos el que parte de la orilla izquierda hasta el primer par de torreones semicirculares o pilares gemelos emplazados como tajamares a sendos márgenes del viaducto, cuatro arcos hasta el segundo dúo de sostenes, el grado de descenso en escaso en su primera porción debido a la altitud de la orilla a la que permanece unido, comienza la calzada a descender a partir del primer pareado de estribos, en una constante bajada que alcanza una baja orilla derecha, prolongada a través de la nueva obra o sección norteña, igualmente dividida en tramos, cuatro si se tiene en cuenta la existencia de nuevos torreones pareados, enclavados a partir de los dos ojos que siguen al carpanel encajando los dos siguientes pares de arcos.


Arriba y abajo: antes de alcanzar la vega norteña, dejando atrás el último pareado de torreones, presenta la calzada una serie de rozas perpendiculares horadadas al parecer durante la última gran contienda civil entre españoles, creadas con el fin de reforzar la labor de comunicación uniendo municipios orientales extremeños con cercanos términos ciudadrealeños, enmarcados todos en zona republicana, ayudando al tránsito propio de vehículos de gran envergadura gracias a la colocación de vigas que, una vez en la orilla, se prolongarían adentrándose en tierra.





Leyendo a Pascual Madoz a través de su Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico que sobre España elaboró a mediados del siglo XIX, se pudiera pensar, desvirtuado hoy el cauce original del río tras la construcción del embalse que cubre la zona, que los nueve arcos meridionales, de mayor envergadura que el resto de los hallados en el inmueble, serían los contados como auténtica arcada del viaducto, considerados los ojos restantes como aliviaderos cuyo uso sólo se daría en épocas de crecida del nivel del cauce fluvial. Así, hace referencia Madoz al hablar de Villarta de los Montes de la existencia sobre el Guadiana de un puente de nueve arcos que, sin mencionar el título del mismo, debe corresponderse con el de la Mesta. Viaducto sobre el que cobran pontazgo a modo de impuesto por su uso tanto el duque de Osuna como el Arzobispo de Toledo, algo que ya se daba un siglo antes tal y como quedaría igualmente registrado a través del Interrogatorio de la Real Audiencia de Extremadura, mandado elaborar en 1.791 como crónica geográfica de la región. El duque de Osuna, de la misma manera que su antecesor el duque de Béjar, poseía, junto a variadas poblaciones y enclaves de la Extremadura oriental, una tercera parte del viaducto villarteño mientras que el cabildo toledano, contándose Villarta de los Montes entre los municipios que componen la diócesis de Toledo, mantenía la titularidad de las dos partes restantes del puente. Propiedad sobre el monumento que generaría generosas recaudaciones y que serían,  igualmente y más que probablemente, origen de diversos conflictos por la posesión del bien, hasta la derogación de los portazgos o impuestos de paso de manera generalizada y definitiva por Ley de 31 de diciembre de 1.881.
 
Aun desaparecido el Concejo de la Mesta tras promulgarse su definitiva abolición en 1.836, el puente que tomaría el nombre del histórico gremio ganadero seguiría acogiendo anualmente la llegada de las cabañas trashumantes que, cada otoño, continuaron bajando desde las provincias norteñas en busca de los pastos invernales de la Extremadura oriental. Intervenido el viaducto durante la última contienda civil española, enmarcado en zona republicana, en pro de adecuar la obra para el paso de vehículos, conectando Villarta de los Montes con los municipios castellano-manchegos de Horcajo de los Montes y Navalpino, se abrirían en su tramo más norteño una serie de rozas perpendiculares a la calzada del viaducto con la idea de encajar en ellas una serie de vigas que, prolongadas después sobre la orilla, reformaran y ampliaran el tránsito rodado sobre el monumento. Uso acondicionado a los nuevos tiempos que no cesaría por el paso de los años y que mantendría al viaducto servible tras siglos de empleo. No serían las inclemencias ni el desgaste los que pudieran con la obra arquitectónica. Inaugurada la presa de Cíjara, el propio agua de la que salvaba a viajeros y cabañas el añejo inmueble medieval terminaría cubriendo y adueñándose del monumento al que nunca pudo tumbar. Fortaleza la de esta construción que aún hoy en día, cuando la bajada de aguas permite respirar al edificio, resplandece en medio de su tumba acuática, emergiendo cual titán imbatible que se niega a desaparecer, sabiendo de su importancia histórica, artística y cultural, que lo convierten en edificio reseñable de la comarca, y monumento único de entre el fecundo listado de obras fluviales que salpican Extremadura, enriqueciendo indubitablemente el patrimonio de nuestra región.


Arriba y abajo: a pesar de la continua erosión sufrida por el puente desde que fuera condenado a ser engullido por las aguas del embalse de Cíjara, variados detalles constructivos que siguen conservándose, tales como los aliviaderos de la calzada (arriba) o grandes porciones de los petriles (abajo) que enmarcaban el paso por el viaducto salvaguardando a rehalas y viandantes de caer al vacío, parecen querer volver al uso de antaño cuando la bajada del cauce permite salir a la superficie la añeja obra de ingeniería, negándose el monumento a desaparecer en el olvido de los tiempos sabedor de su importancia histórica y artística.



- Cómo llegar:

Villarta de los Montes, ubicada en la comarca natural de la Siberia extremeña, enclavada a su vez en la mancomunidad de Cíjara, se mantiene conectada con la vía nacional N-430 (Badajoz-Valencia) a través de la carretera provincial BA-158, unida esta última a la principal una vez alcanzada la región castellano-manchega en el discurrir de la calzada hacia el Levante. La carretera BA-158, que atraviesa la localidad villarteña aprovechando el trazado de la añeja cañada real, despide el municipio por la zona meridional del mismo en su camino hacia Bohonal de los Montes, atravesando para ello el río Guadiana, embalsado en el pantano de Cíjara, salvando las aguas por el puente nuevo que relevó en su quehacer al mesteño medieval.


Antes de superar la vega, se abre a la derecha de la carretera una amplia senda acondicionada para el tránsito rodado, señalizada como parte de la red de caminos naturales de Extremadura. Tras rodear varias de las colinas que enmarcan el entorno fluvial alcanza la orilla del embalse. Dejando atrás la arboleda, abierto frente a nosotros la cuenca del pantano, la retirada de aguas nos permitirá adivinar sobre el restante río la obra de ingeniería medieval-renacentista que, pese al paso del tiempo y la condena fluvial a la que quedó sentenciada, sigue emergiendo entre aguas y lomas para sorpresa del viajero y orgullo de extremeños.


domingo, 10 de diciembre de 2017

Imagen del mes: Cripta de la Basílica de Santa Eulalia, en Mérida


Un cirio ilumina y revela al visitante el preciso enclave donde todo apunta se ubicaba la tumba primitiva de la canonizada mártir Eulalia, mausoleo ubicado a pocos metros del público lugar de ejecuciones de la Emérita Augusta del Bajo Imperio Romano, donde supuestamente un 10 de diciembre del año 304 d.C recibiría la joven tormento hasta su fallecimiento, convertida su figura en precursora del cristianismo hispano, así como su túmulo funerario en punto de partida de  una amplia necrópolis que recogería durante siglos a los creyentes que deseaban yacer junto al lugar dispuesto para el eterno descanso de Olalla, base de una basílica donde tal cementerio sería reutilizado y convertido posteriormente en cripta de la misma.
Mérida (Badajoz). Siglos IV-XVI; estilos artísticos diversos y entremezclados debido a la yuxtaposición de elementos arqueológicos de diversa cronología resultante en el yacimiento, desde el paleocristiano al renacentista, sin que falten vestigios romanos de comienzo de la actual era, o restos de edificios datados durante la dominación musulmana medieval del lugar.



Arriba: localizada la supuesta sepultura original de santa Eulalia bajo el mismo altar del edificio religioso, descubierta a raíz de las últimas excavaciones arqueológicas ejecutadas entre los años 1.989 y 1.991 del pasado siglo, todo apunta, tal y como ya señalaron diversos autores de la antigüedad, que junto al túmulo original de la joven mártir, convertido en templo inicial, se expandió una amplia necrópolis donde tumbas y mausoleos ocupaban un amplio espacio antes destinado a solar de viviendas, reestructurado a raíz de la elevación de una basílica visigoda, germen de la actual, donde una amplia porción de ese primer cementerio quedaría englobado, reutilizado constantemente con el paso de los siglos mientras el recinto sacro mantuvo su uso litúrgico.

Abajo: junto a la lápida que señala el lugar de enterramiento del "varon ilustre" Gregorio, posterior sepultura de Perpetua y del archidiácono Eleuterio en época visigoda, parte la escalera de acceso a la cripta de uno de los mausoleos paleocristianos que rodeaban la tumba de santa Eulalia, superviviente de la demolición generalizada de túmulos que conllevó la construcción de la basílica del siglo V, convertido en 1.595 en panteón de D. Juan Mexia por su esposa Dª Ana de Moscoso, quien, entre las medidas de readecuación del enclave, dictaminaría también la decoración del lugar con diversos frescos renacentistas, observándose la plasmación de varios personajes religiosos tales como San Juan Bautista, Santa Ana o San Martín de Tours, así como escenas de la Pasión de Cristo.


Abajo: un capitel corintio descansa junto a los restos de una tumba antropomorfa, en clara exposición y ejemplo de la yuxtaposición de elementos arqueológicos y estilos artísticos que se da en la cripta de la emeritense basílica.


miércoles, 29 de noviembre de 2017

Colaboraciones de Extremadura, caminos de cultura: Las fuentes de Cáceres, de El lince con botas 3.0, para Canal Extremadura


El pasado martes, día 28 de noviembre, tuvo lugar la emisión a las 22.50 horas de un nuevo reportaje elaborado por Libre Producciones para Canal Extremadura, dentro del espacio El Lince con Botas 3.0. Una vez más, "Extremadura: caminos de cultura" tuvo el honor de colaborar en la elaboración del mismo. La temática en esta ocasión rondaba un acervo muy castizo de la ciudad de Cáceres, sin el cual la fundación y progreso del enclave nunca hubiera podido darse. Un patrimonio abundante, donde lo histórico y lo artístico se conjuga con la cultura popular, conservado en muchos casos pero sentenciado a la degradación y olvido en otros muchos. Son las fuentes públicas de abastecimiento cacereñas.

Ofrecido ya el episodio a través de la web de Canal Extremadura, os invitamos a disfrutar de él dejándoos a lectores y visitantes el enlace al mismo bajo estas líneas, antecedido por la propia presentación que desde Libre Producciones brindan del documental y de los bienes inmuebles en sí. Una fabulosa ocasión para conocer mejor esta herencia obtenida, desconocida por muchos pero que forma parte inseparable de la historia cacereña y, por ende, del patrimonio de Extremadura.

"Fuente: dícese del “Lugar donde brota una corriente de agua, ya sea del suelo, de entre las rocas, de un caño o de una llave.” Ahora bien, en su cuarta acepción en el diccionario de la lengua, la fuente es “Origen, principio o fundamento de una cosa”. Y un significado más allá, una fuente es también “la obra o persona que proporciona datos o información”. El Lince como Botas atina a juntar más de un sentido de la palabra ‘fuente’ para ilustrar, gracias a Samuel Rodríguez Carrero, un inventario de las construcciones públicas relacionadas con el manantío y el uso de las aguas de una pequeña ciudad de provincias, que nació y subsistió gracias a ellas y que en cuanto se creyó grande procedió a su abandono, descuido y renuncia, con alguna mínima excepción. Una capital de provincia sin río es algo que se aparta de la regla general, una circunstancia capaz de producir extrañeza o admiración. En este caso particular ni una cosa ni otra, a pocos les importa, como tampoco el destino de sus aguas fundadoras..."



lunes, 27 de noviembre de 2017

VII Encuentro de Blogueros de Extremadura: "El cielo de los Suárez de Figueroa"


El pasado día 25 de noviembre tuvo lugar, como viene ocurriendo cada otoño y con la salvedad del pasado año, un nuevo Encuentro de Blogueros de Extremadura, séptima edición en este caso. Blogueros, fotógrafos, colegas del mundillo cibernético y otros muchos conocidos y simpatizantes volvimos a vernos en el trujillano Convento de la Coria, sede de la Fundación Xavier de Salas, promotora del evento. El tema escogido como base de la jornada serían los "Cielos de Extremadura". A la presentación de varios blogs dedicados a la visión del cielo desde nuestra tierra, especialistas en fotografía nocturna, siguieron diversas ponencias relacionadas con la idea del cielo y la observancia del mismo desde nuestra región, donde destacaría la exposición de Jesús Teniente, conocido "hombre del tiempo" del canal televisivo público regional, sobre los tipos de nubes y la presencia de las mismas sobre los contornos de nuestra comunidad.

Tras una amena jornada y previo a la comida final en comunidad, el encuentro daría término con uno de los actos más esperados por todos los presentes: la presentación de un nuevo libro, cumplimentado con los artículos remitidos por el nutrido grupo de blogueros y participantes que quisieron sumarse a la elaboración del mismo, en pro de divulgar la riqueza de Extremadura tomando como hilo argumental el cielo de la misma. Extremadura: caminos de cultura tuvo un año más el honor de participar. En esta ocasión, e intentando conjugar la temática escogida para la jornada con la idea conductora propia del blog, se elaboró un artículo bajo el título "El cielo de los Suárez de Figueroa", ofreciendo al lector un viaje en la geografía y en el tiempo a lo que fuese el Ducado de Feria, todo un estado semifeudal dentro de la provincia pacense donde sus dirigentes, los Suárez de Figueroa, intentaron ganarse el cielo de los creyentes a base del mecenazgo de obras pías y religiosas, mientras que, de manera mucho más terrenal, controlaban un vasto territorio donde la erección de una serie de castillos serviría no sólo como defensa del mismo, sino como eje de control de todo lo que bajo el cielo alcanzaba la vista, como si el mismo cielo llegase a ser propiedad suya.

Extremadura: caminos de cultura ofrece junto a estas líneas a sus visitantes y seguidores el texto y sus correspondientes imágenes ilustrativas, intentando nuevamente promocionar la riqueza histórico-artística de un enclave particular de la región, que hace rica también a Extremadura en sí, bajo el cielo que un día observó a los Suárez de Figueroa y que hoy acompaña al visitante que decide descubrir este rincón de nuestra tierra.


Arriba y abajo: diversas vistas generales del castillo de Nogales, tomadas desde la falda de la muela donde se asienta (arriba), o junto al puente medieval conservado en el municipio, que salva el paso de las aguas del arroyo cercano y homónimo al mismo (abajo).


Abajo: desde el torreón oriental del castillo nogaleño, junto al que perviven vestigios del cercado amurallado que protegía la refundada villa, se otea el horizonte que un día perteneció a una única familia.



EL CIELO DE LOS SUÁREZ DE FIGUEROA
 
Tenía D. Gómez I Suárez de Figueroa cuarenta y siete años de edad cuando, fiel al monarca Juan II de Castilla, la muerte le salía al paso en plena campaña bélica dentro del territorio aragonés, durante la breve contienda que en suelo hispano mantendrían entre 1.429 y 1.430 el rey castellano frente a su primo Alfonso V, rey de Aragón. Su cuerpo sería trasladado a Zafra con el fin de poder depositar el mismo en el futuro panteón familiar, mausoleo inserto dentro del monasterio de Santa María del Valle, actualmente conocido como convento de Santa Clara, para el cual, apenas un año antes, él mismo había conseguido la pertinente bula papal que permitiese su fundación, cumpliéndose así los deseos de D. Gómez no sólo de erigir un cenobio donde sus hijas Isabel y Teresa pudieran profesar los deseados votos, sino donde la familia pudiera esperar en su descanso eterno la llegada del Juicio Final.

Poniéndose la primera piedra del convento en 1.430, el cuerpo del Primer Señor de Feria encontraría aquí su reposo definitivo manteniendo la tradición familiar en la búsqueda de la estirpe por congratularse ante Dios. No muchos años atrás su padre, D. Lorenzo Suárez de Figueroa, como Gran Maestre de la Orden de Santiago habría logrado adquirir permiso de la Santa Sede en 1.409 para la elevación del monasterio de Santiago de la Espada en Sevilla, donde recibiría sepultura tras fallecer ese mismo año. Actitud la de padre e hijo de tintes espirituales con la cual ambos intentarían alcanzar un hueco en el Cielo, de la misma manera y con la misma pasión con que en la tierra idearon hacerse de una considerable extensión terrenal que les permitiera disponer y controlar un auténtico Estado señorial. La idea, forjada inicialmente por el propio patriarca, se habría visto cumplida al conseguir éste de parte del rey Enrique III la donación, en 1.394 y como favor real a su hijo, aún menor de edad y mayordomo mayor de la reina, de los lugares de Zafra, Feria y La Parra, hasta entonces aldeas de la ciudad de Badajoz, junto a sus castillos y términos. Proyecto que no tardaría el propio D. Gómez en ampliar, adquiriendo tan sólo un año después, en 1.395 las villas de Nogales y Villalba de los Barros, y Valencia del Mombuey y Oliva de la Frontera en 1.402. Santa Marta y Corte de Peleas se sumarían como de nueva creación.

Un planteamiento de adquisición terrenal y gracia celestial que nuevamente heredaría el Segundo Señor de Feria, D. Lorenzo II Súarez de Figueroa. El Estado señorial se vería incrementado en lo material y apoyado en lo figurativo, sumando a las posesiones ya descritas las aldeas de Alconera y La Morera, y alcanzando para la casa nobiliaria el título de Condado, en 1.460. En lo religioso, D. Lorenzo II apoyaría la fundación del ya desaparecido convento de Santo Domingo del Campo, en Alconera, y el de San Onofre en La Lapa, entonces aldea zafrense. Se podría inclusive sumar a su obra pía la creación de un hospital para enfermos y transeúntes sin recursos bajo el título de Nuestra Señora de la Salutación, posteriormente llamado de Santiago, en las casas que la familia tenía en Zafra y que habitaban a su paso por la localidad hasta la erección del alcázar. Su vástago, D. Gómez II Suárez de Figueroa, repetirá. Obtendrá en 1.462 Salvaleón. En 1.465 y como donación real las villas de Almendral y Torre de Miguel Sesmero. En 1.481 refundará Solana de los Barros. En 1.523 el descendiente de éste, D. Lorenzo III Suárez de Figueroa y Toledo, obtendrá Salvatierra de los Barros, primitivamente de los Jarros, fundando en lo religioso y en Zafra los conventos de Santa Marina y de la Cruz.

Con la llegada al mando señorial de D. Gómez III Suárez de Figueroa y Fernández de Córdoba, sucesor de su hermano D. Pedro, la casa de Feria y su Estado inherente alcanzarán la cúspide de su esplendor, con la obtención como merced donada por parte de Felipe II del título de Ducado. Lo que inicialmente fuese el Señorío de Feria, controlaba ahora como Ducado lo que con el tiempo se convertirían en diecisiete de los actuales términos municipales de la provincia de Badajoz. Un conglomerado de poblaciones, comarcas, dehesas, fincas, plantíos y serranías que, si bien no era el mayor de la España Moderna, sí pudiera considerarse como el más próspero o de mayor relevancia económica de los de aquel entonces. Un jugoso Estado dentro de la nación que no estaría exento de enemigos. Fuerzas adversarias que podrían provenir de la no muy lejana frontera con Portugal, pero que igualmente pudieran proceder de dentro del propio reino en forma, fundamentalmente, de hostilidades nobiliarias. Una realidad que, sumada a la obligación contraída por los titulares del Señorío a la hora de adquirir cada nuevo término de defender los territorios y a los habitantes de éstos, conllevaría la conservación, consolidación y nueva elevación de un nutrido grupo de castillos, alcazabas y sistemas de amurallamiento con que hacer frente a las incursiones rivales y desde los que poder además vigilar, en la mayoría de los casos, las posesiones de la familia y los vastos horizontes que se abrían bajo el cielo que les cubría.


Arriba y abajo: el cielo extremeño cubre como manto protector la villa y el castillo de Feria, fortaleza reformada por los Suárez de Figueroa desde la cual poder más controlar que proteger el vasto ducado que dentro de la región supieron crear, como si de un auténtico estado semifeudal se tratase.



Existían ya, cuando los Suárez de Figueroa tomaron posesión de las primeras localidades con que compusieron su Estado, los castillos de Feria y Villalba. Ambas alcazabas, según apuntan los vestigios más antiguos conservados entre sus muros, conocerían su origen muy probablemente durante la dominación musulmana del lugar. Al contar primitivamente el de Feria con tan sólo un cinturón defensivo, sin torre del homenaje en su interior, tomaría la estirpe como lugar de residencia la alcazaba villalbense, reformada a partir de 1.397 y convertida en toda una fortaleza que dentro de sus gruesos y recios muros de mampostería y elevada altura, refuerzo de las añejas paredes de tapial hispano-musulmán, guardaba todo un palacio señorial abierto a un patio cuadrangular donde los mudéjares de la zona dejarían su artística impronta a través de la decoración de las salas, a base de pinturas polícromas, y de los ventanales que permitían la comunicación del monumento con el exterior. La reforma del edificio corito tardaría un poco más. Sería D. Lorenzo II quien, a partir de 1.458, rehabilitase el perímetro amurallado y decidiese erigir un elevado torreón prismático en la zona central, de más de 31 metros de altitud y cuatro plantas internas, que diera alojamiento a la familia en tiempos de paz, como lugar de descanso en jornadas de caza o asueto rural, y resguardo a la milicia durante posibles episodios bélicos que salpicasen el Señorío o la nación. Sería en 1.480, gobernando ya su hijo D. Gómez II, cuando se viera terminada.

Fue también D. Lorenzo II quien iniciase, y su heredero D. Gómez II quien culminase, la pequeña alcazaba con que se quiso dotar como culmen de su sistema defensivo la localidad de Nogales. Refundada ésta en 1.448, se alejó la población del cercano arroyo donde antaño se ubicaba para enclavarla en la cima de una muela o cerro de 451 metros de altitud, cuya cúspide, cercada con muros de mampostería, serviría de nuevo lugar de asentamiento así defendido. El castillo anexo remataría las obras defensivas, ejecutado siguiendo un diseño militar propio de finales del medievo, donde un fuerte cinturón en derredor de un cuadrado recinto, complementado con circulares torreones en sus esquinas, protege una torre del homenaje cuyos 23 metros de altura sobresalen muy por encima de los 8 del cercado, que a su vez quedaba preservado por un foso circundante. D. Gómez II, en 1.464, daría por finalizada la obra mandando colocar como rúbrica final sobre la gótica portada de acceso al lugar los escudos emblemáticos de su familia junto a los de su esposa, Doña Constanza Osorio y Rojas.

Pero la obra militar y legado arquitectónico más relevante de los que para la posteridad dejase D. Lorenzo II no sería ni la rehabilitación y reforma del castillo de Feria, ni la elevación de la fortaleza nogaleña. Tendríamos que irnos a Zafra y allí admirar la alcazaba de la localidad. Ya en tiempos de su padre, D. Gómez I, se había pensado en cercar la población con un sistema de amurallamiento. Como culmen a este proyecto, y apenas dos años después de contraer matrimonio D. Lorenzo con Doña María Manuel, decide la pareja edificar toda una fortaleza que sirviera más que en lo militar, en lo palaciego, fruto de su deseo de trasladar a Zafra su residencia habitual, hasta entonces en Villalba. Las obras no se prolongarían mucho en el tiempo. La primera piedra se colocaría en 1.437. La autorización real llegaría en 1.441. La terminación, en 1.443. Como resultado, una fortaleza de altos muros con torreones cilíndricos esquineros, diversos cubos semicirculares de apoyo medianeros, y una gran torre del homenaje de planta circular que, inserta en el punto central de su flanco oriental, sobresaliese del resto del edificio. En su interior, lo castrense cedería ante lo palaciego. El arte mudéjar encontraría cabida en el siglo XV como el estilo herreriano lo hiciese en el XVI, a través de un patio de doble planta con que la familia decidiera dotar su vivienda, una vez obtenido el título de Ducado.

La elevación de obras militares no cesaría aquí. Al desaparecido castillo de Oliva de la Frontera podría añadirse el cercado amurallado de Torre de Miguel Sesmero, del que tan sólo resta un único torreón convertido hoy en parte de una vivienda, cuyo origen, del que no se tienen registros, podría provenir del deber de protección contraído por los Suárez de Figueroa. Misma fuente de amparo de la que pudo surtir la elevación del castillo de Salvaleón. El hecho de que no se mencione la existencia de ninguna obra militar en el acta de entrega de la localidad a los Señores de Feria hace poner en duda el supuesto origen musulmán de la fortaleza, hoy en ruina. No lejos de allí, en las cercanías de Almendral y proximidades de lo que antaño fuera la frontera entre Castilla y Portugal, al contarse Olivenza como plaza fuerte lusa, el castillo de los Arcos defendería los contornos más occidentales de la familia. Adscrita hoy a una explotación agropecuaria, la fortaleza almendraleña repetiría en sus cánones constructivos el diseño visto en Nogales. Al parecer, pudo ser levantada no por la rama principal de la casa nobiliaria, sino por D. Lorenzo Suárez de Figueroa y Sotomayor, primo de D. Gómez II, quien recibiría estos contornos como parte de un mayorazgo heredado de sus padres.


Arriba y abajo: la mole del castillo de Salvatierra de los Barros (arriba), así como la silueta de los cerros anexos a la Sierra de los Helechales sobre la que se asienta la fortaleza (abajo), quedan guarecidos por el intenso azul de un limpio cielo que inunda lo que antaño fuera el ingente Ducado de Feria.


No intervendrían los Suárez de Figueroa, por el contrario, ni en la construcción ni en la rehabilitación de una de las grandes obras militares con que terminarían contando sus dominios, aunque sí en la historia de la misma. Del castillo de Salvatierra, enclavado a 798 metros de altitud, no se tienen noticias hasta la reconquista del lugar por las tropas cristianas, sin que se descarte la previa existencia de una alcazaba islámica. Sin embargo, la obra final se debería a la familia Gómez de Solís. Declarados éstos adversarios de la Casa de Feria, su enemistad conllevaría la destrucción de parte de la fortaleza salvaterrense por D. Gómez II, reconstruyéndose en la década de los 70 del siglo XV por D. Hernán Gómez de Solís. Se mantendría en ruina el primero de los recintos, contando el castillo con dos perímetros más, antecediendo el segundo como muralla al tercero, donde se ubica la aún hoy habitada parte residencial.

La falta de descendencia directa conllevaría el paso del Ducado de Feria a manos de los marqueses de Priego, en 1.637. Hasta aquel entonces, y sin que se tenga constancia de enterramientos posteriores de ningún poseedor del título ducal en el lugar, los Suárez de Figueroa seguirían la tradición de contraer sepultura en el panteón del que dispusieron en el monasterio de Santa María del Valle, ocupando un menudo sacro espacio conventual que, al menos así lo deseaban, conllevara su correspondiente paralelo en el paraíso celestial. Cuestión difícil objetivamente de comprobar. Quedará la duda y desconoceremos si la familia logró alcanzar ese rincón que para los creyentes aguarda al fiel en el divino cosmos, o si la labor pía y el mecenazgo religioso que ejerció este linaje consiguió aportar a la estirpe un lugar en el Cielo de los piadosos. De lo que no hay duda, por el contrario, es de que la Casa de Feria contó en la tierra con su propio cielo. Un firmamento que cubriría prácticamente los 1.000 km2 sobre los que llegaron a gobernar, en un Estado inmerso en la zona suroccidental de la provincia pacense, Baja Extremadura. Un cielo que cobijaba pueblos, aldeas, alquerías y casas de labor, tierras sembradas y bosques de encinas y alcornoques. Un cielo en el que se perdía la mirada cuando se alzaba la vista ante la mole de los castillos que salpicaban el Señorío, o del que la mirada no alcanzaba a atisbar su final cuando, desde las mismas murallas y fortalezas, oteando desde las Sierras de San Andrés o la de los Helechales, se alcanzaba a ver la también bajo su dominio Sierra de Monsalud o inclusive, en días muy despejados, la lejana vega del río Guadiana. Un cielo que seiscientos años atrás prácticamente pertenecía a la Casa de Feria y que, en la actualidad, sigue cubriendo este enclave extremeño a modo de escudo protector que al viajero aguarda. El cielo de los Suárez de Figueroa.




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