jueves, 12 de octubre de 2017

Puente romano de Alcantarilla, en Mérida


Puntualizaba el erudito castellonense D. Antonio Ponz, más conocido como el "abate Ponz", convertido en viajero a petición del monarca Carlos III en pro de documentar las antigüedades que poblaban la España del siglo XVIII, que contaba Mérida con dos puentes levantados durante la dominación romana. Así lo indicaba en su cuarta carta dirigida al soberano real a modo de capítulo, dentro del octavo tomo de su obra "Viage de España", dedicado este volumen a las tierras de la Extremadura de aquel entonces. Un primer ejemplar, grandioso y monumental, ejecutado para cruzar las aguas del río Guadiana y que, dada su magnificencia, tomaría como suya propia y exclusiva la denominación de Puente romano de Mérida, y un segundo, compuesto de cuatro grandes arcos y dos aliviaderos, que salvan las aguas del afluente Albarregas antes de que éste desemboque en el río principal.
Sin embargo, tras describir los añejos bienes de edad romana con que, contemporáneamente al abate, contaba la ciudad, aún conservados hoy en día y ya conocidos desde antaño y durante aquella centuria que al ilustrado le tocó vivir, parte Ponz camino a Badajoz descubriendo al lector la existencia de un poco conocido monumento que le esperaría a las afueras de la cuidad. Narrando en su quinta y contigua carta el viaje junto al margen derecho del Guadiana, dirigiendo sus pasos primeramente hacia Puebla de la Calzada, nada más salir de lo que fuese Emérita Augusta haría uso de un pequeño puente de único ojo que, llamativamente, mostraba una grandeza arquitectónica desigual a la importancia del regato que bajo él trascurría. Estaríamos ante el bautizado como Puente de la Alcantarilla o, más popularmente conocido como la "Alcantarilla romana", por muchos sencillamente denominado como el tercer puente romano de Mérida.

"A un cuarto de legua después de Mérida junto al segundo molino se conserva todavía un puente de Romanos, construido de piedras almohadilladas de un solo arco: obra suntuosa para el triste arroyuelo á que se destinó."


Arriba y abajo: encajado en la actualidad entre la vía férrea que une Mérida con Badajoz, y el trazado de la Cañada Real de Santa María de Araya, que discurre paralela a su vez al cauce del río Guadiana, aparece entre vegetación y maleza el conocido como Puente romano de Alcantarilla, Alcantarilla romana o, sencillamente, tercer puente romano de Mérida, ofreciéndose en una denostada cara meridional que esconde, bajo las intervenciones del pasado, la magnificencia de la primitiva obra, a descubrir por aquél que se decida a adentrarse bajo la obra y alcanzar su cara paralela.


Abajo: la cara septentrional del puente de Alcantarilla, escondida de los viajeros al quedar encajada entre el propio viaducto y la anexa vía del tren, conserva el acabado original  con que sus autores quisieron dotarla a base de sillares almohadillados finamente labrados y sabiamente encajados que circundasen su único arco constitutivo.


Roma sería la encargada no sólo de fundar la ciudad en el año 25 a.C., mirando para ello con buenos ojos el enclave formado entre los valles del Guadiana y el Albarregas, junto a la desembocadura de este último en el que es su cauce paternal. Pudiendo haber existido en el mismo lugar un antiguo asentamiento indígena, quizás de origen vetón, la civilización invasora sería la autora material e intelectual del levantamiento de una urbe de nueva planta donde, siguiendo el clásico esquema de planta en damero, el cardo y el decumano vertebrasen en cruz la población. Una colonia a estrenar por los soldados eméritos o veteranos de las legiones V Alaudae y X Gemina, victoriosas en las campañas cántabras que por entonces se estaban llevando a cabo, que se ofreciese no sólo como lugar de retiro de los militares, sino además como metrópoli abierta a la llegada de una incipiente población, en constante venida con el paso del tiempo, propiciadora del desarrollo de la ciudad y, con su progreso, del buen devenir de la región y de esta parte occidental del Imperio.

En su espíritu pragmático, Roma dotaría a la colonia emeritense, de igual manera que lo haría con otros núcleos de población dispersos por todo el territorio sometido bajo su poder, con las suficientes infraestructuras públicas que ofreciesen cubrir las necesidades totales de la comunidad allí asentada, bien fueran de índole urbano, defensivo, de salubridad, sitibundas o relacionadas con la calma de la sed, o inclusive las referentes al ocio. Mérida contaría así, enclavado su foro Municipal en el punto central de la urbe, más al Norte y junto al cardo el Provincial, con sólidas murallas cuajadas de torreones defensivos, alcantarillado y cloacas que vertieran en el Guadiana los desechos de la ciudad, acueductos que llevasen a la colonia agua desde los embalses levantados en parajes norteños para este fin, así como con circo, anfiteatro y teatro donde la población despachase sus horas de asueto. Pero Roma también dotaría a la ciudad de una amplia y nutrida red de vías de comunicación que permitieran la conexión de ésta con otros muchos puntos y ciudades de Hispania, en claro reflejo no sólo del poder político que se concedió a la urbe, nombrada capital de la provincia lusitana, sino inclusive de la apuesta por que la metrópoli se convirtiese en un potente enclave comercial. Mirando hacia la consolidación de la ciudad y evolución de la misma, se sumaría a la construcción de un cinturón defensivo, a la dotación de servicios acuíferos o perfección de conducciones subterráneas, el levantamiento de diversos puentes que pudieran salvar a viandantes, tropas, carruajes y viajeros de las aguas que nutrían los ríos que cercaban el municipio, formando parte no sólo del patrimonio colonial, sino además de la amalgama de elementos destinados a extender y consolidar la red viaria que entrelazaba las diversas regiones de los territorios romanos en general e hispanos en particular.


Arriba: compuesto de un único ojo o arco, la Alcantarilla romana emeritense pudiera tomar su nombre en base a las dimensiones de su abertura o luz existente entre sendos estribos de sujección, de 4,20 metros, si bien una clasificación exhaustiva nos llevaría a nombrarlo como pontón al superarse los 3 metros de una alcantarilla genérica, y ubicarse entre los 3 y los 10 de este otro tipo de calificación.


Arriba y abajo: a pesar de las posteriores restauraciones y rehabilitaciones ejecutadas sobre el bien, con sus consiguientes añadidos y mermas sobre la fábrica original, se puede observar aún hoy en día el presunto acabado primitivo de los muros externos del viaducto en su tímpano norteño occidental, donde el sillarejo entrecalado con hiladas de ladrillo encajan con las dovelas del arco embelleciendo la obra dentro de su pragmatismo, recordándonos otros bienes romanos cercanos donde también el ladrillo, como en los acueductos de los Milagros o de San Lázaro, combina con la piedra.


Si bien del puente sobre el río Albarregas partiría la vía que uniría Emérita Augusta con el Norte hispano, bautizada como Iter ab Emerita Asturicam o camino entre Mérida y Astorga, posteriormente conocida como Vía de la Plata, el puente sobre el río Guadiana serviría como inicio de la prolongación sureña de esta vía de comunicación, alcanzando Itálica e Hispalis. A los caminos que conducirían desde Mérida hasta Metellinum, y de ahí hacia Sisapo o Córduba, o al que iría desde la capital lusitana hacia Toletum y Caesar Augusta, cubriéndose la comunicación lusitana con las regiones peninsulares enclavadas al Este de la provincia, habría que sumar el ramal occidental que uniese Mérida con el que se consideraba entonces uno de los principales enclaves de la costa atlántica peninsular y el puerto marítimo de la colonia emeritense en particular: Olissipo. El Iter ab Olissipone Emeritam, o camino de Mérida a Lisboa, discurriría paralelo inicialmente al trascurso del río Guadiana tras dejar atrás la capital provincial. Con parada inicial en la mansio Plagiaria, ubicada en las cercanías de Novelda del Guadiana, le seguirían la mansio Budua, origen de lo que posteriormente sería Botoa, así como los albergues enclavados hoy en territorio portugués de Ad Septem Aras, Matusaro, Abelterio y Aritio Praetorio. Este itinerario, conocido como el XIV de Antonino y al parecer el más empleado a la hora de viajar hasta la ciudad del estuario del Tajo, tendría como hermanos los itinerarios XII y XV. El primero de ellos, que entraría en la actual Portugal por Rincón de Caya, dicurriendo a los pies de Elvas y dirigiéndose a Évora tras pasar junto a Estremoz, alcanzando Caetóbriga, actual Setúbal, contaría en su tramo inicial, igualmente junto al margen derecho del río Guadiana con las mansios de Evandriana, en las proximidades de Torremayor, y Dipo, según diversos autores en el término actual de Talavera la Real. El itinerario número XV, por su parte, compartiría con el XIV la mansio de Plagiaria, entrando en el país luso por Campo Maior, a cuya altura existiría la mansio de Ad Septem Aras, también vinculada al itinerario XIV tras dejar atrás Budua, llegando a Olissipo por Scallabis o actual Santárem.


Arriba y abajo: destaca entre las dovelas graníticas conservadas en la pared occidental del Puente de Alcantarilla  no sólo el labrado almohadillado con que quiso embellecerse a las mismas, sino además el acertado encaje entre éstas y los sillares contiguos de sendos tímpanos norteños, colocadas las piezas al parecer, y como en el propio arco del viaducto, sin argamasa o en seco, puntualizada por el Dr. Manuel Durán Fuentes la presencia de grapas entre los sillares de los estribos, que asegurasen la unión entre éstos.


Abajo: detalle de las dovelas almohadilladas y clave central del arco en su cara septentrional.


Sin que exista consenso entre autores a la hora de trazar muchos de los tramos de estos tres itinerarios o vías alternativas cuyo destino, compartido, sería unir Lisboa con Mérida, sí parece quedar claro que el tramo inicial de todos ellos, tras abandonar la capital lusitana, seguiría el trazado del río Guadiana por su margen derecho, posiblemente una vez atravesado el río Albarregas a través del puente del que partía, hacia el Norte, el camino hacia Astorga. Sería aquí cuando entra en juego la labor del conocido como tercer puente romano de Mérida, ubicado a no mucha distancia del anterior, en las cercanías del actual recinto ferial y enmarcado hoy en día entre la vía ferroviaria que conduce a Badajoz, y la Cañada Real de Santa María de Araya, posible heredera del primitivo camino romano hacia el Atlántico. Localizada en las cercanías del puente la presencia de diversos mausoleos que confirmarían el trazado inmediato de la vía, tomando en cuenta la habitual costumbre de edificar tales panteones junto a los caminos de comunicación y tramos inmediatos a las urbes de las que partían, el conocido como Puente de Alcantarilla llama la atención por la calidad arquitectónica del mismo, pese a constar de un único ojo abierto sobre un cauce de apenas relevancia y de cuyas aguas salva el monumento al viajero. Demostración, para muchos, del alto compromiso tomado por los primarios gobernantes de la ciudad con la comunicación de la colonia, permitiendo con obras de tan alta valía, incluso en enclaves de escaso llamativo, el poder unir la capital provincial con sus ciudades vecinas y resto de regiones en cualquier época del año, potenciando así, fundamentalmente, el comercio por el que apostarían para que de la mano de éste llegase la prosperidad y la riqueza a la urbe, frente a todo tipo de climatología y durante todas las estaciones anuales.


Arriba y abajo: si bien la cara externa del arco que constituye la Alcantarilla romana de Mérida quedaba marcada por un cierre de dovelas graníticas unidas en seco, la bóveda del mismo se componía en su intradós interior de hiladas de ladrillos transversales a la propia longitud del viaducto.



Arriba y abajo: entre las hiladas o filas de ladrillo que componen el interior del arco y que conforman la visión de su intradós, destaca en la línea de la clave la visión del característico hormigón romano de mortero y guijarros de que se nutre en sus entrañas la obra de ingeniería, constituyendo materialmente el núcleo arquitectónico de la misma.


El Puente de Alcantarilla, o Alcantarilla romana, pudiera ser así conocido al presentar esta obra de ingeniería romana unas características dimensionales que pudiesen llevar a clasificarla como alcantarilla, dentro de la relación que sobre tipos de puentes existen teniendo en cuenta la luz o distancia en  proyección horizontal entre los apoyos laterales de los mismos. Así, dejando atrás la propia nomenclatura de puente para las fábricas que alcanzan los 10 metros de luz, la nomenclatura alcantarilla sería la utilizada para designar los viaductos cuya abertura dista de entre los 80 cms. y los 3 metros, sobrepasando por tanto las dimensiones ofrecidas por el ojo de un caño o el de una tajea, de hasta 40 cms. y 80 cms. de luz respectivamente. Sin embargo, el monumento emeritense ofrece 4,20 metros de luz bajo su arco y único ojo, que correspondería en realidad a un pontón, o puente cuya abertura dista entre los 3 y los 10 metros. Un pontón cuya denominación como alcantarilla pudiera entonces encontrar su razón de ser no en sus características arquitectónicas, sino en el uso que pudiera haberse dado antaño al mismo, como cloaca bajo la cual discurrirían ciertas aguas residuales de la ciudad o sobrantes de la zona que por este lado norteño alcanzarían el río Guadiana, salvados los transeuntes de tales correntías gracias a la propia obra en sí.

Levantado al parecer en el siglo I a. C., en plena época augusta y durante los años inmediatos a la fundación de la ciudad, el Puente de Alcantarilla guardaría relación datal con los otros dos puentes de la colonia, compartiendo además, especialmente con el no lejano puente sobre el río Albarregas, ciertas características constructivas, alejado por el contrario de sus hermanos en cuanto a la envergadura del mismo. Las dimensiones totales del conocido como tercer puente emeritense alcanza los 7 metros en su longitud final, con 4,35 metros de anchura en su parte viaria, convertida la anchura en 6 metros si se suma el grosor de sendos petriles laterales, derivados éstos de una posterior rehabilitación. Una de las muchas restauraciones que ha vivido la obra a lo largo de su historia y que han conllevado, a la par que la conservación y uso del monumento, la desvirtuación de su fábrica original, resistiendo del edificio primitivo no sólo la estructura básica, sino llamativamente la casi totalidad del acabado exterior del puente aguas arriba, semidesaparecido por el contrario en su lado meridional.


Arriba y abajo: desprovisto puente y arco del acabado original que lo sellaba en su cara meridional, se observa hoy en día la fábrica de ladrillo de que se nutre la bóveda que compone el ojo del viaducto (arriba), sostenida sobre las dovelas inmediatas a la línea de impostas que, a su vez y a sendos lados, conforman los estribos de sustentación (abajo, y siguiente).



A diferencia de otras muchas obras de considerado mayor calado arquitectónico, la Alcantarilla de Mérida no ofrece una bóveda pétrea formada a base de sillares que, colocados a soga y tizón, diesen forma  al monumento. Por el contrario, el núcleo compositivo de esta fábrica de menor relevancia se nutre de hormigón romano donde se abre un único arco que, en su bóveda interior, permite observar dicho material arquitectónico compuesto de mortero y guijarros en lo que fuese línea transversal de la clave, arropada en el resto del intradós por líneas o hiladas de ladrillos paralelas al cauce y perpendiculares al largo de la obra. Solución constitucional que se puede apreciar aguas abajo y cara externa sureña del puente, desaparecido el acabado artístico que cerraría por este lateral el bien, y de cuyo sellado a base de dovelas graníticas apenas quedan vestigios en el arranque del arco y estribos del propio viaducto. Contrariamente, sí se ha conservado con el paso de los siglos el frente septentrional del monumento, cercado por una portada donde triunfan las dovelas almohadilladas que cierran el arco compositivo en este lateral, de dimensiones irregulares, y sobre las que encajan a su vez otros tantos sillares laterales igualmente labrados en almohadilla, de los que parte el sellado externo del resto del muro, combinándose en él el sillarejo con una pareada secuencia de hiladas de ladrillo, que recuerda el conjugado acabado entre lo artístico y lo pragmático de cercanas obras de ingeniería emeritense, como son sus acueductos de los Milagros y de San Lázaro.


Arriba y abajo: la plataforma del puente, de 4,35 metros de anchura y cuyo empedrado actual pudiera derivar de alguna reforma pasada ejercida como rehabilitación del monumento (arriba), queda enmarcada por sendos petriles de más moderna factura que la obra primitiva (abajo, y siguiente), marcando la ligera pendiente que presenta el viaducto y que pudiera ser resultado de alguna posterior intervención, si bien no es extraña la tenue inclinación del paso en los puentes levantados durante la dominación romana de la Península Ibérica.



Declarado el conjunto arqueológico de Mérida por la UNESCO como bien Patrimonio de la Humanidad en 1.993, bajo la referencia 664, mantiene el Puente de Alcantarilla la referencia 664-003 como parte del conglomerado de obras y monumentos que componen el patrimonio emeritense más internacionalmente reconocido, por haber podido traer a la actualidad el vestigio material de lo que fuese una ciudad romana de provincias que, en el caso extremeño, se elevaría además como capital de una de las secciones en que quedaría dividida administrativamente la Península Ibérica, conocida antaño como una de las urbes de mayor relevancia de todo el Imperio. Valoración que se le dio en la Hispania de entonces y a la que ayudaría el exhaustivo entramado y rico mobiliario urbano con que se quiso dotar a la localidad, y cuyos restos serían los que llevarían a la valoración histórica y artística actual y contemporánea. Grandes obras arquitectónicas serían ideadas y ejecutadas persiguiendo tal destino, pero también otras muchas de menor magnificencia serían erigidas persiguiendo este fin, compartiendo todas ellas el ideal de pragmatisto, durabilidad y belleza con que los romanos intentaban levantar todos sus monumentos, en pro de dotar a sus ciudades y dominios de obras pensadas para servir, durar y ser dignas de admiración ingeniera y artística a través del paso de los siglos. Unos inmuebles de alto realce, complementados por otros poco destacados sin cuya suma, sin embargo, no hubiera podido alcanzarse el alto valor al que ha llegado el todo final. En su menor intensidad, también los menudos bienes contarían con una identidad propia que les permitiese ofrecerse como auténticos tesoros del pasado legados a un presente donde no son pocos quienes desconocen su presencia y su valor, y la incalculable aportación que donan al patrimonio histórico-artístico de las tierrras donde se encuentran. El Puente de Alcantarilla, la Alcantarilla romana o sencillamente el tercer puente romano de Mérida es uno de ellos.


Arriba y abajo: datados en el siglo I a.C., erigidos en los años inmediatos a la fundación de la colonia, los puentes romanos sobre los ríos Guadiana (arriba) y Albarregas (abajo), siguen ofreciéndose, a pesar del paso de los siglos y las múltiples reformas sufridas, como obras al uso de la ciudadanía y emblemas del rico pasado de la localidad, lista de viaductos al que habría que sumar, por haber superado las vicisitudes del tiempo y el olvido, el Puente de Alcantarilla, hermano menor de los anteriores pero de personalidad propia que, desde el abandonado camino hacia Olissipo, se ofrece como el tercer puente romano de Mérida.


- Cómo llegar:


La ciudad de Mérida, capital de la Comunidad Autónoma de Extremadura, cuenta con su propio recinto ferial ubicado al Noroeste de la localidad. Atravesando la vega del río Albarregas en las cercanías de la unión de éste con el Guadiana, haciendo uso para ello de la avenida de Emérita Augusta, llegaremos a la explanada donde se instalan las atracciones durante las fiestas locales de septiembre, en el solar abierto entre el principal río y el margen derecho de su afluente.

Dirigiéndonos hacia el punto opuesto a su entrada o esquina noroccidental de la explanada ferial, siguiendo el curso del río Guadiana en su orilla derecha, encontraremos entre el lecho fluvial y la vía del tren la cañada real de Santa María de Araya, junto a la cual, a no mucha distancia y entre los kilómetros 454 y 455 de la línea de ferrocarril que une Mérida con Badajoz, aguarda al caminante el Puente romano de Alcantarilla, que aún hoy sorprende, entre maleza y olvido, por la majestuosidad con que sus autores le quisieron dotar, a la que añadir la que la propia obra, desde su menudez, se ha ganado por su lucha contra los elementos y el paso de los siglos.


sábado, 30 de septiembre de 2017

Imagen del mes: Hospital de Santiago, en Zafra


Sumándose al vasto listado de obras mandadas ejecutar por la Casa de Feria en la localidad zafrense, el que fuese inicialmente centro de acogida de humildes vecinos enfermos y transeúntes sin recursos, bautizado como Hospital de la Salutación y enclavado sobre lo que fueran viviendas de los señores del lugar, hoy Casa Hospital de Santiago a cargo de las Esclavas de la Virgen Dolorosa, sigue mostrando la portada diseñada bajo las directrices del tardogótico donde una hornacina centra la composición arquitectónica, ocupada por una pintura al fresco representación de la Salutación del ángel Gabriel a María.
Zafra (Badajoz). Siglo XV (fundado en 1.438 durante el señorío de D. Lorenzo II Suárez de Figueroa: 1.429-1.461); estilo gótico. 

sábado, 26 de agosto de 2017

Imagen del mes: Puente romano-medieval de Aldeanueva del Camino


Salvando el paso de la Garganta de la Buitrera, un puente de piedra y único ojo sigue permitiendo hoy en día el paso de los viandantes y vehículos que hacen camino a través de la Vía de la Plata, tal y como en época romana lo posibilitara el viaducto original del que nacería el actual monumento, mayormente de fábrica medieval sostenida por primitivos sillares que se apoyan a su vez sobre la misma roca viva.
Aldeanueva del Camino (Cáceres). Edad Media (edificado muy posiblemente sobre los restos de un puente romano inicial, del que tomaría el arranque así como diversos sillares graníticos); estilo medieval rural. 

lunes, 31 de julio de 2017

Imagen del mes: Casa y escudo de los Condes de la Roca, en La Roca de la Sierra


Sería en el año 1.625 cuando la conocida como Villa o Puebla de Manzanete fuera adquirida por D. Juan Antonio de Vera y Figueroa Ávila y Zúñiga, el cual, a partir de 1.628, promovería la concesión, a través de Cédula Real de Felipe IV, del cambio en la nomenclatura de la localidad, que pasaría a denominarse La Roca de la Sierra, en reflejo del título nobiliario obtenido por el que fuera su legítimo dueño y I Conde de la Roca, levantando la familia casa nobiliaria en la calle Portugalejo, actualmente dedicada a Fray Alonso de Manzanete, principal vía del enclave y camino de unión entre Mérida y el país vecino, centrada su portada por blasón pétreo flanqueado por lambrequines y toscas figuras en relieve de torso desnudo, en uno de los más destacados ejemplos de heráldica rural extremeña y claro testimonio de la amplia enajenación de comarcas, señoríos y términos municipales que desde la Reconquista y durante la Edad Moderna se dio en España, dibujando un mapa del país donde triunfaría una servidumbre señorial semifeudal que no vería su fin definitivo hasta las consolidación de las Cortes de Cádiz y la firma del decreto de abolición de los señoríos en 1.811, logrando con ello la firme independencia y ansiada libertad un alto número de poblaciones españolas y sus respectivos conciudadanos y vecinos.
La Roca de la Sierra (Badajoz). Siglos XVII-XVIII; estilo barroco.

viernes, 30 de junio de 2017

Imagen del mes: Teatro romano de Medellín


Bajo la imponente figura del castillo de Medellín, se abre sobre la villa  y frente a los meridionales contornos que circundan la misma el teatro romano de la antigua colonia de Metellinum, monumento diseñado para acoger unos 1.700 espectadores y que, tras caer en desuso, abandonado y semienterrado por la tierra y el tiempo, ha sido recientemente rescatado y rehabilitado para el presente y generaciones venideras tras una premiada y aplaudida obra de restauración.
Medellín (Badajoz). Finales del siglo I a.C. (época tardo-republicana o protoagustea); estilo romano.


lunes, 22 de mayo de 2017

Imagen del mes: el "Pontón" de Jerez de los Caballeros


Erigido sobre la misma roca, son los bolos graníticos que encauzan el arroyo de Brovales los que sustentan el puente de único ojo y doble aliviadero que antaño permitía el paso de transeuntes y carruajes, entre Jerez de los Caballeros y Burguillos del Cerro, desde que fuese erigido, según alguos estudiosos, en plena época de dominación romana.
Jerez de los Caballeros (Badajoz). Siglo II d.C. (tomando como base las doctrinas de D. Manuel Durán Fuentes, podríamos considerar éste un puente medieval identificado como romano, o sustituto de alguna obra romana anterior); supuesto y discutible estilo romano, más cercano al medieval rural.


Arriba: mirando el Pontón desde aguas arriba, se puede observar tras él sus otros dos compañeros, viaductos edificados en fechas no lejanas cuya fábrica dista de la clásica que ofrece la obra primogénita, con arco de medio punto constituido por sillares graníticos que destacan frente a la mampostería del resto del monumento, cuya pequeña dimensión y falta de almohadillado, unido a la doble vertiente del diseño, hacen pensar más bien en un origen medieval y no romano, como oficialmente se ofrece.

Abajo: herido en su estructura, dañado y derruido parte del arco, el Pontón queda inservible a su uso original, en peligro de conservación reconocido por Hispania Nostra, sin que por ello haya perdido el edificio en su humildad y menudez un encanto que engarza con el enclave fluvial y la colección berroqueña donde se asienta y con la que se aúna.


miércoles, 17 de mayo de 2017

Colaboraciones de Extremadura, caminos de cultura: La villa romana de Pesquero, de El lince con botas 3.0, ya en la web de Canal Extremadura


La villa romana de Pesquero se encuentra junto al cauce del río Guadiana, dentro del término municipal de Pueblonuevo del Guadiana. Levantada en el siglo I d.C., y ocupada al parecer hasta el siglo V de nuestra era, este complejo agroganadero se contaría como uno de los más destacados entre los ubicados, dentro de la campana de Emérita Augusta (Mérida,) en el margen derecho del que antaño se denominara Fluvus Anas, junto a la vía que unía la capital de la Lusitania con Olisipo (Lisboa). Bellos mosaicos de magnífica factura y elaborada técnica demuestran la relevancia del lugar. Sin embargo, y tras las excavaciones arqueológicas ejecutadas sobre el enclave entre los años 83 y 84 del pasado siglo, el yacimiento se encuentra plenamente abandonado, a merced de las inclemencias del tiempo, la vegetación y los posibles corrimientos de tierra ejercidos por el propio río que, ya antaño, devoró parte del monumento.

El lince con botas 3.0, elaborado por Libre Producciones para Canal Extremadura, ha querido hacerse eco de esta situación, dedicando un programa completo a este elemento histórico-artístico que enriquece el vasto listado patrimonial de nuestra región. Para ello, quiso contar con la colaboración de Extremadura: caminos de cultura. Muy honrados y agradecidos, se aceptó la invitación. Ayer, a las 23.35 horas, pudo verse en antena el resultado. Hoy ya está disponible vía web a través de la página de Canal Extremadura.

Invitando a los visitantes y lectores a conocer mejor este monumento, os dejamos con el enlace al espacio con que El lince con botas 3.0 cuenta dentro de la web de Canal Extremadura. Sirva esta plausible labor para la promoción de este semidesconocido yacimiento, para la concienciación sobre su precario estado de conservación, y en definitiva, para un mejor conocimiento de nuestra historia y nuestro pasado que nos ayude a entender nuestro presente y encarar mejor el futuro de nuestra Extremadura.



lunes, 15 de mayo de 2017

Colaboraciones de Extremadura, caminos de cultura: La villa romana de Pesquero, en El lince con botas 3.0, de Canal Extremadura


Extremadura tiene un pasado romano, que lo es también a nivel nacional e inclusive peninsular. Un pasado que no es exclusivo de nuestra región, que aparecería como tal siglos después, pero que sirve a nuestra comunidad como una de sus bases históricas otorgándole un legado que forma parte intrínseca de nuestra cultura. Una herencia muchas veces reconocida y mimada. En otras ocasiones, tristemente abandonada, olvidada y hasta perdida. La villa romana de Pesquero es uno de estos vergonzosos ejemplos.

Libre Producciones, dentro de su programa El lince con botas 3.0 ha querido rescatar el yacimiento de ese letargo infringido en que han hundido este monumento, mostrando, promocionando y divulgando el conocimiento de lo que fuera un destacado complejo agropecuario fundado en el siglo I de nuestra era. Para ello, ha querido contar una vez más con la colaboración de Extremadura: caminos de cultura. Muy honrados con la invitación, se aceptó ésta y pudo realizarse una grabación in situ el pasado mes de marzo. Mañana, día 16 de mayo y sobre las 23.30 horas, se emitirá en antena el reportaje y podremos ver frente a la pequeña pantalla, vía Canal Extremadura, el resultado. Hasta entonces, os dejo con las palabras de presentación que nos ofrece Libre Producciones. Sirva este trabajo, una vez más, al conocimiento de nuestra cultura, al rescate de nuestros monumentos y, con ambas pretensiones de la mano, al progreso de nuestra región.

"La Lista Roja del Patrimonio es una iniciativa de la asociación Hispania Nostra con el fin dar a conocer y proteger el Patrimonio Histórico que se encuentra abandonado y en peligro, sometido a riesgo de desaparición, destrucción o alteración esencial de sus valores. Hispania Nostra entiende que el conocimiento del patrimonio debe ser facilitado y abierto a la sociedad y no sólo quedar circunscrito al ámbito de estudiosos, técnicos, políticos y otros profesionales de la materia. Por esta razón la Lista Roja no debe considerarse como un inventario o un trabajo académico, sino como una llamada a la sociedad civil para que conozca, se sensibilice y actúe.
En Extremadura hay más de cincuenta elementos incluidos en la lista, entre edificios singulares, conjuntos históricos y arquitectónicos y monumentos. Entre los yacimientos arqueológicos hasta tres villas romanas, una de ellas, la de Pesquero, datada a finales del primer siglo de nuestra era, ejemplo de olvido, digna de una melancólica, byroniana reflexión, que el lince encuentra de la mano de Samuel Rodríguez Carrero, uno de los constantes activistas en favor de la reivindicación de toda nuestra huella cultural y su influencia en nuestro presente."

Si deseáis conocer más sobre la villa romana de Pesquero, os invito a visitar la entrada que sobre la misma se publicó en diciembre del pasado año en este mismo blog:



martes, 9 de mayo de 2017

Colaboraciones de Extremadura, caminos de cultura: Acueducto de Valencia de Alcántara, en el Rincón de la Memoria, de Canal Extremadura Radio


Aunque la periodicidad de emisión ha disminuido, Charo López, periodista de Canal Extremadura Radio, no ha cesado ni un instante en su empeño por rescatar del olvido monumentos, enclaves y lugares destacados o reseñables dentro de la geografía e historia de nuestra región. Armada con su amor por el patrimonio extremeño, ha logrado hacer de su Rincón de la memoria, un espacio inigualable entre sintonías radiofónicas para conocer con más detalle espacios únicos de Extremadura.

El pasado lunes, 8 de mayo, se emitió en la tarde de Canal Extremadura Radio un nuevo programa, dedicado en esta ocasión al Acueducto de Valencia de Alcántara. Para tal labor se quiso contar nuevamente con la colaboración de este blog, que gustosa y honradamente prestó toda la ayuda requerida. Rememorando a Viriato y a las tropas lusitanas que un día recorrieron las tierras valencianas, y haciendo hincapié en el presunto origen romano de la villa, se hablará de un monumento desconocido por el gran público que, sin embargo, conserva entre sus piedras la memoria de otros tiempos, cuando este enclave rayano de la región era protagonista de capítulos fundamentales en la historia de la Península Ibérica.

Sin dejar de agradecer a Charo López y Canal Extremadura Radio su labor promocional en pro de la divulgación del patrimonio e historia de la región, acordándose para ello de este espacio en la red, invitamos al lector a pulsar sobre el enlace anexo que lleva al visitante a la web de Canal Extremadura, conduciéndole al punto exacto donde el Rincón de la memoria se ofrece en todos sus capítulos emitidos, esperando que el visitante disfrute del trabajo elaborado así como del acueducto valenciano que, salvando el cauce del regato Peje al Sur de la localidad, aguarda al caminante para descubrirle entre arcos y dovelas almohadilladas sus más añejas crónicas, que son las de nuestra península, nuestro país y nuestro pueblo.

http://www.canalextremadura.es/radio/entretenimiento/el-rincon-de-la-memoria

http://www.canalextremadura.es/radio/entretenimiento/el-rincon-de-la-memoria

Si alguien desea leer más sobre este monumento, bajo estas líneas acompaño igualmente el enlace a la entrada que sobre el Acueducto romano de Valencia de Alcántara se publicó en el presente blog (febrero de 2.016):

http://caminosdecultura.blogspot.com.es/2016/02/acueducto-romano-de-valencia-de.html

sábado, 6 de mayo de 2017

Arte en ruinas se presenta en sociedad


El pasado jueves, día 4 de mayo, tuvo lugar en el Centro Cívico de Almendralejo la presentación pública de la web "Arte en ruinas". La página celebraba de esta manera sus primeros cinco meses en la red, intentando con esta exposición dar un mayor empuje al proyecto ideado y llevado a cabo por el Licenciado en Historia del Arte, José Luis Díaz

La idea de José Luis es mostrar a través de su web, ubicando en el mapa de nuestra región, los monumentos y el patrimonio más castigado y olvidado de Extremadura: traer ante el público y divulgar el conocimiento de aquellos castillos, edificios civiles, monumentos religiosos y legado industrial que, desde su abandono y ruina, necesitan y se merecen una digna promoción que los rescate de la postergación e indiferencia, luchando inclusive por su rescate y puesta en valor.

Invitados al evento, "Extremadura: caminos de cultura" acudió a la Ciudad del Cava en pro de apoyar a José Luis en un proyecto en el cual, muy honradamente, hemos tenido el gusto de colaborar indirectamente ofreciendo desde el blog una información que José Luis ha sabido adecuada y gratamente manejar, mirando por la divulgación de nuestro patrimonio más desprotegido.

Deseándole lo mejor a José Luis en su aventura cibernáutica, y brindándole nuestro más sincero apoyo, os invitamos a visitar Arte en ruinas ofreciéndoos un enlace directo a mencionada web a continuación. Sirva todo en pro de la salvaguarda de nuestra herencia cultural y, por ende, del progreso de nuestra tierra.


miércoles, 26 de abril de 2017

Imagen del mes: Capiteles hispano-visigodos reconvertidos en pilas de agua bendita, en la Iglesia de Santa María de la Asunción de Brozas


Encontrados en la finca conocida como "Las Pueblas", dos capiteles hispano-visigodos, labrados bajo un lejano orden corintio estilizado donde se intercala la ornamentación vegetal en uno y geométrica en su hermano, sirven hoy en día no sólo como pilas de agua bendita a los feligreses que acuden a la Parroquia brocense de Santa María de la Asunción, sino inclusive como verificación de la presencia visigoda en los contornos, vestigios estas piezas de lo que pudo ser una desaparecida basílica visigótica previa a la llegada del Islam, posible reconversión cristiana a su vez de algún templo dedicado a algún dios pagano o deidad indígena, encargado de la protección de las aguas subterráneas, baños próximos y fuentes abundantes en el enclave.
Brozas (Cáceres). Siglos VI-VII; estilo hispano-visigodo.


Arriba: respectivas vistas del lateral izquierdo de sendos capiteles hispano-visigodos de la Iglesia Parroquial de Brozas, marmóreas piezas labradas bajo un estilizado estilo corintio donde la decoración vegetal en el ejemplar cercano a la portada del evangelio, así como la geométrica en su hermano del lado de la epístola, se intercala entre lo que serían evolucionadas volutas y hojas de acanto.

Abajo: los dos capiteles hispano-visigodos, reconvertidos en pilas de agua bendita, permanecen junto a los pilares que sostienen el coro de la conocida como "Catedralina" brocense, templo declarado Monumento Nacional en 1.988.


viernes, 31 de marzo de 2017

Castillos del Señorío de Feria: Villalba de los Barros, Zafra, Feria, Nogales, Salvaleón, Salvatierra de los Barros y de Los Arcos, en Almendral (galería fotográfica)


Con la proclamación en 1.812 de la conocida como Constitución de Cádiz, primera Constitución Española, las Cortes generales y extraordinarias reunidas en la ciudad andaluza desde 1.810 confirmaban, a través del capítulo primero y artículo segundo del texto legal, que la Nación española es libre e independiente y, por lo tanto, no es ni podría ser nunca patrimonio de ninguna persona. La soberanía del país, además, residiría esencialmente en la propia Nación, perteneciendo por tal y exclusivamente a ésta el derecho de establecer sus leyes. Principios de libertad, independencia, soberanía popular que confrontaban directamente con las bases del Antiguo Régimen y especialmente con ciertos vestigios de estructura medieval aún subsistentes entonces en España, y para cuya extinción y allanamiento a la venida constitucional al país las Cortes firmarían una serie de normas y decretos reformadores entre los que destacaría aquél que dictaminaba la abolición de los Señoríos, fechado el 6 de agosto de 1.811.

Habría que remontarse a la España medieval y a los años postreros a la continua reconquista efectuada por cada rincón de la geografía para conocer el origen de un sistema de organización territorial y gobierno comarcal que respondía más a los caprichos de la Corona y a las intrigas de palacio que a la búsqueda efectiva de una administración propicia adecuada a cada realidad local y diseñada en pro del porvenir de cada enclave en particular. Los señoríos, bajo un poder eclesiástico o fundamentalmente nobiliario, constarían no sólo con la propiedad absoluta sobre un territorio concreto cuyas dimensiones podrían variar ante la suma de nuevos contornos o división de los mismos, sino además con la plena jurisdicción sobre semejante superficie, incluyendo el pleno gobierno de las localidades allí asentadas, así como sobre los habitantes convertidos en vasallos del patrono. Recaían por tanto en el señor tanto los derechos a decidir sobre el desarrollo económico del lugar, como incluso la jefatura de los lugares a modo de máxima autoridad. Un cometido que, en épocas de declive monárquico, pudo venir acompañado del empuje, iniciativa y desarrollo que la Corona no era capaz de dar, pero que sin embargo, y especialmente a lo largo de la Edad Moderna, se desenvolvería como todo un freno y escollo ante la evolución de los pueblos que la historia europea iba marcando.


Arriba: el castillo de Feria, capitaneando el caserío que conforma la población de la que el monumento toma el nombre, domina sobre los contornos mostrándose como posiblemente la más relevante obra militar con que contase el Señorío de Feria, alojamiento puntual de los Suárez de Figueroa que escogerían el Alcázar de Zafra, más palaciego que la fortaleza corita, como lugar de residencia habitual.

En los territorios de Extremadura, donde los señoríos eclesiásticos eran una escasa realidad, más de la mitad de las poblaciones llegaron a estar supeditadas a señoríos nobiliarios, contándose el resto, prácticamente la otra mitad de la región, de las que se exceptuarían las ciudades y poblaciones con fueros, así como las villas de realengo supeditadas al poder regio y que no fueran entregadas por el monarca a ningún favorito nobiliario o clerical, a las Órdenes militares que recibieran territorios que controlar y gobernar en esta parte del país, tres inicialmente, Alcántara y Santiago definitivamente tras la disolución del Temple. Los propios señoríos variaban en número y extensiones al compás de los devenires históricos. Donados, regalados, enajenados o vendidos por la Corona, el mapa iba variando según los territorios se iban entregando a un nutrido grupo de familias que pasaban, de esta forma, a convertirse en gobernantes de una porción de Extremadura. El propio trascurrir de la historia de cada linaje conllevaba que los señoríos se vendiesen, cediesen, entregasen o heredasen entre estirpes, sin que fuera tampoco aislado el caso de alguna localidad que, para acabar con el mandato de algún noble sobre ellos, lograse comprar su propia jurisdicción convirtiéndose así en sus propios amos.

Se podría mencionar la gobernación de los Portocarrero en Villanueva del Fresno y Montijo, la de los Vargas en Higuera de Vargas, a Fernán Sánchez de Badajoz en Barcarrota, que pasaría después y tras varias vicisitudes a Hernán Gómez de Solís, dueño igualmente de Salvatierra de los Barros,  como su hermano Gutierre lo fuera de la ciudad y territorios de Coria. La familia Stúñiga, Estúñiga o Zúñiga poseería los Señoríos de Burguillos de Cerro y Capilla. Los Fernández Manrique el de Galisteo, y los Sande el de Valdefuentes. Los Señoríos de Almaraz, Belvís y Deleitosa serían gobernados conjuntamente por Blasco Gómez de Almaraz. El de Granadilla, con sus quince poblaciones dependientes, recaería en manos de los Duques de Alba. Pero de todos ellos, quizás el que mayor relevancia alcanzase sería, con los Suárez de Figueroa, el Señorío fundado en 1.394 y que con el tiempo tomaría como nombre el de Feria, constituido cuando Enrique III de Castilla donara a D. Gomes I Suárez de Figueroa, aún siendo menor de edad y mayordomo de la reina Catalina de Lancaster, como agradecimiento y premio a su lealtad a la Corona, más posiblemente como reconocimiento a la labor de su padre Lorenzo I Suárez de Figueroa como Gran Maestre de la Orden de Santiago, las localidades de Feria, Zafra y La Parra. Incrementado tan sólo un año después con las adquisiciones de Nogales y Villalba de los Barros, el Señorío de Feria llegaría a conglomerar no sólo vastos territorios enclavados fundamentalmente en la zona media de la provincia de Badajoz, sino inclusive un relevante número de poblaciones convertidas con los siglos en diecisiete de los municipios  actuales con que cuenta la región, ubicados en su mayoría dentro de la comarca de Zafra-Río Bodión. Oliva de la Frontera y Valencia del Mombuey, adquiridos en 1.402, ampliarían la lista, a la que se sumarían La Morera y Alconera en tiempos del hijo de D. Gomes, Lorenzo II Suárez de Figueroa. Su sucesor, Gomes II, obtendrá Almendral y Torre de Miguel Sesmero en 1.465, así como previamente Salvaleón en 1.462. Tras él, en 1.523, Lorenzo III se hará con Salvatierra de los Barros. Santa Marta y Corte de Peleas serían creadas por Gomes I, refundándose en tiempos de Gomes II Solana de los Barros. La Lapa, ya existente en la época inicial del Señorío, se contaría entonces como heredad o aldea dependiente de Zafra.


Arriba:  vista de la población de Nogales, presidida por su castillo, desde la fortaleza de Salvatierra de los Barros, adquirida la primera villa por los Suárez de Figueroa en 1.395, apenas un año después de recibir en donación Feria, Zafra y La Parra y en los inicios del Señorío de Feria, comprada la segunda a los Gómez de Solís más de un siglo después, en 1.523, como una de sus últimas adquisiciones, alcanzando el que se convirtiera entonces en Condado tal envergadura geográfica, demográfica y espacial, que bien podría considerarse no sólo como uno de los más destacados señoríos de España, sino inclusive y de facto un auténtico Estado dentro de la propia región.

De Señorío a Condado en 1.460, Ducado en 1.567, el Estado que llegaron a controlar los Suárez de Figueroa, y que más tarde, ante la falta de descendencia directa, pasaría a manos de los marqueses de Priego en 1.637, se presentaría como todo un conglomerado de villas y localidades, dehesas, fincas, campos de labor, incluso serranías donde la voluntad de los titulares posibilitaría, en ocasiones, el porvenir de sus vasallos y propiedades, derivando durante otros gobiernos al malestar y la confrontación ante el alto control ejercido por los señores sobre la vida de sus súbditos. No faltaría, además de la redacción de normativas y establecimiento de ordenanzas, el mecenazgo de obras arquitectónicas y artísticas de diversa índole, tanto religiosas como civiles, levantándose edificios de nueva planta o rehabilitándose otros anteriores entrados en decadencia. Conventos, iglesias, ermitas, hospitales, plazas porticadas o palacios, a los que se sumaría un nutrido grupo de castillos y alcazabas que respondían a la obligación contraída por los titulares del señorío a la defensa de éste y de sus habitantes. Desde la fortaleza de Feria se divisarían la mayor parte de los contornos en manos de los Suárez de Figueroa, incluidos los castillos de Villalba de los Barros y Nogales. Construido el último por los señores del lugar, también este linaje sería el artífice de la construcción de los castillos de Salvaleón y de los Arcos, en Almendral. No ocurriría así con el de Salvatierra de los Barros, mandado edificar por los Gómez de Solís pero que pasaría a manos de los Suárez de Figueroa tras la compra de la localidad en los años 20 del siglo XVI. Desaparecido quedaría, con el tiempo, el castillo de Oliva de la Frontera, al igual que el de Torre de Miguel Sesmero, del que sólo restan vestigios de un torreón. Poco uso militar le darían sin embargo los Suárez de Figueroa al alcázar de Zafra, edificado como culmen a la fortificación y defensa del lugar, pero que acogería en su interior todo un palacio señorial destinado a fijarse como sede y lugar de residencia habitual del linaje, hoy Parador de Turismo de la localidad.

Desde Extremadura: caminos de cultura, ofrecemos al lector una visita a lo que fuera el Señorío de Feria, pudiendo conocer mejor este antiguo estado nobiliario y porción de nuestra región a través de las siete fortalezas que en pie y pertenecientes a los Suárez de Figueroa quedan en ella, las cuales, restauradas unas y en declive otras, logran mostrar a través de sus muros y piedras no sólo la historia del que se acabara convirtiendo en uno de los Ducados más destacados de España, sino también la de las localidades donde se asientan y, con ellas, la de Extremadura. Toda una galería fotográfica distribuida entre los siete castillos existentes, creada en pro de la divulgación y promoción de estos siete monumentos, persiguiendo la difusión ilustrativa de estos bienes particulares y la del patrimonio histórico-artístico extremeño. Esperamos que el reportaje cumpla tal cometido y, por supuesto, sea siempre del agrado del lector.


Arriba: Torre de Miguel Sesmero, antiguamente conocida como Torre de Almendral, toma su propio nombre, al parecer, de la existencia de una fortaleza que defendería la población, demolida en 1.841 y de cuyo derribo únicamente se salvaría un torreón de planta semicircular, reacondicionado como vivienda y ubicado junto al actual Paseo de Extremadura.


Arriba y abajo: edificado en mampostería con añadidura de ladrillo, el torreón medieval de Torre de Miguel Sesmero presenta una planta semicircular que haría pensar en su primitivo destino como torre defensiva adyacente al cercado amurallado de la extinta fortaleza, castillo cuyo origen se desconoce y que pudiera haber sido erigido por los Suárez de Figueroa tras la adquisición de la localidad en 1.465 como defensa de la población, cuyos datos más antiguos se remontarían, un siglo antes, a la repoblación de la zona por el Obispo de Badajoz.



Arriba y abajo: a pesar de su conversión como parte de vivienda, incrustado el torreón entre el caserío, se pueden seguir apreciando hoy en día elementos militares de la obra, como la aspillera abierta en lo que fuese frontal de la atalaya, circundada de ladrillo y reconvertida en actual vano.


CASTILLOS DEL SEÑORÍO DE FERIA: VILLALBA DE LOS BARROS, ZAFRA, FERIA, NOGALES, SALVATIERRA DE LOS BARROS, SALVALEÓN Y DE LOS ARCOS, EN ALMENDRAL

(Galería fotográfica)


- CASTILLO DE VILLALBA DE LOS BARROS:


Lorenzo II Suárez de Figueroa, segundo señor de Feria e hijo del fundador del Señorío, D. Gomes I, se hacía llamar Señor de la Casa de Villalba. Hasta la construcción, a partir de 1.437, del alcázar zafrense, los Suárez de Figueroa residirían en el castillo de Villalba de los Barros, único, junto con el de Feria, en pie en los años de fundación e inmediata ampliación del Señorío. Ni La Parra, ni Nogales, ni Oliva de la Frontera ni Valencia de Mombuey contarían con castillo, alojándose la familia durante sus estancias en Zafra, la localidad más destacada de entre todas las adquiridas, en unas casas cercanas a la Plaza Grande, solar donde más tarde se erigiera el Hospital de la Salutación o de Santiago.

El castillo de Villalba, de presunto origen islámico, comenzaría a reformarse en 1.397, apenas dos años después de la compra de la localidad, levantándose la torre del homenaje que centra su flanco noroccidental. Con la concesión por parte de Enrique III en 1.400 del permiso de ampliación y reestructuración del inmueble, las obras adquieren mayor relevancia, orientadas a convertir en un auténtico alcázar la fortaleza, reforzada exteriormente pero adecuada en su interior a la vida palaciega. De tal manera, y en rededor de un patio cuadrado, los antiguos muros de tapial hispano-musulmán se verían antecedidos por otros adosados a éstos de mampostería y elevada altura, rematados en las esquinas con torreones circulares huecos, macizas las torres enclavadas en el punto medio de los laterales, exceptuándose aquélla unida a la torre del homenaje. El aspecto recio de la construcción sólo sería roto con ventanales de ladrillo y estilo mudéjar, fabricados por manos musulmanas que a su vez, y en el interior del recinto, decorarían con pinturas polícromas en base a lacerías algunas de las estancias donde los Suárez de Figueroa habitaron cómodamente hasta su traslado a la cercana Zafra.


Arriba y abajo: en el flanco noroccidental de la fortaleza villalbense se erigió, a partir de 1.397, la torre del homenaje del castillo, a la que se añadiría un portentoso torreón semicircular que defendiera tanto ésta, como la puerta de entrada al recinto (abajo), hoy cerrada al público en espera del final de las obras de restauración y habilitación del mismo como espacio público, tras años de abandono y ruina.



Arriba y abajo: tras la construcción de la torre del homenaje y la ampliación y reestructuración del edificio ejecutada tras obtener los Suárez de Figueroa permiso real en 1.400, una última intervención, efectuada en 1.449, dotó al monumento de antemuro y foso, desaparecido este último, y restando algunos retazos del cinturón amurallado en los laterales norte (arriba), y esquina suroriental del conjunto (abajo y contigua).




Arriba y abajo: vista general del flanco suroccidental del castillo de Villalba, cuyo diseño, repetido en los flancos suroriental (abajo) y nororiental, se basa en la ubicación de torreones huecos y circulares en las esquinas del cubo de que consta el edificio, apoyados en su labor defensiva por torreones macizos enclavados en los puntos medios de cada lateral mencionado.



Arriba y abajo: con gruesos y altos muros de mampostería adosados a un cinturón de tapial anterior, el aspecto externo de la fortaleza villalbense se muestra recio y sólido, sólo roto por diversos ventanales, asomados desde la doble planta con que cuenta el interior del monumento, fabricados en ladrillo y diseñados en claro estilo mudéjar (abajo y contigua).




Arriba y abajo: es en el torreón sur donde se descubre el ventanal mejor conservado de los del piso superior del castillo de Villalba de los Barros, diferentes a los bajos por su elaborado diseño mudéjar, apreciándose en éste, el occidental de los dos abiertos en tal torre, un llamativo arco de herradura (abajo).



Arriba y abajo: aspectos actuales de dos de los ventanales del piso superior abiertos en el flanco suroriental, de marcado diseño mudéjar pero que, al igual que en otros puntos del edificio y a diferencia del vano occidental del torreón sureño, han llegado a nuestros días en pésimo estado de conservación.



Arriba y abajo: los ventanales del piso inferior, de ladrillo como sus hermanos superiores, se ofrecen en un diseño que, aunque igualmente mudéjar, responde a un carácter sencillo, sin ornamentación ni elaboraciones artísticas.



Arriba y abajo: aspectos del flanco nororiental del monumento, cuyo torreón norteño, cercano a la torre del homenaje, apoya la defensa de la portada de entrada al recinto (abajo).


- ALCÁZAR DE ZAFRA:


Dos años después del enlace entre Lorenzo II Suárez de Figueroa y María Manuel, los jóvenes esposos deciden convertir definitivamente Zafra como su localidad de residencia, dictaminando para ello edificar un alcázar que, además de culminar las obras de defensa y amurallamiento del núcleo urbano comenzadas por D. Gomes I, sirviera a su vez como palacio. Se escogería para ello el solar donde antaño se erigía el conocido como Castellar, o alcazaba musulmana, colocándose la primera piedra en 1.437. La autorización real, por parte de Juan II, llegará en 1.441, dándose por terminadas las obras en 1.443. Como resultado, los Suárez de Figueroa, y Zafra con ellos, contarían con un alcázar de planta cuadrada que, al igual que el remodelado castillo de Villalba de los Barros, encajaría en el modelo de castillo palaciego de finales del medievo, de altos muros simétricos culminados en sus esquinas con torreones cilíndricos, sumándose en los puntos medios de los flancos norte y sureño cubos semicirculares, que en el muro occidental se duplicará apareciendo dos torres custodias de la portada de entrada, mientras que en la zona oriental será sustituido por una gran torre del homenaje, de planta circular y mayor altura que el resto del edificio.

También como en Villalba, y verificando el mecenazgo de los Suárez de Figueroa a la obra mudéjar, artistas musulmanes fueron llamados a trabajar en la construcción del alcázar zafrense, componiendo en este caso dos reseñables artesonados, conservados hoy en día y catalogados como de los más destacados de la región. Ornamentación que se conjugaría con las pinturas murales que, desaparecidas en su mayor parte, se mantienen en el tercer nivel de los cuatro en que se divide la torre del homenaje. Sin embargo, lo más llamativo dentro del alcázar sería el patio de diseño herreriano que, tras la elevación del Condado a Ducado en 1.567, sería mandado ejecutar, diseñado en doble planta de clásica arquería de medio punto, separados los arcos, tres en cada flanco, por pilastras de orden toscano en la inferior y jónico en la superior. Las galerías circundantes se cubrirían con bóvedas de arista cuyos arcos fajones de separación entre tramos descansarían, en la planta baja, sobre clásicas molduras labradas. Una fuente culminaría las reformas renacentistas del palacio que, años después, vería nuevos añadidos, enclavadas dos edificaciones a ambos lados de la portada, así como una galería porticada junto a la torre del homenaje y mitad sur del flanco de levante.


Arriba y abajo: cuadrado en su planta, los muros de mampostería que circundan el alcázar zafrense son rematados en sus esquinas por torreones circulares que, en los flancos norte (arriba) y meridional se complementan con otra torre semicircular enclavada en su punto medio, pareada en el lado occidental para defensa de la portada de entrada allí ubicada (abajo).



Arriba y abajo: sobre la portada de acceso al castillo palaciego, encuadrada entre dos torreones de planta semicircular rematados con la línea de almenado que circunda todo el edificio, un matacán fabricado con sillares suma defensa a la entrada al monumento, ubicado bajo él uno de los escasos vanos con que cuenta el edificio, ventana geminada de corte gótico, destacando sobre el arco de medio punto de la puerta la pieza pétrea donde, entre los escudos de los Figueroa y de los Manuel, se rememora la colocación de la primera piedra del edificio en 1.437 (abajo).



Arriba y abajo: tras la conversión del Condado de Feria en Ducado, como reconocimiento por parte de Felipe II a los servicios aportados al país y a la Corona por Gomes III Suárez de Figueroa y Fernández de Córdoba, su hijo Lorenzo III Suárez de Figueroa y Córdoba decide llevar a cabo diversas reformas en el palacio, centradas fundamentalmente en la elevación de un nuevo patio matriz, de estilo herreriano y fábrica marmórea que ofrecería dos plantas de triple arcada simétrica por lado, con arcos de medio punto separados por pilastras de orden toscano en la zona inferior (arriba), jónico en la superior, cubriéndose las galerías resultantes con bóvedas de arista (abajo).



Arriba y abajo: dentro de la escasa ornamentación propia del estilo herreriano destacan, en la planta baja del patio, las molduras sobre las que descansan los arcos fajones que delimitan los tramos de bóveda de arista que cubren los galerías circundantes, volutas marmóreas labradas en estilo clásico (abajo).



Arriba y abajo: una placa, conservada en el zaguán de entrada y actual acceso al Parador Nacional de Turismo hace referencia, en castellano y letras góticas, a la terminación de las obras de cercado de la localidad en 1.442, sistema defensivo del que también formaría parte el alcázar, que dispondría a su vez de su propio amurallamiento, delineado frente a los flancos norte y occidental del inmueble, contando con la puerta del Acebuche como la fachada desde el interior de la población al patio de armas que antecedía al propio palacio ducal (abajo), erigida en el siglo XVII en estilo barroco de líneas clásicas.


- CASTILLO DE FERIA:


Cuando los Suárez de Figueroa reciben la población de Feria en 1.394, cedida por el monarca castellano junto a Zafra y La Parra, toman en posesión la antigua fortaleza que capitaneaba el lugar, compuesta de un amurallamiento y sin torre del homenaje en su interior que correspondería, muy seguramente, a una antigua alcazaba islámica edificada quizás a comienzos del siglo XI. Aunque la familia decidiera alojarse en un principio en el castillo de Villalba, también existente en los primeros años del señorío y enclavado en una zona de riqueza agraria, no dejaron los Suárez de Figueroa de interesarse en el castillo de Feria, debido a su estratégica situación desde la cual poder controlar frente a otras facciones nobiliarias sus cada vez más crecientes territorios, y defender los mismos no ya de los musulmanes, pero sí de la cercana Portugal.

Lorenzo II Suárez de Figueroa, constructor del alcázar zafrense, será quien decida rehabilitar y reforzar con torreones cuadrangulares y semicirculares el perímetro amurallado que circunda el conjunto, enclavado en el flanco oriental de la Sierra de San Andrés y adecuado a las irregularidades del terreno, sin que por ello deje de presentar un cierto plano rectangular. Darán comienzo las obras entre 1.458 y 1.460, continuándose con la elevación de una céntrica y majestuosa torre del homenaje, de 31,5 metros de altitud, que sirviera de alojamiento en tiempos de paz a la familia, y resguardo de la milicia durante posibles episodios bélicos. Terminada por Gomes II Suárez de Figueroa en derredor del año 1.480, se construiría junto a ella una muralla de tipo diafragma que, uniendo los flancos occidental y oriental del cinturón defensivo con la torre, permitieran dividir el amplio terreno interno de la fortaleza en dos recintos, reduciéndose así la guarnición requerida para su defensa cuando no hubiera guerra, y ofreciendo un reducto de seguridad en caso de asedio. La torre se compondría a su vez de cuatro plantas y terraza con acceso, como medidas de seguridad, a través del  segundo piso, abierta la portada, en recodo, al camino de ronda del muro diafragma. Los Suárez de Figueroa podrían dominar desde allí sus contornos, reflejar su poder frente a vasallos y extraños, así como contar con un hospedaje donde poder descansar en viajes, o tras sus jornadas de caza y asueto.


Arriba y abajo: el castillo de Feria, de titularidad pública, se ofrece hoy en día plenamente restaurado tras años de abandono y desidia, sede del Centro de Interpretación del Señorío de Feria donde poder encontrar, además de amplia información sobre la familia Suárez de Figueroa y sus dominios, una acertada maqueta de la fortaleza corita donde se establece.



Arriba y abajo: carente de torre del homenaje la fortaleza primitiva, decidieron los Suárez de Figueroa elevar un imponente torreón prismático y de planta cuadrada en la zona central del castillo (arriba, en su cara meridional; abajo, flanco septentrional), con más de 31 metros de altura y gruesos muros de mampostería en los que apenas se abren vanos que permiten la entrada de luz al interior de sus cuatro plantas.



Arriba y abajo: entre las medidas defensivas con que se dotó a la torre del homenaje del castillo de Feria, además de su robustez y altura, se pensó en curvar sus esquinas, almenar su coronamiento, hoy desaparecido, sobre cornisa sustentada por canecillos, así como abrir la portada de entrada al recinto en la segunda planta del mismo, conectada con la muralla diafragma que divide el espacio interior de la fortaleza en dos (abajo).


Abajo: no faltan los elementos ornamentales que decoren y enriquezcan artísticamente la torre del homenaje de la fortaleza de Feria, destacando entre ellos, tras haberse perdido los blancos esgrafiados que la cubrían en su integridad y que, al parecer, brillaban al sol haciendo relucir el edificio, la puerta de acceso de diseño gótico culminada con arco mixtilíneo cuyos vértices figuran rematados con rosetas, y donde una banda en cuyo interior aparece labrada una sentencia en letras góticas circunda el paso al interior del monumento.



Arriba: tras la construcción de la torre del homenaje y la muralla diafragma unida a ésta, quedaría el recinto interno de la fortaleza dividido en dos secciones, destinada la principal y sureña (arriba), a albacara o espacio dedicado al acogimiento de ganado, tropas o la propia población cercana durante los posibles capítulos de asedio.

Abajo: vista general del muro más meridional del castillo de Feria, construido, como el resto de la cerca, en mampostería, adaptadas tapias y diseño a la orografía del terreno, culminada con un adarve defendido antaño por almenado, hoy desaparecido, y reforzada con cubos y torreones de planta circular que si bien fueron añadidos principalmente tras la toma de posesión del edificio por los Suárez de Figueroa, se cree en la posible preexistencia de algunos de ellos, originarios del primitivo recinto militar.



Arriba: el muro diafragma que dividía la fortaleza en dos, desaparecido el lienzo occidental que unía muralla con el flanco de poniente de la torre del homenaje, culmina en su extremo de levante en un torreón circular desde el cual, tanto antaño como hoy en día, se puede divisar la penillanura del Guadiana, abierta a los pies nororientales de la sierra donde se asienta el castillo.


Arriba y abajo: el espacio septentrional resultante de la división del interior de la fortaleza en dos tras la edificación de la muralla diafragma, quedaría reservado a recinto de seguridad precedente a la propia torre del homenaje, donde destaca la presencia de un aljibe (abajo) que permitiera el abastecimiento de agua en esta sección, como lo hicieran también los depósitos construidos en el recinto meridional, así como en los bajos de la propia torre capital.



Arriba y abajo: el flanco occidental del cercado ofrece hoy en día tramos restaurados (arriba), así como retazos sin reedificar (abajo), como ilustración de cómo pudo ser el sistema amurallado con que contase la fortaleza, dotado con adarve protegido entre petriles y desaparecido almenado, y cómo llegaría a nuestros días tras entrar en desuso y caer en pleno abandono el edificio.



Arriba: dividido el interior de la torre del homenaje en cuatro plantas, quedaban todas ellas adecuadas a albergar tanto a la familia propietaria, como al alcaide y guarniciones, contando para ello con variados servicios que facilitasen la estancia en el interior de tan recio torreón, como las holgadas chimeneas que calentaran tan amplios espacios.


Arriba y abajo: mientras que la planta segunda, primera a la que se tenía acceso, quedaba destinada al alojamiento de los Suárez de Figueroa cuando por la localidad pasaran o anduvieran de caza o pasatiempo por los contornos, presentando por ello diversos elementos ornamentales que convirtieran el austero recinto militar en un agradable espacio palaciego (arriba), la planta inicial, a la que se accedería desde la superior, sería destinada a almacén, bodega y cocinas, sustentadas sus dos altas bóvedas de cañón por elevados arcos de medio punto fabricados en ladrillo que soportarían, a su vez, el empuje de toda la estructura interna del monumento (abajo).



Arriba y abajo: entre sillares, no extraños pero poco presentes en la obra, figuraría enmarcado el estrecho ventanal que permitiría el paso de luz desde el exterior al interior de la planta baja de la torre del homenaje (arriba), de igual manera que otros vanos, muchos de ellos dotados con banco corrido, aliviaran la penumbra interna de las habitaciones y salas de que disponían las tres plantas superiores (abajo).



Arriba: pensado también como método defensivo del edificio principal del castillo de Feria, el acceso y comunicación entre plantas dentro de la torre del homenaje se realizaría a través de estrechas escaleras, partiendo desde la planta segunda, primera desde el exterior, tanto al piso bajo, como al tercero, y de éste al nivel cuarto y terraza del inmueble (abajo).


- CASTILLO DE NOGALES:



Una vez jurada fidelidad por sus nuevos vasallos, tenían los señores, entre otros deberes, proteger y defender tanto las nuevas propiedades adquiridas como la vida de los súbditos y habitantes en ellas residentes. Bien como medida de amparo ante las razzias dadas entre facciones nobiliarias enemistadas, o ante la posible llegada de un enemigo nacional externo, las localidades eran preparadas para abrigarse ante posibles ataques y asedios, reforzando defensas previas, rehabilitando fortificaciones añejas, o levantando de nueva planta castillos desde donde poder repeler las embestidas extrañas, custodiando en su interior tropas, vecinos y bienes de primera necesidad o supervivencia.

Sería éste el motivo que llevase a los Suárez de Figueroa no sólo a reforzar castillos como el de Villalba, o levantar cercados como la muralla de Zafra, sino inclusive a mandar edificar nuevas construcciones militares que coronasen las poblaciones adquiridas. Será así cómo Lorenzo II Suárez de Figueroa, en 1.458, ordenase erigir una pequeña alcazaba sobre la localidad de Nogales, por la misma época en que en Feria se estuvieran ejecutando las obras de mejora de su fortaleza. Como en el caso corito, sería el hijo de D. Lorenzo II, Gomes II Suárez de Figueroa, quien culmine la obra en 1.464, tal y como reza en la inscripción que, enmarcada entre los escudos de D. Gomes II y su esposa, Constanza Osorio y Rojas, corona la portada de entrada principal y suroriental de las dos abiertas en el cinturón que circunda el cuadrado recinto. Este sistema amurallado, culminado con torres cilíndricas enclavadas en sus respectivas esquinas, responde a un diseño militar propio de finales del medievo, quedando la gran torre del homenaje enclavada en el interior del conjunto, custodiada por el cercado, del que la separa una galería, antaño cubierta en diversos tramos, de tres metros de anchura. El edificio, a su vez, contaría con un foso, quedando unido al inmueble un tapiado de mampostería que circundaría poligonalmente el perímetro previo al castillo, toda una muela o cerro escarpado llano en su cúspide cuyos terrenos, donde hoy se enclavan cementerio municipal y plazuela de acceso a la fortaleza, además de servir como lugar de refugio a vecinos y habitantes cercanos en caso de ataque, se convertiría en el primitivo enclave de asentamiento de la población, tras ser refundada la localidad en 1.448.


Arriba y abajo: el castillo de Nogales, erigido sobre una muela o cerro escarpado de cúspide llana con 451 metros de altitud, sigue las directrices arquitectónicas marcadas a finales del medievo a la hora de ejecutar muchas de las obras militares de la época, elevando sobre planta cuadrada un cercado rematado por torreones circulares esquineros que defiende la torre del homenaje inserta en el centro del patio, igualmente sobre plano cuadrangular y, en el caso nogaleño, elevada altura que alcanza los 23 metros, 12  de anchura por cada lado, discordantes con los 8 de altura de las atalayas de cada ángulo.



Arriba y abajo: la portada principal de entrada al recinto se abriría en el flanco suroriental del sistema de amurallamiento, fabricada con sillares graníticos dispuestos bajo diseño gótico alcanzando un arco apuntado delimitado por alfiz (arriba), sobre el cual sería colocado, rodeado igualmente por piezas de granito, una placa marmórea donde, además de lucir los emblemas de la familia con escudos doblados de los Figueroa-Manuel y los Osorio-Rojas, quedaría registrado el término de las obras de ejecución del castillo en el año de 1.464 (abajo).



Arriba y abajo: además de estar dotado de torreones y gruesos y altos muros, el castillo de Nogales presenta diversos elementos defensivos repartidos a lo largo de toda su estructura y ubicados en cada uno de sus flancos, destacando troneras y cañoneras (arriba), enmarcadas entre piezas graníticas, estrechas aspilleras, o matacanes tales como el que culmina la torre del homenaje en su lado sureño, más original el que, sobre la portada de acceso al recinto, permitiría verter todo tipo de líquidos o proyectiles sobre los atacantes (abajo).



Arriba: a pesar del carácter militar de la obra, destaca entre la mampostería del cinturón defensivo y bajo sus rectangulares almenas un friso de gusto mudéjar elaborado con ladrillo, repetido en torreones y bajo el almenado de la torre del homenaje, donde una doble fila de los mismos sostiene una red de canecillos, a modo de ornamentación del conjunto que, en tiempos de paz y como ocurriese con otros castillos del señorío, estaría acondicionado a modo palaciego como alojamiento de los Suárez de Figueroa, adecuadas las dos cámaras de la tercera de las seis plantas de la torre central como estancias nobles.


Arriba y abajo: aunque desaparecido con los pasos de los años, contaba inicialmente el castillo de Nogales con un foso que, en derredor del mismo, protegía la obra militar, necesitándose puentes retráctiles para poder acceder a su interior, recuperada la zanja en su frontal meridional tras llevarse a cabo las obras de restauración y adecuación para las visitas del monumento.



Arriba: también ejecutada en mampostería, como el propio castillo nogaleño, una cerca unida al castillo se erigió alrededor de la llanura abierta al frente de su portada meridional, alcanzando la parroquia de San Cristóbal y abarcando los terrenos que actualmente acogen el cementerio municipal y la plazuela de acceso a la fortaleza, antiguo enclave que, en época de refundación de la localidad desplazada de los contornos del vecino arroyo, acogería las viviendas de los primeros colonos, de esta manera defendidos.


Arriba: vista general del flanco nororiental del monumento, donde se puede apreciar la red de troneras y aspilleras que pueblan el cinturón amurallado, así como los diversos vanos que permiten la entrada de luz al interior de la prismática y elevada torre del homenaje del lugar.


Arriba y abajo: torres cilíndricas ubicadas en las esquinas oriental (arriba) y norte del monumento (abajo), de recia construcción y robustez sólo rota por el friso de ladrillo y canecillos que circunda y ornamenta el inmueble.



Arriba y abajo: en el flanco noroccidental, contrario a aquél donde se ubica la portada principal de acceso al edificio, una puerta auxiliar o poterna se abría sobre el foso, protegida por el torreón de poniente, bajo cuyo arco de ladrillo se conservan las quicialeras graníticas donde irían encajadas las hojas de la puerta de cierre de la misma (abajo, y contigua).




Arriba y abajo: vista general del flanco suroccidental del castillo de Nogales, en cuyo cinturón aparecen, como en el resto de laterales, una serie de aberturas pensadas en pro de la defensa del recinto, escondiéndose tras alguna de ellas las galerías o pasadizos que pudieran haber sido antaño utilizados como corredores defensivos por los que poder acceder desde el interior de la fortaleza a las aspilleras (abajo, y contiguo).




Arriba y abajo: torreones occidental (arriba) y sureño (abajo) del conjunto militar nogaleño.


- CASTILLO DE SALVALEÓN:


Frente al buen estado de conservación, restauración en muchos casos, de la mayor parte de los castillos enclavados en lo que fuese el Señorío de Feria, destacaría la ruina de la fortaleza ubicada en Salvaleón. Sin embargo, a pesar de su lamentable estado de abandono, puede seguir contándose entre tales obras militares aún en pie, desaparecidas los castillos de Oliva de la Frontera y Torre de Miguel Sesmero. A la desolación arquitectónica habría que sumar en el caso salvaleonense la carencia de datos sobre el monumento, cuyos orígenes algunos afirman situar en época de dominación islámica pero que, basándonos en el acta de entrega de la localidad a los Suárez de Figueroa, que la adquirirían en 1.462, sería de construcción posterior a la entrada del enclave dentro del Señorío de Feria, al no mencionarse en tal documento la existencia de ninguna obra militar en el lugar, como era habitual señalar en tal categoría de escrito.

Edificada seguramente y como en los casos de Oliva de la Frontera o Nogales para defensa del lugar, así como de las propiedades y vasallos residentes en el mismo y sus contornos, la fortaleza salvaleonense se enclavaría en la zona norte de la población. Los vestigios en pie no permiten visualizar el plano exacto de la alcazaba, donde la torre del homenaje, conservada aún y edificada en una primera fase constructiva, se elevaría en el flanco sureño, con 35 metros de altitud y 15 de anchura. Partiendo del torreón, un cinturón amurallado poligonal fabricado en un segundo periodo, circundaría los terrenos adyacentes y ubicados al norte del edificio previo, en base a un amurallado de mampostería, rematado en esquinas con torres circulares, manteniéndose hoy en pie escasamente dos tramos, unido el principal a la torre del homenaje en su camino hacia el Norte, conservado el torreón de unión entre este lienzo y el contiguo, derivado hacia levante. La puerta de acceso al conjunto, abierta junto a la torre principal en el muro unido a ella y así salvaguardado, quedaría a su vez defendido por otra atalaya más contigua.


Arriba: vista oriental de las ruinas del castillo de Salvaleón, enclavado sobre una suave loma al Norte del municipio, antaño afueras de la localidad, de cuya obra no sólo apenas se conservan restos arquitectónicos, sino inclusive escasa documentación sobre el mismo, atribuyéndosele un origen islámico que, sin embargo, posiblemente habría de ubicar a finales del siglo XV ya en manos la población de los Suárez de Figueroa, dotando así a la localidad de defensas, aún en uso durante las modernas guerras de Restauración portuguesa y de Sucesión.


Arriba: desconociéndose las primitivas y originales dimensiones de la fortaleza, se conservan hoy en día tanto la considerada torre del homenaje como dos tramos de muralla, unidos a ésta y entre sí, restos de lo que posiblemente fuera todo un cinturón defensivo que albergara los terrenos ubicados al Norte del torreón, enclavado éste en el extremo meridional de la obra.


Arriba y abajo: lado sureño de la torre del homenaje, prismática y voluminosa, ejecutada en mampostería con refuerzo de ladrillo, cuyas dimensiones alcanzarían primitivamente los 35 metros de altitud, 15 por costado, rotos sus muros por alguna sencilla aspillera, así como por balconadas en poniente y zona meridional (abajo), abierta la puerta de acceso en el lado de levante, comunicando con el interior del recinto.



Arriba y abajo: vista  intramuros (arriba) y externa (abajo) de los vestigios del cinturón amurallado que delimitaba los contornos de la fortaleza de Salvaleón, levantados con mampostería sobre plano poligonal donde las esquinas o puntos de unión entre flancos quedaban guarecidos por torreones circulares defensivos.



Arriba y abajo: un conjunto de torreones de planta circular apoyaban las defensas ofrecidas por el recio cercado que daba ser al castillo salvaleonense, enclavándose tales atalayas en los puntos de unión entre flancos del cinturón amurallado (arriba), a las que se sumaría un torre más, de mayor altura pero características fabriles semejantes (abajo), junto a la portada de entrada al patio de armas, abierta en el flanco occidental del murallón, anexa a la torre del homenaje.


- CASTILLO DE LOS ARCOS (ALMENDRAL):


A través de la carretera EX-105, unión entre Don Benito y la frontera con Portugal tras dejar atrás Olivenza, encontramos la senda que, en el tramo que de tal vía discurre entre Almendral y Valverde de Leganés, nos lleva a la finca particular en cuyas propiedades se ubica el conocido como castillo de Los Arcos, dentro del término almendraleño y a unos seis kilómetros de la localidad de cabecera. Formando parte de la conocida como Ruta de los Dólmenes nº 2, que intenta acercar a los monumentos megalíticos aledaños a Valverde, la obra militar se erige sobre una llanura aislada de cualquier núcleo de población, hecho llamativo pero que encontraría su razón de ser en la defensa de los términos más occidentales del Señorío de Feria, tras haber sido adquirido Almendral en 1.465 y encontrándose el entonces reino vecino a menor distancia que la que separa del país luso el monumento hoy en día, contándose Olivenza y sus contornos como plaza fuerte ajena a Castilla.

Habiéndose conservado sobre la portada principal un escudo partido con las armas de los Figueroa y los Sotomayor, defienden algunos autores la posibilidad de que esta fortaleza, erigida una vez el término en manos de los Suárez de Figueroa, no fuese levantada por mandato del miembro principal del linaje, sino concretamente por Lorenzo Suárez de Figueroa y Sotomayor, hijo de Pedro Suárez de Figueroa, hermano menor de Lorenzo II Suárez de Figueroa, y Blanca de Sotomayor, quienes, al parecer, decidirían fundar dentro del Señorío y para su hijo Lorenzo el mayorazgo de Arcos, dejándoselo por testamento de 1.474, una vez adquirida la localidad almendralense por su sobrino D. Gomes II.  Habiéndose concluido las obras en el castillo de Nogales diez años antes, la repetición de los cánones arquitectónicos de éste en la fortaleza de Los Arcos hace pensar en su inmediata construcción por D. Lorenzo apenas tomada posesión de la hacienda, figurando inscrita la fecha de 1.474 junto al blasón señalado, sin conocerse la vinculación exacta del año con la obra, bien como comienzo de la misma o terminación de la fábrica. Se levantaría nuevamente un cinturón amurallado, de planta rectangular en el caso presente, y recios muros de mampostería rematados en sus esquinas con torreones cilíndricos que defenderían la torre del homenaje elevada en el patio, posteriormente desmochada o, como se cuenta popularmente, víctima de la explosión de la propia pólvora allí almacenada, apenas visible hoy en día desde el exterior. Un foso, así como un revellín, complementarían defensivamente el conjunto, descubriéndose algunos elementos ornamentales fabricados a base de ladrillo y, como en el caso de Nogales, de claro gusto mudéjar, que llevaría a pensar a algunos estudiosos en la posible y similar autoría de sendas fortalezas.


Arriba: en manos privadas actualmente, el castillo de Los Arcos se encuentra formando parte de una explotación agropecuaria, adaptada la antigua fortaleza a vivienda y dependencias del caserío, ubicado el monumento en la zona norteña del actual conjunto cortijano.

Abajo: diseñado en planta rectangular con torreones cilíndricos en cada esquina, el castillo de Los Arcos serviría como defensa de los contornos más occidentales del Señorío de Feria tanto de las posibles incursiones de la vecina Portugal, como de rapiñas y  robos a los campos por bandidos o facciones nobles enemigas, destacando por su embergadura la torre erigida en la esquina suroriental, desmochada la del homenaje, en medio del patio.



Arriba y abajo: el torreón nororiental ha perdido el posible almenado que lo culminase, preservado entre esta torre y su hermana de poniente, mejor conservada hoy en día.



Arriba y abajo: rotos los muros del castillo con troneras y aspilleras, un friso de ladrillo donde una doble fila de los mismos sostiene una red de canecillos, idéntica a la encontrada en la fortaleza de Nogales y de similar gusto mudéjar, dota a la obra de ornamentación externa en clara alusión al uso palaciego que también se le pudiera haber dado al edificio.



Arriba: además del uso ornamental del ladrillo apreciado en base al friso corrido que del mismo circunda el monumento, también se decoraría con este material varios de los ventanales abiertos en la portada y flanco meridional del cinturón amurallado.

Abajo: el arroyo o regato de la Cinchosa discurre a poca distancia del castillo almendraleño, corriendo al Sur del mismo y salvado por un menudo puente junto al que tiempo atrás, con la fortaleza en su primitivo estado y uso, se descubriría una imagen original y singular del conjunto.


- CASTILLO DE SALVATIERRA DE LOS BARROS:


A diferencia del resto de fortalezas enclavadas en lo que fuera el Señorío de Feria, el castillo de Salvatierra de los Barros no sería reedificado, reconstruido ni levantado por los Suárez de Figueroa. Tras la adquisición en 1.523 de la localidad y sus contornos por compra directa de Lorenzo III Suárez de Figueroa a sus antiguos señores, los Gómez de Solís, el castillo salvaterrense pasaría directamente a formar parte del conjunto de edificaciones militares del linaje asentado en Zafra. Sin embargo, la historia del inmueble se remontaría mucho tiempo atrás. Las primeras noticias del mismo datarían de la época inmediatamente posterior a la reconquista del lugar, cuando las tropas cristianas rehicieran una presunta fortaleza en uso por el poder musulmán. Una nueva reconstrucción se daría a mediados de los años setenta del siglo XV, tras haber sido parcialmente destruido el monumento por el Conde de Feria. El origen del motivo se remontaría a la toma de posesión del enclave por Juan Pacheco, bajo donación del monarca castellano Juan II en 1.444. Éste, tras intentar vender la villa a los Suárez de Figueroa, la trocaría con la Orden de Alcántara en 1.461 por otras posesiones de los monjes guerreros. Tras varios pleitos y enajenada poco después, caería en 1.472 en manos de Hernán Gómez de Solís, quien se refugiaría en sus propiedades de Barcarrota y salvaterrense tras la derrota del infante Alfonso, a quien Hernán de Cáceres había apoyado, contra Enrique IV. Declarado enemigo de los Suárez de Figueroa, no cesarán las hostilidades de Hernán Gómez de Solís con el señorío vecino. Gomes II Suárez de Figueroa actuará contundentemente destruyendo parte del castillo, debiendo actuar doña Beatriz de Manuel, esposa de Hernán Gómez y hermana de Gomes II, en pro de la concordia entre familias.

Consta la fortaleza salvaterrense de tres recintos que cercarían la allanada cúspide de la sierra donde se asienta el castillo, inmejorable otero desde el cual no sólo controlar la localidad sino inclusive los contornos en derredor del mismo. El primer cinturón, considerado por algunos autores como el más antiguo y posiblemente la parte de la construcción derribada por los Suárez de Figueroa y no reedificada posteriormente por los Gómez de Solís, antecedería por poniente a lo que hoy es el castillo en sí, siendo a su vez la zona de bienvenida y lugar de acceso al enclave, asomando el resto de la obra y edificación en pie a la vertiente oriental, más escarpada. Restan de la primera muralla varios torreones semicilíndricos originalmente adosados a las casi desaparecidas cortinas que, como ellos, se erigirían en mampostería. El segundo cinturón, en pie, cierra el acceso a la actual residencia privada a modo de barrera. Dos grandes torreones custodian la portada de entrada, hermanados en su labor defensiva por un antepecho que, como baluarte y a la izquierda de la puerta, se adelanta dentro del espacio yermo del recinto inicial. El tercer recinto consta de edificio de varias plantas y patio adosado al sur del mismo, albergado el primero por los dos torreones más altos del lugar, asomando tras las torres que guardan la portada. Un cercado sureño cierra la obra, mientras que otras dos atalayas adosadas a lo que hoy es residencia cierran el conjunto en su zona más oriental, mirando a la población de la que toma el monumento toma su nombre.


Arriba y abajo: a 798 metros de altitud, coronando la Sierra de los Helechales, el castillo de Salvatierra de los Barros custodia localidad homónima y contornos desde que las tropas cristianas tomaran el enclave en 1.229, reedificando una presunta fortaleza previa de origen musulmán que sería reconstruida igualmente después, a mediados de la década de los 70 del siglo XV, tras ser víctima de disputas nobiliarias, restaurada finalmente cinco siglos más tarde por el fotógrafo inglés Anthony Denney, que lo convertiría en su residencia y le otorgaría el aspecto que hoy día podemos ver (arriba: flanco norte; abajo: flanco meridional).



Arriba y abajo: vista general desde su flanco occidental de la zona en pie y auténtico castillo en sí de la fortaleza salvaterrense, compuesto por los que se consideran segundo y tercer recinto del conjunto militar, antecedido por un primer espacio allanado y asilvestrado cercado por un cinturón defensivo semidesaparecido.



Arriba y abajo: es en el segundo recinto del castillo de Salvatierra donde se abre la actual portada de acceso al lugar, custodiada por dos potentes torreones, antiguamente almenados, que comparten fábrica de mampostería con el resto de cercado y, por ende, todo el conjunto arquitectónico.



Arriba y abajo: a la izquierda de la portada de entrada, vista desde su exterior, una especie de barbacana se antecede al resto de cinturón amurallado que defiende el segundo recinto, custodiada por dos torreones donde destacan, como en el resto del muro, la presencia de troneras labradas en única pieza pétrea, incorporadas a la obra posiblemente durante la reconstrucción del edificio a finales del siglo XV, desecha la muralla defensiva del primer recinto que pudiera protegerla.






Arriba y abajo: tras el cercado que sella el segundo recinto, un tercer espacio asoma desde la muralla, cerrado al público por el carácter privado del monumento, donde destaca el edificio erigido en la zona norteña, así como los dos altos torreones que lo custodian en su flanco occidental, semicilíndricos como el resto de los levantados en la obra y donde se puede descubrir el uso del ladrillo fundamentalmente en marcos de puertas y vanos.




Arriba y abajo: siguiendo el muro que parte de la portada de acceso abierta en el cercado del segundo recinto, y a la derecha de la misma, un torreón finaliza la secuencia arquitectónica (arriba), unido éste a su vez con el cinturón defensivo que cierra el tercer recinto en su zona sureña, apoyado también por varias torres que miran hacia la sierra abierta a sus pies (abajo).



Arriba y abajo: vista tomada desde la portada de acceso al castillo del terreno que antecede al segundo recinto y que supondría el enclave encuadrado dentro del primer cercado amurallado, cuyos muros de mampostería defendidos por torreones cilíndricos sobre ellos apoyados aún cierran el espacio en sus flancos septentrional y meridional (abajo, y siguiente).



Abajo: restos de tres torreones semicilíndricos destacan en la zona norteña de lo que fuera primer recinto de la fortaleza salvaterrense, según algunos autores la parte más antigua del lugar y posiblemente el espacio mandado derribar por Gomes II Suárez de Figueroa durante sus disputas con Hernán Gómez de Solís, décadas antes de que la zona fuera finalmente adquirida por los Condes de Feria.




Abajo: antecediendo a los recintos segundo y tercero y auténtico castillo en sí, restos de muros y torreones, vestigios del primer cercado amurallado, dan la bienvenida al visitante que sube hasta la zona, descubriendo ante sí una de las consideradas mejores obras militares de Extremadura, junto a retazos del pasado y vistas de los contornos y del presente de lo que un día fueron territorios del histórico Señorío de Feria.




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