lunes, 20 de febrero de 2012

Tesoros del camino: fuste visigodo de la Torre de la Puerta del Alpéndiz, en Badajoz


Arriba: ubicado a los pies de la Torre de la Puerta del Alpéndiz, como refuerzo en la esquina más septentrional de la misma, un fuste visigodo permanece allí fijado desde que fuera colocado por los arquitectos hispano-musulmanes que dieron forma a la Alcazaba de Badajoz.

Hace poco más de un año publicaba en este blog una entrada y artículo dedicado a los vestigios visigodos conservados en el casco antiguo de Badajoz, titulado como tal y con el que presentaba un resumen y análisis de los restos de presunto origen hispano-visigodo que aún hoy en día aparecen diseminados por las calles, plazas y rincones de la capital pacense, enriqueciendo un patrimonio desconocido y muchas veces infravalorado y vilipendiado.


Se intentaba con el estudio mencionado rescatar para el conocimiento del público general un aspecto poco conocido de la herencia histórico-cultural que ha llegado a nuestros días en la ciudad de Badajoz. Un aspecto que aún en el presente ofrece una gran diversidad de incógnitas derivadas de la falta de datos sobre el origen de las piezas catalogadas y datadas en la época de dominación visigoda de estas tierras, y que hace barajar y valorar la idea que plantea el origen de la ciudad enclavada a orillas del Guadiana antes de su fundación por las huestes de Ibn Marwan, partiendo de una aldea o pequeño núcleo urbano de población hispano-visigoda.



Arriba: aspecto que en ocasiones presentan los alrededores de la Puerta del Alpéndiz, zona profundamente degradada y abandonada de Badajoz donde el patrimonio histórico-cultural ubicado en este enclave permanece sometido a un impune vandalismo mientras se cubre, como en el caso del fuste visigodo, de suciedad y malas hierbas.


Las piezas presentadas en febrero de 2.011 sorprenden al lector y al visitante que se deja pasear por el casco antiguo badajocense, mostrando una cara oculta y poco conocida del pasado de esta localidad. Un pasado rico en hechos pero tristemente respaldado por un listado de monumentos que han sufrido los avatares de cruentas batallas y guerras sin fin derivadas de la posición fronteriza de esta plaza fuerte española, así como víctimas del expolio y del vandalismo. Sin embargo la historia pasada no deja de estar presente en la ciudad, reapareciendo continuamente y de nuevo a raíz de excavaciones o de la mano de investigaciones, a veces incluso mostrándose agradecida al viajero que decide invertir parte de su tiempo admirando el casco antiguo pacense, y especialmente las murallas de una ciudad que dieron comienzo a la misma y que han visto crecer la urbe a sus pies desde que ésta partiera del primitivo Cerro de la Muela.

Es así como, tiempo después de publicada la entrada mencionada sobre los vestigios visigodos en el casco antiguo de Badajoz, el autor de estas líneas percibió, con gran sorpresa y satisfacción, la presencia de restos de un fuste presuntamente de fábrica visigoda ubicado a los pies de la Torre del Juego de la Condesa, también conocida como de la Puerta del Alpéndiz, por estar ésta ubicada junto a dicha entrada norte de la Alcazaba pacense, para cuya defensa fue diseñada y destinada. Siendo este acceso al interior del recinto amurallado el considerado uno de los más antiguos de los existentes en la fortaleza hispano-musulmana de Badajoz, presenta esta portada grandes paralelismos constructivos respecto a su hermana y meridional Puerta del Capitel, destacando ambas dentro del mundo militar hispano-musulmán así como en el campo de las construcciones defensivas medievales por su diseño y trazado en recodo, para lo cual la torre anexa a la puerta jugaba un papel fundamental, motivo por el cual las esquinas de mencionadas construcciones se vieron reforzadas, más que decoradas, por fustes de fábrica hispano-visigoda pertenecientes posiblemente a la misma recopilación de material que de este origen premusulmán se encontrase en las inmediaciones o bajo los terrenos sobre los que se fundó la primitiva Batalyaws, reutilizados igualmente en otras zonas de la Alcazaba y alrededores de la misma.



Arriba: durante la Edad Moderna y debido a su posición fronteriza, la ciudad de Badajoz conoció la construcción de su sistema abaluartado, en cuyo diseño se incluyó la clausura de la Puerta del Alpéndiz partiendo de la Torre del Juego de la Condesa el lienzo del semibaluarte de San Antonio, quedando el fuste visigodo al exterior del mismo y la portada almohade sin uso, hasta que un portillo se abrió en este flanco en la primera mitad del siglo XX.

Abajo: vista exterior de la Torre de la Puerta del Alpéndiz, en cuyo recodo externo izquierdo se conserva el fuste presuntamente visigodo, enclave profudamente desatendido donde la estructura del monumento está dañada, a la espera de una nueva intervención que permita el estudio, excavación y salvaguarda de este monumento.



Se erigió inicialmente el sistema amurallado del complejo defensivo musulmán inmediatamente y a raíz de la fundación de la ciudad por Ibn Marwan a finales del siglo IX y durante el periodo correspondiente a la existencia en la Península Ibérica del Emirato Cordobés. Sin embargo, y como ocurriera en otros enclaves andalusíes reconquistados parcialmente por la tropas leonesas a mediados del siglo XII, fruto del avance hacia el Sur de los reinos cristianos del Norte apoyado en el eclipse de la dominación almoravide peninsular, la llegada de los almohades no sólo supuso la retirada de los leoneses, sino además el refortalecimiento de las murallas y sistemas defensivos de las ciudades recuperadas para el Islam. La Alcazaba de Badajoz conoció durante este periodo una de sus mayores restauraciones y reformas, fruto de las cuales apareció la Puerta del Alpéndiz, y con ella la Torre que la acompaña. Posiblemente durante la campaña de obras efectuadas en 1.169 fue cuando los arquitectos decidieran utilizar el fuste marmóreo albino que se conserva a los pies de la Torre donde entonces se ubicó, y que aún hoy en día se conserva unido a la arista exterior más septentrional de la misma, observando el devenir de la historia pacense desde su humilde posición, pieza reconvertida en defensa de la traza del amurallado, indefensa ahora ante el olvido en que ha caído este histórico rincón del patrimonio badajocense, reflejo del vandalismo que acampa en la zona, expectante ante una controvertida restauración y recuperación del entorno, pero sorprendiendo pese a todo al visitante al que susurra los ecos de su rico pasado, convirtiéndose así en un tesoro en el camino.



Arriba: aspecto actual que presenta el Portillo anexo a la Puerta del Alpéndiz, abierto en el lienzo norte de la Alcazaba pacense para permitir el acceso al interior de la misma tras la clausura de la portada musulmana, y donde permanecen los restos de una blanca pieza marmórea de aspecto semejante a los fustes presuntamente visigodos conservados en el casco histórico de Badajoz (izquierda de la imagen), barajándose la posibilidad de que mencionada pieza comparta el mismo origen que las demás, recuperada en alguna de las excavaciones que ha sufrido la zona, o incluso tomada de la Torre del Juego de la Condesa.



Arriba y abajo: imágenes interior y exterior respectivamente de la Puerta del Alpéndiz, donde se puede apreciar, en la primera, la defensa de la misma por la Torre del Juego de la Condesa, así como, en la segunda, el diseño en recodo de este acceso almohade al interior de la Alcazaba pacense y la decoración de la misma a base de sillarejo, alfiz y dañado arco de herradura, motivos más que suficientes para valorar este enclave dentro de las obras militares medievales, así como entre los monumentos histórico-artísticos más destacados de la región, poseyendo la Alcazaba pacense la declaración de Bien de Interés Cultural en la categoría de Monumento desde 1.931 (Gaceta de Madrid nº 155, de 04 de junio de 1.931).

viernes, 10 de febrero de 2012

Necrópolis visigoda de Aliseda


Arriba: conocidas popularmente como las Tumbas de los Moros, la necrópolis visigoda de Aliseda cuenta con un total de seis enterramientos antropomorfos excavados en la roca, cinco para adultos y uno para un infante, siguiendo la misma línea de otros sepulcros similares y contemporáneos que se expanden por toda la comarca.

Es habitual en muchos puntos de Extremadura, y más concretamente en algunas de las poblaciones que se levantan en las cercanías de la ciudad de Cáceres y que forman parte de la comarca de Tajo-Salor-Almonte, atribuir a los antiguos pobladores hispano-musulmanes, denominándolos sencillamente “de los moros”, la autoría de muchos yacimientos que subsisten escondidos entre dehesas, junto a la vega de un río o al abrigo de riscos, enriqueciendo el patrimonio de muchas localidades y el extremeño en general. Sin embargo, y salvo contadas excepciones, estas dataciones populares no son exactas, respondiendo la costumbre a tendencias derivadas de la misma repoblación de las tierras tras la Reconquista que por los reinos cristianos del Norte peninsular se llevó a cabo en las mismas, cuando los colonizadores adjudicaban todo lo anterior a su llegada a los previos habitantes que allí vivían.

Al añadirse las tierras que componen la actual Extremadura al mapa que dibujaban los reinos de León y de Castilla en su expansión territorial meridional, se propuso, como ya se hiciera en fases anteriores, repoblar los recién adquiridos territorios con población cristiana que, además de aumentar la presencia humana y el índice de población, y que multiplicara el número de súbditos cristianos fieles a los nuevos gobernantes, colonizaran con sus costumbres y cultura aquellos terrenos donde la presencia del Islam había dejado huella durante varios siglos. La conquista cristiana sin embargo fue más rápida que el aumento de la población, y esta segunda repoblación no siguió la misma tendencia que la primera, cuando los reinos cristianos ocuparon la cuenca del río Duero y la submeseta norte. El número de colonizadores fue mucho menor que entonces, dividiéndose la tierra en latifundios que en muchas ocasiones pasaban a manos de las mismas Órdenes Militares a las que se había asignado el control de los territorios reconquistados, quedando los nuevos pobladores recogidos en las poblaciones preexistentes, o bien y en la mayoría de los casos convirtiéndose en vecinos de nuevas localidades inauguradas en esta nueva etapa de la historia regional y nacional.




Arriba y abajo: separadas en tres subgrupos de tres, dos y un enterramiento respectivamente, las tumbas aliseñas se encuentran talladas en afloraciones graníticas muy cercanas entre sí, localizadas en un enclave denominado Cabeza Rabí y ubicadas en la ladera septentrional de la Sierra del Aljibe, siendo los dos nichos de las imágenes los que conforman el subgrupo de dos túmulos y el más cercano a la cresta de la montaña.




Muchos de estos nuevos municipios, a pesar de deber su origen a mencionada repoblación o colonización castellano-leonesa, se asentaron en enclaves privilegiados que, bien por su ubicación estratégica o morfología de los terrenos ya fueron escogidos por antiguos pobladores para guarecerse, fijar allí su morada o levantar sus viviendas. Aliseda, al suroeste de la provincia cacereña y erigida a los pies de la Sierra de San Pedro, es un claro ejemplo de ello. Mientras que el actual pueblo data de la Baja Edad Media, apareciendo a raíz del fuero de Cáceres con el nombre de Aldea de Aliseda y formando parte del Sexmo de Cáceres, junto a este emplazamiento ya figuró un antiguo castro de la Edad del Bronce, se explotaron diversas minas por los romanos, y fue zona de paso de otras culturas como la tartésica, de cuya época se conservó enterrado el archiconocido Tesoro de Aliseda, actualmente conservado en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, y referente clave a la hora de conocer la cultura prerromana de Tartessos.

Puerto natural que abre paso a las tierras del noroeste pacense, comunicando la penillanura cacereña con la villa de Alburquerque, el enclave donde se asienta Aliseda ha sido siempre un cruce de caminos que ha permitido la comunicación con el interior de la Sierra de San Pedro. Si bien en los inmediatos siglos pasados ha servido como enlace a portugueses y españoles, más en contiendas que en épocas de paz, en la Antigüedad también sirvió como lugar de tránsito, posible parada entre la latina Norba Caesarina (actual ciudad de Cáceres), y la romana Valencia de Alcántara, identificada por algunos estudiosos con la antigua Valentia, nombre dado al oppidum fundado para acoger a los traicionados soldados de Viriato, disputándose la localidad cacereña mencionado origen con la Valencia mediterránea.




Arriba: destaca dentro de la necrópolis visigoda de Aliseda el subgrupo de tres enterramientos donde las tumbas se descubren paralelas y muy cercanas entre sí, contando entre ellas con el sepulcro destinado posiblemente a un niño, barajándose por ello la posibilidad de que allí fueran depositados los cuerpos inertes de un matrimonio junto a su pequeño vástago.
Abajo: vista del sepulcro izquierdo perteneciente al subgrupo de tres tumbas, de claro diseño antropomorfo donde el cadáver sería depositado recto y en decúbito supino.


Abajo: labradas sobre la misma afloración rocosa, la tumba infantil de la necrópolis de Aliseda no se halla de manera aislada, sino cercana a la de dos adultos y a la derecha de ambos.
 


Como ya ocurría en otros puntos de una muy romanizada Lusitania, también junto a estas antiguas rutas que comunicaban la vertebral Vía de la Plata con las tierras occidentales, surgieron múltiples villas que servían como pequeños núcleos desde el que impulsar la economía agrícola y ganadera que sostenía la provincia latina. Así, y a las ya mencionadas minas de las que se extraía plata, hierro y azufre del corazón de la Sierra del Aljibe, en las proximidades de la actual Aliseda se encontraron las villas romanas de Casas de Santa Catalina y de la Umbría de las Viñas. Fueron éstas con toda probabilidad el germen  de posteriores vicus o explotaciones agroganaderas que, tras la caída de Roma y bajo la presencia y gobierno visigodo en la Península Ibérica, recogieron el relevo económico de las ciudades y supieron sostener la economía así como salvaguardar la estabilidad de la región.

Aunque la presencia visigoda en la antigua Norba Caesarina no está prácticamente datada, y la ausencia casi total de datos sobre este periodo hacen de la etapa un capítulo oscuro en la historia cacereña, la ocupación visigoda de los terrenos que componen la actual Extremadura es indiscutible, basándonos fundamentalmente en el legado histórico- artístico con que dotaron a Emérita Augusta, así como en la prolífera existencia de basílicas godas en los alrededores de la antigua capital lusitana, erigidas además a lo largo de la Vía de la Plata, especialmente en el espacio comprendido entre los ríos Guadiana y Tajo, con ejemplos en Alcuéscar (basílica visigoda de Santa Lucía del Trampal), y en el desaparecido enclave de Alconétar (cuya basílica descansa, como el resto del yacimiento, sumergido bajo las aguas del embalse de Alcántara).




Arriba: detalle del nicho central del subgrupo compuesto por tres tumbas donde se aprecia el labrado del sepulcro, destacando en el mismo la oquedad limada como reposacabezas del difunto.
Abajo: tallado de manera aislada un último enterramiento cierra el conjunto funerario, presentando en su interior hierbajos, polvo y humedad depositados por su exposición al aire libre, donde un día descansaron los restos de ciertos pobladores que aproximadamente 1.500 años atrás hicieron de este enclave su hogar.



Con otros ejemplos cercanos, fundamentalmente en Arroyo de la Luz y en el paraje de Los Barruecos, la necrópolis visigoda de Aliseda pudo responder a la presencia inmediata de alguna villa o vicus durante el periodo hispano-visigodo, cuya familia titular y terratenientes al mando de la explotación escogieron esta manera de inhumación, excavando en la roca granítica que aflora a los pies de la serranía pétreos sepulcros antropomorfos, posteriormente tapados con posibles tapas graníticas o losas de pizarra, material muy abundante en los contornos. Datadas entre los siglos VI y VII d. C., basándonos en las características de los enterramientos así como en los restos de cerámica descubierta en las inmediaciones, la necrópolis aliseña cuenta con un total de seis enterramientos, cinco de ellos destinados a acoger los cuerpos de personajes adultos, y un último sepulcro de menor tamaño tallado seguramente para un infante. Las seis tumbas se hallan a su vez divididas en tres subgrupos según su localización y perforación en diferentes afloraciones rocosas.

A escasa distancia un subgrupo del otro, y todos en el lugar conocido como Cabeza Rabí, es el más distante de la cresta de la sierra el que acoge mayor número de enterramientos, con tres sepulcros excavados en paralelo, figurando allí la tumba supuestamente infantil junto a otra adulta. Esta característica, más que cualquier otra, hace pensar en la posible inhumación de un matrimonio junto a un menor descendiente de ellos dentro de este subgrupo de nichos. Los otros dos subgrupos, de dos y un enterramiento respectivamente, figuran más elevados dentro de la pendiente de la falda donde se ubica el yacimiento. En los seis casos sigue el labrado de los túmulos el mismo diseño, respetando la silueta antropomorfa de los cadáveres que iban a acoger, respondiendo por tanto a un mismo tipo de enterramiento donde el difunto era colocado de manera recta y decúbita supina (sobre la espalda) en el lecho granítico. Comparten esta característica además con los enterramientos pertenecientes a necrópolis cercanas, como las mencionada de Arroyo de la Luz o de Los Barruecos, hecho que permite relacionar al menos cronológicamente las diversas fosas, formando entre todas ellas, así como con el resto de sepulcros antropomorfos pétreos que salpican la provincia y la región, todo un catálogo de vestigios visigodos que amplían el patrimonio dejado por este pueblo en nuestras tierras, engrandeciendo aún más el patrimonio histórico y el legado cultural que ha heredado Extremadura.

Cómo llegar:



Arriba: visión general del yacimiento funerario aliseño donde se aprecian los tres subgrupos que componen la necrópolis visigoda, acondicionados para su visita libre en un enclave donde el caminante podrá disfrutar no sólo de los vestigios históricos, sino además de las bellas vistas de la comarca y del fresco aire de la sierra.


La localidad cacereña de Aliseda, cercana al margen izquierdo del río Salor y a los pies de la Sierra de San Pedro, se ubica a unos 30 kilómetros de la capital provincial, comunicada con ella a través de la carretera nacional N-521, vía que une Trujillo con la frontera portuguesa, atravesando la ciudad de Cáceres.

Alcanzada la localidad según nos dirigimos hacia Valencia de Alcántara, recomendamos acceder a la misma por la última calle del pueblo que se abre a la carretera, denominada como Paseo de la Habana. Se prolonga el mismo hacia la calle Pizarro, que alcanza la popular Plaza de Extremadura, tras la cual, y girando a la derecha, penetramos en la Avenida de la Constitución. Hallaremos al final de esta calle una antigua fábrica de harina, existiendo junto a la misma y subiendo hacia la montaña un camino que nos conducirá, a mano izquierda, hacia el paraje donde se haya el yacimiento visigodo, separado por unos 3 kilómetros del núcleo urbano y acondicionado para su libre visita con bancos y un cartel informativo que permite disfrutar de la necrópolis así como del bello paraje que nos espera a los pies de la Sierra de San Pedro.


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