miércoles, 30 de noviembre de 2011

Presa romana del embalse de Cornalvo


Arriba: construida inicialmente para abastecer de agua a Emérita Augusta, la Presa romana de Cornalvo da de beber en la actualidad a las localidades de Trujillanos, Mirandilla, Carrascalejo y Aljucén, convertida en la presa en uso de mayor antigüedad de Europa.

Cuando Roma funda la colonia de Iulia Augusta Emerita, más conocida como Emérita Augusta en el año 25 a.C., bajo orden del emperador Octavio Augusto y mandato de su legado en la Lusitania Publio Carisio, posiblemente no era de imaginar que tal ciudad llegaría a convertirse en una de las más importantes de Hispania, situándose entre las diez más destacadas de todo el Imperio, alcanzando una población que rondaría las 50.000 almas en la que se convertiría capital de la provincia más occidental de aquel entonces.

Erigida posiblemente sobre un antiguo castro indígena para acoger a los soldados veteranos de las legiones Legio V Alaudae y Legio X Gemina, que dirigidas por el mismo Publio Carisio junto a la Legio VI Victrix habían formado un ejército vencedor frente a astures y cántabros en la Guerras Cántabras, la ciudad, emplazada en un territorio rodeado de población autóctona descendiente de vetones, túrdulos y lusitanos se convertiría en una localidad sinoicística al mezclarse los habitantes de origen romano con la población indígena, que lejos de repeler la presencia romana en sus conquistadas tierras, terminaron romanizándose y fomentando el auge poblacional y cultural de la que siglos más tarde sería conocida como Mérida.



Arriba: aspecto que presenta actualmente la Presa de Cornalvo aguas arriba tras la reconstrucción a la que fue sometida en 1.926, conservándose la Torre de Toma original, y cubriéndose nuevamente de sillares los muros de la misma, tras la reutilización de los iniciales en otras obras de la comarca.



Arriba y abajo: detalles del muro exterior de la presa, aguas arriba, donde se aprecian las hiladas de sillares rectangulares graníticos colocados en hileras alternativas, horizontales y verticales respectivamente, usados para reemplazar los originales, desaparecidos con los siglos y cuya carencia afectaba el estado de los cimientos de la obra hidráulica.



La colonia emeritense, enclavada en una llanura rodeada de suaves cerros junto al río Guadiana, conocido por los romanos como río Anas, a la altura de la desembocadura en él de su afluente el Albarregas, llamado por entonces Fluminus Barraeca, crecería en esta fértil zona de vega que propició su prosperidad, a la que contribuyeron su ubicación como punto clave y confluencia de algunas de las más importantes vías de comunicación y comerciales de la época, la abundancia de materiales de construcción y ricos recursos forestales en la comarca, así como la existencia de diversos manantiales, riberas y arroyos en sus aledaños que permitían a la ciudad proveerse de agua durante todo el año.

Todas estas ventajas permitieron que a esta ciudad de nueva planta, confeccionada siguiendo los patrones urbanísticos romanos que dictaban la construcción de la urbe a base de manzanas regulares distribuidas en cuadrícula y en torno a dos trazados perpendiculares, el Kardo Maximus y el Decumanus Maximus, comenzaran a llegar pobladores de las tierras colindantes, así como de otros muchos puntos de la Península Ibérica, sumándose a sus originarios habitantes romanos, gozando los vecinos emeritenses de la ciudadanía romana. Patricios y grandes propietarios, plebeyos y comerciantes, junto a esclavos, soldados y emigrantes de diversa índole conformaban la población de esta colonia de relevante posición administrativa que intentó ser reflejo de Roma en Hispania, superando con sus cerca de cincuenta millares de vecinos a una Tarraco de 30.000 habitantes, o a los 10.000 de Itálica.



Arriba y abajo: aspecto que presenta, desde los extremos meridional y septentrional respectivamente, la parte superior del tercero de los muros longitudinales que forman la estructura interna de la Presa de Cornalvo, el único que habitualmente sobresale de las aguas, y cuya altura de 18 metros es la máxima de esta obra de ingeniería, extendido de ladera a ladera y erigido sobre la roca natural.


Abajo: sobre el tercero de los diques, así como esparcidos por el talud de tierra que, aguas abajo, cubre la Presa de Cornalvo, aparecen diseminados algunos de los sillares originales que la cubrían.



A la hora de iniciar la fundación y construcción de Emérita Augusta, y como ocurría en cada una de las ocasiones en que Roma llevaba a cabo este tipo de práctica colonizadora y romanizadora, el abastecimiento de agua era un punto clave y primordial no sólo a la hora de escoger y decantarse por un enclave concreto, sino además un tema de relevancia a tener en cuenta durante el día a día y toda la vida de la ciudad. La ubicación de la nueva colonia al Sur de la confluencia de las Sierras de San Pedro y de Montánchez, con abundantes manantiales y arroyos que recogían las aguas de este sistema montañoso cuyas laderas meridionales descansaban sobre la vega y margen derecho del Guadiana, permitiría a la ciudad poder abastecerse de agua de manera continua y durante todo el año, sin olvidar la presencia de uno de los principales ríos de la Península bañando sus muros, navegable por aquel entonces, con uno de sus afluentes desembocando junto a él y paralelo al muro norte de la ciudad. La ciudad contaría así con suficientes recursos acuíferos como para afrontar las necesidades de su vecindad habitual, preparada además ante un posible aumento de población, hecho que propició que mencionado auge poblacional se diese con el transcurrir de los siglos, ayudando a catalogar a la colonia lusitana entre las ciudades más prósperas y renombradas del Imperio.

Sería el río Albarregas el primero de los grandes cursos de agua de los que decidiría abastecerse la capital lusitana. Nace este afluente en las laderas orientales de la Sierra Bermeja, a unos 16 kilómetros al Norte de Mérida. A los pies de este arroyo se construyó durante los años finales del siglo I d.C. y comienzos del siglo II, coincidiendo con los reinados de Trajano y Adriano y cuya culminación de los trabajos se baraja en el año 130, una de las obras hidráulicas más destacadas de la Hispania romana al comprender, no sólo el trabajo de ingeniería que dio lugar a la presa con la que se formó el embalse de Cornalvo, sino todo un conjunto y complejo de trabajos hidráulicos donde se incluirían los canales que llevarían al agua de otras fuentes al embalse mencionado, así como el acueducto que, una vez acumulada el agua a los pies de la presa, llevaría el fluido a la colonia: el Acueducto de Cornalvo o Aqua Augusta.



Arriba: emergiendo de las aguas del embalse de Cornalvo surge la Torre de Toma o de captación de agua, Castellum Aquae inicial de veinte metros de altura y planta rectangular, revestido con los almohadillados sillares romanos originales.


Arriba y abajo: vistas posterior y meridional de la Torre de Toma de la Presa de Cornalvo, unida actualmente por una pasarela metálica al dique superior de la misma tras haber desaparecido el arco que originariamente los enlazaba, del que se conserva el pilar unido a la torre del que partía el puente, así como el salmer o sillar cortado en plano inclinado del que surgía el vano.



El embalse de Cornalvo, o Cornalbo, cuyo nombre deriva del que los romanos le dieron en referencia al "cuerno blanco" (Cornus albus) que parecían querer dibujar sus aguas, antes de la reconstrucción de la presa y gracias a las márgenes silíceas del embalse, se crea con la retención de las aguas del Albarregas a través de una presa de autoría desconocida que cuenta con 220 metros de longitud, 3,50 metros de anchura en su zona superior y de paso, y 18 de altura (20,80 sobre cimientos). Su estructura interna se basa en un triple muro de mampostería, diques paralelos y transversales o perpendiculares a la corriente, extendidos de ladera a ladera y apoyados sobre la roca natural, unidos a su vez por otros catorce longitudinales, dando lugar a espacios rellenados con arcilla y hormigón ciclópeo y de cal hidráulica. De los tres muros transversales, el primero de ellos, el más cercano al embalse, cuenta con cinco metros de altitud. Seguidamente figuraría el segundo, con 9,5 metros de altura, terminando con el tercero, dique sobre el que actualmente podemos pasear, siete metros mayor que el muro central. 

Exteriormente, la presa se presenta como un talud de tierra que la naturaleza ha cubierto de vegetación aguas abajo, espaldón a modo de contrafuerte, figurando por el contrario y aguas arriba cubierto de sillares graníticos rectangulares de pequeñas dimensiones, colocados en hileras alternas donde los bloques figuran dispuestos en vertical y en horizontal, respectivamente en cada uno de ellos. Cabe puntualizar que estas hiladas, así como el aspecto escalonado que presenta la presa en su talud superior, no corresponden con la obra original, cuyos sillares fueron reutilizados a lo largo de los siglos en obras arquitectónicas de los alrededores (destacando la torre de la Iglesia parroquial o de la Santísima Trinidad de Trujillanos), siendo por el contrario resultado de la reconstrucción que sobre esta obra de ingeniería romana se efectuó durante los años 20 del siglo pasado, finalizada en 1.926. Sí permanece prácticamente intacta la Torre de Toma o de captación de agua, cuyo revestimiento con sillares originales almohadillados nos da una idea del magnífico y artístico aspecto que debió presentar la Presa de Cornalvo en sus orígenes.



Arriba: a los pies de la Presa de Cornalvo aparece, en medio del talud de tierra que cubre esta obra de ingeniería aguas abajo, la boca de la galería que conecta con la Torre de Toma y a través de la cual se capta el agua del embalse, túnel cubierto con la sillería granítica original de apenas medio metro de anchura y poco más de metro y medio de altura.


La Torre de Toma o de captación de agua se encuentra fuera del cuerpo de la presa en sí, delante del talud anterior de la misma y unida originalmente a ella a través de un arco de medio punto, desaparecido y sustituido en la actualidad por una pasarela metálica, conservando del mismo restos del salmer o sillar del que partía el antiguo puente, así como el pilar que lo sostenía y aparecía unido a la torre. Su altitud, casi idéntica que la del dique mayor de la presa, alcanza los veinte metros, con planta rectangular de 5,50 metros en los laterales perpendiculares a la presa, y 6,50 metros en los paralelos. En su interior aparecen dos tomas de agua a distinta altura, partiendo de la segunda la galería de evacuación, de 61 metros de longitud, túnel de 1,67 metros de altura y 0,53 de ancho cubierto de sillares que atraviesa la presa para, aguas abajo, abrirse al exterior vertiendo el agua del embalse hacia el arroyo Albarregas y actual canal que sustituye al que antiguamente llegaba hasta Emérita Augusta.



Arriba: aspecto que actualmente presenta el canal romano que conducía hasta el embalse de Cornalvo el agua recogida por la presa de Las Muelas, captando la del arroyo homónimo así como la de otras fuentes cercanas, cuyas canalizaciones han quedado en desuso frente a este conducto final, renovado y aún empleado.

A raíz de la reparación a la que se sometió la Presa de Cornalvo en 1.926, desapareció el aliviadero original con que contaba esta obra para que, en casos de subidas extremas del nivel de las aguas, las vertiera al cauce del arroyo Albarregas. Hoy en día esta descarga de aguas se efectuaría de manera natural a la altura de la cola del embalse, donde las aguas que superasen el nivel máximo del lago correrían a través de una depresión en el terreno hasta el cercano arroyo de Las Muelas, y de allí al de la Fresneda, afluente del Guadiana. El arroyo de Las Muelas juega en relación con el embalse de Cornalvo un doble papel, no sólo al servir como aliviadero del mismo y ayudar a la presa a la hora de enfrentarse a una subida del nivel acuático y con ello de la presión que sufren los diques, sino fundamentalmente a la hora de incrementar su capacidad, al ser sus aguas conducidas hasta este depósito desde la presa de Las Muelas, aumentando los hm3 aportados por el arroyo Albarregas, que ya antaño eran insuficientes para hacer frente a las necesidades de la capital lusitana.

Una red de canales ubicados al norte de la presa recogía las aguas de los abundantes arroyos de la zona, redirigiéndolos hacia Cornalvo. Un primer azud en el arroyo de los Golondrinos comenzaba esta tarea hidráulica, que continuaba a través de un canal hasta la presa del arroyo de Las Muelas, donde se recogían además las aguas canalizadas del arroyo del Huevo. Todo el agua captada así era conducida hasta el embalse mediante un canal de 6,6 km y sinuoso trazado, adaptado a las curvas del terreno. Allí, la aportación que recibía el embalse de Cornalvo multiplicaba la que obtenía del arroyo Albarregas, permitiendo que sus 6,7 km2 aumentaran en 26,5 km2 más. Este entramado de conductos hidráulicos se mantiene parcialmente en la actualidad, haciendo que el embalse de Cornalvo cuente con 11 hm3, y su caudal no se vacíe en época de estiaje. La presa de Las Muelas se reconvirtió en 1.885, destruyendo la original fábrica romana y haciendo que los canales que sobre ella depositaban las aguas cayeran en desuso. El canal romano que desde ese punto partía hacia la cola de Cornalvo conserva su trazado, aunque reconstruido y remodelado con el paso de los años.



Arriba y abajo: vista nocturna del tramo conservado del Acueducto de Cornalvo o Aqua Augusta en la calle Vía Desengaño de la capital autonómica, uno de los escasos restos que de esta conducción de agua pervive hoy en día, observándose aún en él el canal por donde discurría el agua camino del Castellum Aquae, así como los materiales pétreos utilizados en su fábrica.



El complejo hidráulico que partía de los canales de alimentación y cuyo punto clave era la Presa y embalse de Cornalvo, continuaba su trazado hasta llegar a la ciudad emeritense a través de un acueducto conocido como Aqua Augusta, o de Cornalvo, de 18,6 kilómetros de longitud y compuesto básicamente por un túnel de mampostería con bóveda de cañón, elevado sobre arcos en aquellos tramos donde tenía que salvar los desniveles del terreno, principalmente los relacionados con la vega del Albarregas. Considerado el más antiguo de los tres acueductos con que contó Emérita Augusta, su fecha de construcción parece elevarse al reinado de Octavio Augusto, un siglo antes de la construcción de la Presa de Cornalvo. Todo parece indicar que antes de edificarse la presa y dar nacimiento al embalse, el sistema de canalizaciones y recogida de aguas de los arroyos de la zona ya estaba en uso, sistema de captación de aguas al que quisieron sumar el embalse de Cornalvo, posiblemente ante el aumento de la población de la colonia y los profundos cambios de caudal sometidos a las irregularidades pluviales y al largo estío que sufre la zona. De este último canal apenas quedan vestigios, siendo los más destacados aquéllos que perduran en la calle Vía Ensanche de Mérida, pertenecientes al último tramo del acueducto antes de alcanzar el Castellum Aquae terminal, presuntamente ubicado junto a la actual Plaza de Toros, de donde se repartiría el agua por esta zona suroriental de la ciudad a la que abastecía. Sí se conserva, sin embargo, el subterráneo canal del Borbollón, que tomaba las aguas de este afluente del Albarregas redirigiéndolas en sus 1.500 metros de longitud hacia el viaducto de Cornalvo, túnel que se suma al entramado hidráulico pero que carecía de relación con el embalse. El Museo Nacional de Arte Romano de la ciudad conserva además la lápida marmórea donde se leía el nombre de este bimilenario canal.

Al entramado de ingeniería hidráulica que surtía de agua a la capital de la Lusitania habría que añadirle dos sistemas hidráulicos más, siendo uno de ellos el comprendido por la Presa de Proserpina y el Acueducto de los Milagros, y el segundo el relacionado con el Acueducto de San Lázaro o Rabo de Buey. Mientras que la primera captaba sus aguas del arroyo de Las Pardillas, afluente del río Aljucén y subafluente del Guadiana, el segundo complejo recogía las aguas de los arroyos y fuentes ubicados al Norte de la ciudad. Este último sistema hidráulico no se mantiene en uso en la actualidad, conservándose escasos testimonios inmuebles del mismo, pero sí subsiste el primero, cuya remodelada presa no ha dejado de estar en uso, aunque actualmente con fines distintos a los que originaron su creación. La Presa de Cornalvo mantiene igualmente su uso y sus fines de abastecimiento a la población de la zona. Aunque sus aguas ya no surten a la ciudad de Mérida, sí lo hacen a las localidades que conforman la Mancomunidad de Cornalvo, dando de beber a los vecinos de Trujillanos, Mirandilla, Carrascalejo y Aljucén, logrando así ser la presa en uso de mayor antigüedad de Europa.

La Presa romana de Cornalvo y el pantano homónimo fueron declarados Monumento Nacional en 1.913, actual Bien de Interés Cultural con la categoría de Monumento (Gaceta de Madrid nº 57, de 26 de febrero de 1.913).



Arriba: conservada y expuesta en el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida aparece esta lápida o inscripción que hace mención a la conducción hidráulica que traía a Emérita Augusta el agua desde el cercano embalse de Cornalvo, mármol cuyas 32 cavidades acogerían las letras de bronce con las que se leería el nombre de este tercer acueducto, considerado el más antiguo de la ciudad: Aqua Augusta.


Cómo llegar:

La Presa de Cornalvo, distanciada 16 kilómetros con la antigua Emérita Augusta y actual Mérida, se enclava dentro del Parque Natural del mismo nombre, reserva natural protegida por la Junta de Extremadura donde el patrimonio histórico se entremezcla con la dehesa y el bosque mediterráneo. Sin localizarse ningún municipio dentro del Parque en sí, sí aparece rodeado de diversas poblaciones que mantienen accesos a este enclave por diversos puntos del mismo, destacando entre ellos Trujillanos, al ser la entrada más cercana desde la capital autonómica y cuyo camino nos conduce directamente a la presa, pudiéndonos parar al comienzo de este acceso en el Centro de Interpretación del Parque Natural de Cornalvo, recomendable visita para adquirir conocimientos sobre la zona, con interesante información sobre la obra de ingeniería romana que allí se conserva.

Si partimos desde Mérida, el trayecto más corto y sencillo para alcanzar la Presa de Cornalvo se basaría en tomar la Autovía del Suroeste, o A-5, hasta la altura de Trujillanos. Una vez desviados nos dirigimos al municipio mencionado, en cuya rotonda de entrada veremos con facilidad la señalización que nos conduce al Parque. Una vez rodeado y sobrepasado Trujillanos, veremos el Centro de Interpretación a la izquierda del siguiente cruce, cabecera de la carretera que nos conduce directamente hasta la Presa.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Puente romano de Alconétar


Arriba: en época de grandes lluvias, cuando la cola del embalse de Alcántara alcanza el curso del arroyo Guadancil, las aguas vuelven a inundar los nuevos terrenos donde se ubica el puente de Alconétar, tras desplazarlo de su emplazamiento habitual, recuperando parte del espíritu que este monumento tuvo cuando, sobre el antiguo cauce del río Tajo, servía de pasarela a los viajeros de la Vía de la Plata.

Cuando los ingenieros de la Antigua Roma toman en sus manos el proyecto de construir una vía de comunicación que uniera el Norte y el Sur de la Península Ibérica, ahora bajo el nombre de Hispania, en su lado occidental, y más concretamente como unión de las ciudades de Emérita Augusta (actual Mérida) y Astúrica Augusta (Astorga), siguiendo el trazado de una antigua ruta que desde siglos atrás ya unía estas regiones centrales activando el comercio y las relaciones culturales de los pueblos prerromanos, surgen diversas dificultades relacionadas con la variedad orográfica de los terrenos que en sus  313 millas romanas (más de 463 kilómetros), esta vía iba a atravesar.

Desde largas llanuras y suaves colinas hasta altos puertos de montaña, el trazado del que entonces se denominase "Iter ab Emerita Asturicam", posteriormente conocido como Vía de la Plata, vería su mayor dificultad en cuanto al número de corrientes fluviales que tenía que salvar, comenzando el mismo camino con un puente, sobre el río Albarregas, a la salida de la capital de la provincia de Lusitania por su lado norte, camino de Norba Caesarina (actual Cáceres), y de las tierras ubicadas más allá del Sistema Central.


Arriba: con 290 metros de largo y posiblemente más de 12 ojos, el que fuera el puente más majestuoso y relevante de aquéllos que poblaban la Vía de la Plata conserva hoy en día cuatro de sus arcos y resto de más de cinco de sus pilares.

Entre Emérita Augusta y Astúrica Augusta eran decenas los cursos fluviales que el caminante y las caravanas encontrarían en su trayecto, topándose desde arroyos de cauce estacional, habitualmente sin agua en meses estivales, hasta grandes ríos de profundas cuencas y fuertes corrientes. Si el nuevo camino quería ofrecer un trayecto ininterrumpido entre las comarcas interiores hispanas por las que discurría, tanto para el viajero y comerciante como para las tropas que en casos de necesidad debieran moverse rápidamente entre regiones, debía estar preparado para poder superar todo tipo de ribera en cualquier época anual, preveer cualquier crecida del nivel de sus aguas y enfrentarse a las embestidas de posibles riadas que hicieran peligrar inmuebles y vidas de los transeúntes.

Poco a poco, y a lo largo de los primeros siglos de nuestra era, la Vía de la Plata va adquiriendo su aspecto definitivo, no sólo a través del acabado de su íntegro trazado y construcción de la vía en sí, sino fundamentalmente a raíz de completar una serie de infraestructuras que permitieran un recorrido sin interrupciones a través de la misma. Prácticamente con cada nuevo gobierno y emperador, la vía se implementa con alguna nueva obra de ingeniería que permite además de la mejora y enriquecimiento monumental del camino, servir como propaganda a los nuevos gobernantes que logran de esta manera publicitar sus mandatos a través de obras destinadas al uso por el pueblo. Desde Octavio Augusto hasta Valente, y fundamentalmente con Trajano y Adriano, los emperadores nutren a la vía con nuevos miliarios o puentes, o bien restauran los anteriores desgastados por el uso ininterrumpido de los mismos, en otros casos superados por el auge de esta línea de comunicación que reclama obras preparadas para un mayor tránsito de caminantes y vehículos de tracción animal.



Arriba y abajo: los arcos 1 (en la imagen superior), y 2 (imagen inferior), si contamos los vanos desde la orilla derecha, son junto a los nº 3 y 5 los únicos conservados del Puente de Alconétar, caracterizándose éstos primeros además por ser los que conservan su factura romana, frente a los siguientes, reconstruidos durante el medievo.



Entre Emérita Augusta y Caelionicco (mansio ubicada cerca de la actual Baños de Montemayor), en los terrenos por los que discurría el "Iter ab Emerita Asturicam" en la zona que actualmente correspondería a Extremadura, son doce los puentes que, al parecer, se habían levantado al servicio de la Vía de la Plata, salvando los cauces del Albarregas, junto a los muros de Mérida, los río Aljucen y Ayuela, el arroyo de Santiago, los ríos Salor y Almonte, el Tajo, el arroyo Riolobos, el río Jerte, la garganta Buitrera, el arroyo Romanillos y el río Ambroz. Más allá del Sistema Central, otros tantos viaductos salvaban las aguas de diversos cursos fluviales, destacando principalmente el puente sobre el río Tormes, en Salmantice o Salmantica (Salamanca), aún en uso en la actualidad a pesar de sufrir varias riadas, como la de San Policarpo en 1.626, que han conllevado la reparación de algunos de sus arcos.

De todos los cursos fluviales que la Vía de la Plata debía salvar en su trayecto hacia las tierras del Norte, sin duda el más problemático sería el del río Tajo. Conocido como Tagus por los romanos, nombre que parece proveer del árbol taxus o tejo en castellano, el río Tajo presentaba no sólo un ancho y profundo cauce, sino además una fuerte y rápida corriente a menudo sorprendida por crecidas y riadas propias del río más largo de la Península Ibérica, con aportaciones de numerosos afluentes en ambos de sus márgenes que lo convertían en un cauce cuya travesía conllevaba cierta peligrosidad. Atravesarlo era indispensable para poder continuar el trayecto emprendido junto a la ribera del también destacado río Anas (actualmente Guadiana), que ya contaba con un puente de más de 700 metros de longitud y que destacaba por ser el más largo de Hispania y el segundo del Imperio.



Arriba: el arco tercero del Puente de Mantible une la segunda rampa de espesor con el primero de los pilares del viaducto, conservado igualmente aunque parcialmente deteriorado.


Arriba y abajo: aspecto que presenta el arco tercero del puente visto aguas abajo (imagen superior) y aguas arriba (imagen inferior), apreciándose en las imágenes restos de las cornisas que decoraban el monumento, así como las muescas destinadas a la sujeción de andamiajes.


Para atravesar el río Tajo se decidió levantar un puente en una de las pocas zonas de fácil acceso para caminantes y carruajes, y relativa baja profundidad de un cauce habitualmente encajonado entre colinas y sierras escarpadas. El punto de desembocadura del río Almonte en el río Tajo sería el enclave escogido, lugar donde además se ubicaba la mansio Túrmulus, tercera parada desde la salida de la capital lusitana hacia el Norte, a 66 millas de la misma, y primera desde abandonar en ese mismo sentido la colonia de Norba Caesarina. Aquí se edificaría el que sería llamado Puente de Mantible, posteriormente de Alconétar, con una longitud, según se cree, de más de 290 metros de largo, contando con más de doce arcos, dieciséis e incluso diecinueve para otros estudiosos, que harían de esta obra la más destacada de toda la Vía de la Plata, y unos de los puentes más relevantes de Lusitania junto al construido en Emérita Augusta sobre el Guadiana, y el levantado también sobre el cauce del Tajo, aguas más abajo y perteneciente a la localidad de Alcántara, con la mitad de arcos y sin llegar a los 200 metros de longitud, aunque de mucha mayor altura (hasta 48 metros).

Sin conocerse con exactitud la fecha de su construcción así como la autoría de esta obra de ingeniería, la noticia de la existencia de un miliario en su cabecera, desaparecido actualmente, fechado en época de Tiberio ha llevado a algunos autores a datarlo durante mencionado reinado. Sin embargo, las soluciones arquitectónicas empleadas en el puente, especialmente el uso de arcos escarzanos, hace pensar en su edificación años más tardes, posiblemente en época de Trajano o de su sucesor Adriano, emperadores de origen hispano que dieron gran importancia a esta vía de comunicación. Algunos estudiosos apuntan hacia Apolodoro de Damasco como el posible autor de este monumento, gran arquitecto sirio que sirvió a Roma ejecutando algunas de las más reconocidas obras arquitectónicas y de ingeniería romanas de finales del siglo I d.C y comienzos del siglo II, como el puente sobre el río Danubio, el más largo de todo el mundo romano, o la artística Columna de Trajano, en Roma. Según otros, la obra se debería al ingeniero Lucio Vivo, por similares fechas.



Arriba: el quinto arco del puente aparece aislado en la actualidad, tras haber desaparecido el cuarto de los vanos, uniendo los pilares segundo y tercero.
Abajo: aspecto que presenta el tercer pilar aguas arriba, el mejor conservado de los varios que han llegado a nuestros días, algúnos de los cuales se observan a su izquierda, con la altura original intacta en su tajamar, y aún embellecido por la triple cornisa que decoraba esta obra de ingeniería.



El puente de Mantible o de Alconétar contaba con una anchura de 6,60 metros, que permitiría el paso de dos carruajes al mismo tiempo, fabricado a base de sillares graníticos de regulares dimensiones (ancho de 0,45 metros) y pronunciado almohadillado en muchas de sus caras vistas. Los pilares contaban además con un interior a base de opus caementicium, nombre dado al hormigón romano que posteriormente era revestido con mencionados sillares graníticos usados a su vez en arcos y tajamares. Justamente arcos y tajamares presentan las características más originales de esta obra de ingeniería. Los primeros por su diseño como arcos escarzanos o segmentales, solución arquitectónica derivada del arco de medio punto donde la curvatura no llega a formar un semicírculo, y cuya luz en este puente iba en aumento según nos acercamos a los vanos centrales, alcanzando los 15 metros de longitud. Los segundos por su división en cuerpos rematados con cornisas, que comparten con el pilar al que pertenecen y van adosados.

Los pilares cuentan con un grosor medio de 4,25 metros, alcanzando una altura, que es la del puente, de 12,50 metros, divididos en tres tramos de diferente hilada de sillares que dan lugar, en la parte superior de cada uno de ellos, a una cornisa rematada en moldura de gola. El cuerpo o tramo inferior, mayor que los dos sobrepuestos a él, es el de mayor altura, apareciendo en los costados perpendiculares al trazado del puente hasta siete muescas donde ensartar los andamiajes. Al lado contrario al tajamar, aguas abajo, aparecen espolones convexos, rematados igualmente por la triple hilada de cornisa, que aumenta lo originalidad y belleza de las soluciones arquitectónicas usadas en la construcción de este monumento.



Arriba: el cuarto pilar aparece actualmente muy deteriorado y aislado, a pesar de haber llegado a comienzos del siglo XIX unido por un arco al pilar tercero, tal como presentaba Laborde en su grabado de 1.802.
Abajo: vista meridional del pilar cuarto donde se aprecia el material de construcción utilizado en esta obra romana, con opus caementicium en el interior de los pilares, rodeado de diversas hiladas de sillares graníticos regulares.



Desde su construcción en época romana, el Puente de Alconétar siguió intacto y en uso durante varios siglos más, al  parecer hasta la llegada a su altura de los límites de los reinos cristianos del Norte peninsular que, con el transcurrir de la Reconquista, habían alcanzado la orilla derecha del río Tajo en el siglo XIII. Una vez reconquistada Coria en 1.142 por Alfonso VII de León, y afianzada la presencia cristiana en la ciudad durante el reinado de Alfonso IX, será éste quien decida continuar con el avance de sus tropas hacia el sur, orientándolas hacia la conquista de la plaza de Cáceres. Es en ese contexto bélico cuando los dirigentes andalusíes, obrando en defensa de los territorios que bajo su mandato ocupaban, deciden destruir seis de los ojos del puente de entre los más cercanos a la orilla izquierda del río, donde aguardaban a las tropas leonesas en aquella población que había surgido sobre los restos del Túrmulus romano, y que tomó el nombre de Alconétar, traducido al castellano como "puente pequeño", cuya fortaleza, levantada sobre el promontorio de Rochafría, controlaba el paso de los transeúntes que aún más de diez siglos después seguían circulando por la Vía de la Plata, y cuyo torreón tomó el nombre de una legendaria princesa musulmana que allí encontró el amor entre uno de los Pares de Francia enviados a la zona por Carlomagno: la princesa Floripes.

Tras lograr llevar Alfonso IX de León sus tropas hasta las puertas de Cáceres, a través del Puente de Alcántara, la villa de Alconétar, con el puente que tomaba su nombre, pasaban igualmente a manos cristianas, entregándose a la Orden del Temple hasta que en 1.258 vuelve a manos del poder regio. Los habitantes de la villa, tras una histórica riada del Tajo, abandonan la localidad para instalarse en la vecina Garrovillas, perteneciente a la primera y que desde entonces pasaría a llamarse Garrovillas de Alconétar, en cuyo término municipal se ubican los restos de la fortaleza y del puente. Este último sería primeramente reparado por los templarios, bajo cuyas órdenes fueron reconstruidos los arcos 1 y 3, perdurables en la actualidad, así como el pilar número 5, de mayores medidas que los demás y conocido popularmente como "Mesa del Obispo", erigiendo sobre él un torreón defensivo. Poco tiempo duró la obra, entre 1.230 y 1.257, malograda ante las crecidas y riadas constantes de un río inquieto que impidió igualmente el éxito de otras restauraciones posteriores, como las planteadas durante los siglos XVI y XVII, y la ejecutada en madera a mitad del siglo XVIII.



Arriba: el quinto pilar, más conocido como "Mesa del Obispo", difiere de los demás en cuanto a sus dimensiones, así como en la práctica carencia de sillares almohadillados si es comparado a los demás, resultado de su reparación por los templarios que hicieron del mismo un torreón para control del paso.
Abajo: en el margen izquierdo se conservan escasos restos del Puente de Alconétar, limitados a los vestigios de un último pilar, así como de otro grupo de sillares graníticos amontonados junto a él.


Hasta la construcción de un nuevo puente en 1.927, atravesar el río Tajo por esta zona quedaba en manos de las llamadas Barcas de Alconétar, negocio en manos de los Alba y Aliste que intentaban impedir la reconstrucción del puente romano, o la edificación de un viaducto nuevo, en pro de su negocio. Hasta el siglo XX, muchos fueron los que, incluso montados en barca, no lograban alcanzar la orilla contraria a aquélla en la que habían embarcado, naufragando a merced de un rápido y caudaloso cauce, peligroso en diversas épocas del año. Se tiene testimonio de diversas comitivas regias que sufrieron volcados de barca, como las del rey Juan II en el siglo XV, o la de la infanta Catalina, hermana de Carlos I, en 1.525. Tal peligrosidad hizo que la Vía de la Plata se viera interrumpida durante varios siglos entre las localidades de Cáceres y Plasencia, surgiendo como caminos alternativos dos rutas a tomar desde Mérida, cruzando el río Tajo bien por el Puente de Alcántara, al que se llegaba desde Cáceres, o tal vez por el Puente de Almaraz, tras atravesar Trujillo.

En 1.969 queda también este puente de los años veinte inutilizado ante la crecida del nivel de las aguas del Tajo, encajonadas por el embalse de Alcántara II. Los restos de la mansio Túrmulus, los vestigios del puente romano sobre el río Almonte y la fortaleza de Alconétar quedarán acuáticamente sepultados, salvándose apenas la Torre de Floripes que, en época de baja pluviosidad, dejará ver la parte alta del edificio. Los restos del Puente de Mantible serán sin embargo desplazados, ubicados seis kilómetros al Norte de su enclave original, en una pradera regada por los arroyos Guadancil y del Sapo.



Arriba: como vestigios más meridionales del Puente de Alconétar subsisten apenas un grupo de sillares amontonados y completamente desligados de su contexto original.
Abajo: junto a la cabecera sur del Puente de Mantible aparece un miliario anepigráfico en pie y con basa labrada en la misma pieza, bloque granítico que ronda el metro de altura.



En la actualidad, con casi dos mil años de antigüedad y cerca de ochocientos desde el principio de su destrucción, el Puente romano de Alconétar se nos presenta como una pequeña muestra majestuosa de la gran obra de ingeniería que fue, con vestigios de la estructura que alcanzaba en la orilla derecha del río Tajo, conservándose cuatro de sus arcos, dos rampas de espesor, y restos de más de cinco de sus pilares. De estos cuatro arcos, los dos más septentrionales harían las funciones de vanos de salida de agua en épocas de crecida del cauce del río. Junto a ellos tenemos las dos rampas de espesor, partiendo de la más meridional el tercero de los arcos, primero de los propiamente ubicados sobre el lecho del río, y considerado una reconstrucción medieval a mano de los templarios, como ocurre con el arco tercero y último de los existentes. De los pilares hay que destacar la supervivencia de restos de los cinco primeros que encontraríamos entrando en el puente desde la orilla izquierda, destacando el tercero de ellos por conservar en buen estado su tajamar y la altura original de la obra. Ya en la orilla derecha, junto a otros sillares amontonados hoy en día en una especie de túmulo que bien pudieron pertenecer a un séptimo pilar, rampa de espesor, u otra porción del puente ubicada en esa orilla meridional, aparecen vestigios de un sexto pilar.

Curiosamente junto a los restos que del Puente de Alconétar se conservan, aparece en el lado meridional de su reconstrucción un miliario anepigráfico en pie. Son varios los miliarios que se ubicaban en las cercanías del Puente de Mantible, en su localización original, destacando entre ellos uno fechado en época de Tiberio y actualmente desaparecido, y otro salvaguardado en los depósitos del Museo Provincial de Cáceres. Diversos miliarios anepigráficos se conservan a lo largo del trazado de la Vía de la Plata por esta zona, especialmente cerca del Túnel de Cantalobos, o en el Cerro de la Horca. El autor de este blog no ha logrado descubrir el origen del miliario que actualmente se encuentra junto a los vestigios meridionales del Puente de Alconétar, ni si su ubicación allí se debe a un traslado conjunto al puente desde el enclave original de los mismos, a una reutilización de un miliario cercano, o si bien estamos ante la presencia de un miliario de nueva fábrica que ornamenta hoy en día el monumento.

El puente romano de Mantible o del Alconétar fue declarado Monumento Histórico en 1.931, actual Bien de Interés Cultural con la categoría de Monumento (Gaceta de Madrid nº 155, de 04 de junio de 1.931).



Arriba: aspecto detallado que presentan los muros del Puente de Alconétar, bellamente decorados con triple cornisa rematada en moldura de gola, y profundo almohadillado en la mayoría de sus sillares.
Abajo: vista tomada desde lo alto del tercer arco, primero sobre el lecho del río, desde donde poder apreciar la altura de los pilares, así como la estructura de sus tajamares, de planta triangular y pronunciado ángulo que cortaban las aguas vertidas sobre el Tajo.


Cómo llegar:

Trasladado piedra a piedra como medida de salvaguarda ante la crecida que experimentarían las aguas del río Tajo por la construcción de la presa alcantarina, el Puente romano de Alconétar se ubica actualmente junto a la cola del pantano que conllevó su desplazamiento, junto al trazado de la carretera nacional N-630, en la orilla derecha de este internacional río ibérico. Una vez cruzado el cauce de los ríos Almonte y Tajo, si avanzamos desde Cáceres hacia Cañaveral, veremos los restos del puente antes de alcanzar el desvío que nos conduce hacia Portezuelo, carretera denominada EX-109 y que nos guía hasta Coria. Si tomamos esta vía regional, encontraremos cerca de la cabecera del puente una calzada que nos permite aparcar en la zona y visitar este monumento que aún nos recuerda con su majestuosidad, a pesar de su gran deterioro, la grandiosidad que un día llegó a alcanzar y de la que pudieron disfrutar aquellos viajeros a los que servía como  punto clave en la Vía de la Plata.

El enclave original donde se ubicó el Puente de Mantible queda bajo las aguas del embalse de José María de Oriol-Alcántara II. Igualmente desde la carretera nacional N-630, antes de atravesar el puente sobre el río Almonte y en la orilla derecha del Tajo, podemos desviarnos hacia un camino desde el que podremos observar, en épocas estivales o de baja pluviosidad, los restos del almenado de la Torre de Floripes, que igualmente se atisva desde la estación de ferrocarril del Río Tajo, muy cercana a este punto. En una zona cargada de historias y lugar clave donde se vivió la historia, los restos de este torreón parecen no querer sucumbir ante la inmensidad del agua embalsada, manteniéndose firme y emergiendo sin cesar para hacernos recordar la relevancia de un enclave que no quiere perecer en el olvido de los tiempos ni desaparecer de la memoria de los pueblos.



Arriba: la parte superior de la Torre de Floripes asoma en épocas de bajo caudal del Embalse de Alcántara, sirviendo como recordatorio que rememora la relevancia que este enclave tuvo desde épocas remotas, cuartel de las tropas de Bruto, punto de paso de la Vía de la Plata, enclave disputado durante la Reconquista, base de leyendas sobre un Fierabrás que Cervantes mencionaría en su Quijote, asentamiento de los templarios, sagrario de custodia de cristianas reliquias, y lugar de tránsito de reyes y gente anónima que hicieron uso de una de las mayores obras de ingeniería que Roma construyó en la región y que siglos después se denominaría y conocería como Puente de Mantible o Puente de Alconétar.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Anfiteatro romano de Cáparra


Arriba: vista general de los restos del anfiteatro romano de Cáparra, municipio levantado sobre un previo asentamiento prerromano que alcanzó cierto auge, convirtiéndose en lo que hoy llamaríamos una ciudad de provincias.

"Panem et circenses", o lo que en castellano traduciríamos como "pan y circo", es una locución latina que desde que el poeta romano Juvenal la usara en su Sátira X, no ha dejado de utilizarse en el mundo occidental hasta el día de hoy, en referencia a las políticas populistas que intentan mantener al pueblo alejado de la vida gubernativa. Todo un resumen de los regímenes que llevaba a cabo Roma, especialmente durante la época imperial, dándole al pueblo trigo a bajos precios y entradas gratuitas para los juegos circenses, manteniéndolo así más que conforme y alejado de la vida pública, mientras que practicaban el populismo, o lo que es lo mismo, ganaban adeptos a su causa a través de una fácil y estimada propaganda.

Ganarse al pueblo a través de los juegos circenses u otros espectáculos y maneras de entretenimiento, era ganárselo a base de organizar llamativas galas en el circo, destinado a las carreras de caballos y de carros, de programar un sinfín de exhibiciones animales y humanas y espectáculos sangrientos en el anfiteatro, o incluso de proyectar citas culturales en el teatro, los tres edificios que formaban la trilogía de instalaciones orientadas a divertir al pueblo, pero también destinados a romanizar a las poblaciones conquistadas y alejadas de la capital del Imperio, introduciendo una parte más de la cultura supuestamente superior que les había invadido y que poco a poco les iba sometiendo y dominando.



Arriba: maqueta que sobre la ciudad de Cáparra se expone en el Centro de Interpretación del yacimiento romano, donde se observan los monumentos más característicos de este municipio, incluyéndose entre ellos el anfiteatro, junto a la puerta Sureste del recinto amurallado.

Mientras que tanto el circo como el teatro eran instalaciones de inspiración griega, el anfiteatro aparece como invento plenamente latino, con antecedentes en regiones itálicas cercanas a Roma, destacando Etruria, pero sin precedentes helenos o asiáticos. Sí es griego sin embargo su nombre, que hace referencia al edificio construido a base de unir dos teatros, siendo éstos de planta semicircular, formando ambos un monumento circular u ovalado.  Mientras que el espacio central, llamado arena, se mantenía como el lugar de celebración de los juegos y  punto donde ejecutar los enfrentamientos lúdicos, a su rededor se levantaban las gradas, encerradas entre las dos elipses concéntricas que compondrían el plano del edificio: una interna marcando el espacio destinado a la arena, y otra externa señalando los límites del inmueble. El denominado podio sería la pared que, interiormente, separaría las gradas de la arena, elevadas con respecto al lugar de juego para mejor visión del espectáculo y salvaguarda de los espectadores, que podían situarse en cualquiera de los tres graderíos con que podían llegar a contar estos edificios (inferior, medio y superior). Como en teatros y circos, también el anfiteatro contaba con vomitorios, para facilitar la entrada y salida de los espectadores de los graderíos, y en anfiteatros de gran tamaño y relevancia aparecían además las fosas o dependencias bajo la arena, donde se custodiaban las fieras o se entretejían las labores de mantenimiento de los espectáculos, dando lugar a los espacios reservados para los combates náuticos una vez retiradas las tablas que separaban estos pasillos y espacios de la arena en sí.



Arriba: vista general del anfiteatro romano de Cáparra tomada desde el lugar donde se ubicaría una de las puertas que darían acceso a la arena, en el lado occidental del edificio.
Abajo: en el lado contrario, se conservan los restos de la puerta opuesta que igualmente comunicaría la arena con el exterior, punto oriental desde el que observamos las ruinas del monumento.


Tres eran los tipos de espectáculos que solían celebrarse dentro de los anfiteatros romanos. Los humanos, o combates entre gladiadores, recibían el nombre de "munera". Las "venationes" hacían referencia a los espectáculos animales y luchas entre fieras salvajes, y finalmente las "naumaquias", más excepcionales y poco frecuentes, aludían a los enfrentamientos navales. No hay que olvidar que también los anfiteatros, como espacios públicos que podían acoger a varios miles de espectadores, y donde la arena estaba diseñada para mostrar los eventos que allí tenían lugar a un público salvaguardado, eran el lugar ideal para ejecutar otro tipo de actos, no tan lúdicos pero en ocasiones habituales, y que igualmente podían servir como eventos propagandísticos. Hablamos de los ajusticiamientos de reos y presos, castigos de esclavos o ejecuciones de prisioneros, a base de sangrientas torturas y extremos tormentos con los que intentar amedrentar a esclavos y enemigos de Roma, pero del gusto de una población acostumbrada al derramamiento de sangre en una sociedad donde la vida humana tenía poco o escaso valor.



Arriba: depositados sobre lo que fue la arena de este edificio lúdico aparecen algunos sillares rescatados en las últimas excavaciones, posiblemente vestigios de lo que un día fue el pódium o muro interno del monumento.
Abajo: aspecto general que presenta la puerta oriental del anfiteatro, una de las dos que darían acceso a la arena, bien como Porta Triunphallis, o del Triunfo, o tal vez como Porta Libitinaria, o de los Muertos.



Abajo: vista general de los restos de las gradas sur del anfiteatro, donde se conservan varias de las puertas que permitirían el acceso de los espectadores al edificio, tomando asiento después sobre el tablado de madera que cubriría el terraplén.



Esparcidos a lo largo y ancho de todo el Imperio Romano, los anfiteatros aparecen diseminados por todas las regiones ocupadas por Roma como demostración no sólo de la conquista de las mismas, sino además como una de las armas con la que ejecutar la romanización y aculturación latina de las tierras sometidas. Numerosos son los anfiteatros construidos en la Península Itálica, pero abundan también en lo que fue la Galia o actual Francia, en Hispania, actuales España y Portugal, y un gran número más por otros países mediterráneos, como Croacia, Túnez o Argelia, y en regiones fronterizas del norte de Europa, formando parte del patrimonio histórico de Alemania o Reino Unido. En el caso de España se conservan actualmente más de una decena de anfiteatros, destacando por su buen estado los de Emérita Agusta (Mérida), Itálica (Santiponce) y Segóbriga (provincia de Cuenca), con otros ejemplos en Tarragona, Carmona, Cáparra, Ampurias, Berja, Écija y Cartagena (estos dos bajo las plazas de toros de mencionadas localidades), Málaga  y Córdoba (ambos en excavación). Lugo, León y Astorga podrían también conservar restos de sus anfiteatros, pendientes de estudio.

Mientras que el anfiteatro romano de Mérida destaca por ser de entre todos los conservados en España uno de los que mejor estado muestra en la actualidad, el anfiteatro de Cáparra, de mucho más modestas dimensiones, fábrica más pobre y peor estado de conservación es también destacable por ser, junto al primero y sin olvidar el anfiteatro romano de Conimbriga (Portugal), los tres únicos conservados de la antigua provincia de Lusitania, y ya sólo con el emeritense los dos con que cuenta la actual región de Extremadura.


Arriba y abajo: aspecto que presenta una de las puertas secundarias que, en el lado sur, daría acceso a las gradas desde el exterior, donde se conserva parte del muro construido a base de mampostería (imagen inferior) que serviría no sólo para rematar la entrada, sino además para encerrar el terraplén que serviría de grada.
   

Abajo: vista externa de la puerta descrita anteriormente, con vestigios del amurallado que la cubriría y que haría a su vez de fachada exterior.


Cáparra, Capara o Capera, oppidum de origen prerromano, posiblemente vetón, se ubicaba en el valle del río Alagón, encontrándose  la corriente y vega del río Ambroz cercanas a esta antigua ciudad romana, siendo atravesada de Noreste a Suroeste por la Vía de la Plata, contando el municipio como una de las mansio que ofrecían descanso al caminante que viajaba entre Emérita Augusta (Mérida) y Asturica (Astorga), quinta parada desde que se dejaba atrás la capital de la provincia lusitana. Debido a su existencia previa a la llegada de Roma, la localidad no se encontraba en la lista de las colonias que los nuevos dueños de estas tierras habían levantado en sus recientes dominios. Sin embargo, Cáparra alcanzó el título de municipio romano durante la época de los Flavios, en el tercer tercio del siglo I d.C. (Edicto de Latinidad por el emperador Vespasiano, en el año 74 d.C.), dejando de ser ciudad estipendiaria y convirtiéndose desde entonces sus habitantes en ciudadanos romanos de pleno derecho. A partir de ese momento comienza el despliegue socio-económico y cultural de la ciudad, apoyado por su privilegiada situación como punto primordial de entre aquéllos con que contaba la Vía de la Plata, auge que le permitió ser reconocida como una de las ciudades romanas más destacadas de entre aquéllas situadas entre el río Tajo y el Sistema Central. 



Arriba: también en el lado sur del anfiteatro se conserva una de las cuatro puertas principales del monumento que, incluyendo entre ellas a aquéllas que daban acceso a la arena, se ubicaban en los puntos más lejanos del centro de la elipse que encerraba el espacio destinado al coso.
Abajo: detalle de la puerta central del muro sur donde se aprecian algunos de los sillares y restos de mampostería que darían forma a este acceso principal del anfiteatro.


Fue entonces cuando esta amurallada ciudad de 16 hectáreas creció paulatinamiente en torno al trazado de la calzada que la atravesada, convertida aquí en kardo, levantándose en su punto central y de unión con el decumanus un arco tetrápilo (con cuatro puertas y planta cuadrada), único actualmente en España y símbolo de la ciudad, cercano al foro y a las termas municipales, monumentos que, al igual que este tetrapylum se erigieron a finales del siglo I d. C. y comienzos del siglo II.  También fue en esta época de esplendor y monumentalización de la ciudad cuando posiblemente, y a falta de pruebas, datos o inscripciones fehacientes que lo verifiquen, se erigió a las afueras del recinto amurallado y Este del municipio, cercano a la puerta sureste y junto a una de las tres necrópolis con que contaba la localidad, el anfiteatro romano de Cáparra.

De modestas dimensiones y fábrica humilde, su construcción se planteó de similar manera a la usada por las legiones en aquellos lugares donde acampaban durante largos periodos de tiempo, excavando y allanando uniformemente los terrenos donde se asentaría este edificio, que harían a su vez de arena (careciendo así de fosas subterráneas). Con la tierra obtenida se formaría el muro o terraplén que bordearía la elipse que encerraba la arena, y sobre el que se ubicarían después las gradas, una vez encajonado entre dos muros pétreos que harían de pódium en el interior, y fachada del anfiteatro en el exterior. Sobre este terraplén, cuya idea original era que se fuese petrificando con el paso del tiempo, una tarima de madera haría de grada para los espectadores, que accederían a ellas a través de diversas escaleras y entradas que comunicaban el anfiteatro con el exterior, siendo las cuatro principales aquéllas que coincidían con los cuatro puntos más distantes del centro de la elipse.



Arriba y abajo: construidas con la tierra extraída a la hora de allanar el espacio donde posteriormente se ubicaría la arena, el terraplén que conformaba las gradas del anfiteatro se encerró entre dos muros de mampostería, haciendo el exterior a su vez de fachada, conservándose restos de la misma en el lado sur del edificio.



En la actualidad, y gracias a las últimas excavaciones que se han llevado a cabo en el lugar, incluidas dentro del proyecto Alba Plata de la Junta de Extremadura, se ha recuperado parte del terraplén sur del anfiteatro romano de Cáparra, así como diversos lienzos del muro que exteriormente lo limitaba, sillares del pódium interior, y restos de las puertas de acceso al edificio, tanto las destinadas a los espectadores, como una de las dos orientadas al acceso a la arena y ubicada al Éste del edificio, siendo ésta bien la Porta Triumphalis, o la Libitinaria, de Triunfo o de los Muertos respectivamente. Triunfo seguramente fue del que gozó el gladiador cuya espinillera fue hallada en una de las necrópolis de la ciudad, ocrea de bronce bañada en plata que podemos admirar en una de las vitrinas de las salas dedicadas a Roma en el Museo Arqueológico Provincial de Cáceres.



Arriba: formando parte de uno de los ajuares descubiertos en una de las necrópolis con que contaba la ciudad de Cáparra, se halló esta ocrea o espinillera de bronce bañada en plata, rico aderezo que posiblemente perteneció a uno de los muchos gladiadores que mostraron su habilidad y fortaleza en la arena del anfiteatro romano de la ciudad, consiguiendo alcanzar la gloria y arrancar el entusiasmo de los espectadores.

Cómo llegar:

La ciudad romana de Cáparra, abandonada paulatinamente a lo largo de la Alta Edad Media, nos muestra sus ruinas en plena dehesa de Casablanca, en la mancomunidad de Trasierra-Tierras de Granadilla, entre los términos municipales de Oliva de Plasencia y Guijo de Granadilla, al Norte de la provincia de Cáceres. Cercana a la ciudad de Plasencia, su asentamiento sobre el original trazado de la Vía de la Plata hace que sea fácil acceder a ella desde la A-66 una vez alcanzada la localidad placentina si nos dirigimos hacia tierras castellano-leonesas.

Dejando atrás el desvío hacia Oliva de Plasencia, encontraremos más adelante una nueva salida de la autovía, esta vez hacia Villar de Plasencia, que tomaremos. Ya desviados, cruzaremos sobre la autovía hacia el Oeste, llegando al trazado de la N-630, donde veremos el comienzo de la carretera de Guijo de Granadilla al embalse de Gabriel y Galán. Los carteles indicándonos la proximidad del yacimiento empezarán a aparecer en la misma, en cuyo trayecto encontraremos finalmente las puertas al yacimiento.

El yacimiento de Cáparra y su Centro de Interpretación se encuentran regulados con horario de visitas. Habitualmente abre todos los días del año, pero para más seguridad y control de horas no viene mal ponerse en contacto con el mismo Centro, cuyo teléfono es el 927199485. El arco tetrápilo, por su lado, puede visitarse sin interrupción, al pasar bajo él el trayecto de la Vía de la Plata.



Arriba: vista general del centro urbano de la ciudad romana de Cáparra, presidido por el más destacado de sus monumentos, su arco tetrápilo, junto al que se edificaron las termas del municipio y el foro, haciendo de esta urbe una destacada ciudad dentro de la Lusitania cuyos vestigios fueron declarados Monumento Histórico-Artístico, actual Bien de Interés Cultural con la categoría de Zona Arqueológica (Gaceta de Madrid nº 155, de 4 de junio de 1.931).

jueves, 10 de noviembre de 2011

Tesoros del camino: estela romana de Casas de Belvís


Arriba: hallada en las cercanías de Casas de Belvís, pedanía de Belvís de Monroy, la estela romana que hoy en día decora una de sus viviendas luce no sólo como vestigio histórico de la zona, sino además como todo un emblema del municipio.

Si la llegada de Roma supuso un cambio radical en el horizonte político de la Península Ibérica, escribiéndose a partir de la conquista de estas tierras por las tropas itálicas un nuevo capítulo en la historia de la que aquéllos denominarían Hispania, los cambios no sólo afectaron a los nombres u orígenes de los nuevos gobernantes, sino que incluyeron un nuevo panorama en prácticamente todos los ámbitos de la vida diaria, destacándose entre otros la nueva ordenación del territorio. Hasta su llegada, la ocupación de la tierra había sido más bien una posesión territorial dispuesta por pueblos y grupos, asociados en castros y con eventuales relaciones de diverso índole entre los más cercanos y con similar cultura, que hacían de la tierra su hogar y el espacio del que obtener sus recursos, pero sin establecerse una ordenación territorial en sí, casi inexistente a gran escala. Roma cambiará radicalmente este panorama, financiando la cartografía y la investigación y conocimiento profundo de las comarcas, estableciendo redes de comunicación entre las regiones, y fundamentalmente fundando nuevas ciudades, a veces levantadas sobre antiguos asentamientos, desde las que dirigir la nueva ocupación de la Península, y controlar el nuevo orden territorial al que la misma había comenzado a someterse.

Mientras que Hispania se dividía en diversas regiones, con una capital administrativa al frente de cada una de ellas, dentro de cada división existían a su vez varias urbes de destacada relevancia que, si bien no poseían la importancia administrativa de la que gozaba la capital, sí que podían presumir, según cada caso, de cierta relevancia económica y comercial, la mayoría de las veces lograda gracias a su emplazamiento y ubicación como punto clave dentro de una vía de comunicación. Tal relevancia urbanística facilitaría además el progreso de otros muchos enclaves cercanos que, aunque no llegaban a ser considerados como urbes, sí que mantenían cierta constitución urbanística que fomentaba la ordenación del territorio y, en definitiva, la romanización de las comarcas. Los descubrimientos continuos por nuestros campos de necrópolis, lápidas, monedas o enseres diversos de época romana demuestran no sólo la cercanía de algún antiguo poblamiento o villa, sino además el gran trabajo que Roma efectuó sobre sus posesiones hispanas, organizando y romanizando prácticamente la totalidad de la tierra, llegando a cada rincón de la Península y, por ende, de nuestra región.




Arriba: detalle de la estela romana de Casas de Belvís donde se aprecian los dos bustos en bajorrelieve tallados en la piedra berroqueña que conforma la lápida, desgastados por el paso del tiempo y su exposición a la intemperie.
Abajo: en cinco renglones aparece, bajo los bustos representados en la estela, la inscripción latina funeraria dedicada al personaje para el que se encargó la lápida presente, apreciándose en la esquina superior derecha del espacio dedicado a la epigrafía una luna en creciente, símbolo religioso-funerario habitual en las estelas de la época.




Un ejemplo de esta urbanización alejada de la capital pero de relevancia por su emplazamiento sería la que encontraríamos en Augustóbriga, ciudad romana que más tarde dio en llamarse Talavera la Vieja, municipio de gran importancia histórica que, sin embargo, desapareció no por el paso de los siglos, sino bajo las aguas del embalse de Valdecañas durante los años 60. Punto clave en la vía de comunicación que unía Emérita Augusta (Mérida), con Caesaróbriga (Talavera de la Reina) y Toletum (Toledo), Augustóbriga destacaría en las tierras orientales de la por entonces región de Lusitania, actualmente al Este de la región de Extremadura. Tal importancia se puede apreciar no sólo por la monumentalidad de los edificios de época romana salvados del malogrado pueblo talaverino, sino además por la amplitud y variedad de los vestigios romanos que se hallan por los alrededores, destacando diversas necrópolis y restos de variados asentamientos, como los encontrados en las cercanías de Casas de Belvís, pedanía de Belvís de Monroy fundada en el siglo XV, a dos kilómetros del municipio al que pertenece y de fácil acceso desde Navalmoral de la Mata.

Una de las piezas claves entre las halladas en las cercanías de Casas de Belvís es una estela o lápida romana de material granítico, de corte rectangular irregular y no gran tamaño al medir, aproximadamente, 80 centímetros de altura por 40 centímetros de anchura, donde se aprecian, además de la inscripción latina, dos bustos esquemáticos de rasgos difuminados por el tiempo y la exposición continua de la piedra a la intemperie, y una luna en creciente, siguiendo así los modelos más habituales de los registrados en cuanto a epigrafía romana funeraria se refiere. Sobre los dos bustos en bajorrelieve que figuran en la parte superior de la lápida, ocupando casi la totalidad de la mitad superior, y siendo el izquierdo de menor tamaño que el derecho, el desgaste nos impide hoy en día poder verificar qué personajes son los que están retratados, o bien distinguir su posible edad o género. Probablemente, y tras leer la inscripción de la estela, se trate de dos personajes jóvenes, uno de ellos el titular al que están dedicadas las palabras de recuerdo y cuyo óbito fue la causa de la creación de esta lápida. La inscripción latina dice así: "LUPUS VEGETI AN. XII. H.S.E.T.T.L. TONGETA. TANCINI. FIL. F.C.", cuya traducción viene a decir: "Lupo hijo de Vegecio, a la edad de 12 años, aquí yace, séate la tierra leve. Tongeta, hijo de Tancino erigió este monumento".



Arriba: embutida en uno de los muros externos de la conocida como "Casa de la Morcona", la estela romana de Casas de Belvís no sólo decora las paredes de esta vivienda cercana al cabecero de la parroquia de la localidad, dedicada a San Bernardo de Claraval (a la izquierda de la imagen), sino que embellece además el centro histórico de esta pedanía.


La lápida romana de Casas de Belvís, enclavada hoy en día en los muros externos de la denominada "Casa de la Morcona", muestra además, bajo las figuras y junto a los dos primeros de los cinco renglones que componen la inscripción, grabada con la misma intensidad que la epigrafía y no en relieve como los bustos, una luna en creciente, símbolo que aparece de manera habitual en las estelas funerarias hispano-romanas y que alude a la creencia que presenta a la luna como receptora de almas. Nuestro satélite sería considerado como el primer destino de las almas, tras dejar éstas la zona terrenal para adentrarse en la astral. La luna llegaría a su fase en creciente gracias a las almas luminosas que hacia ella se dirigen. Una vez en fase menguante, las almas allí instaladas pasarían a su destino siguiente: el sol. Una creencia muy arraigada en el mundo romano, pero a su vez entroncada con las creencias prerromanas, clara muestra de la  conjunción que alcanzaron las Hispanias prerromanas y romanas en muchos y variados aspectos culturales, y que podemos apreciar en esta estela, un tesoro para los habitantes de Casas de Belvís, para el patrimonio de origen hispano-romano en Extremadura, y para el caminante que la descubra. Todo un tesoro en el camino.
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